YO DIGO SÍ A LA PAZ

YO DIGO SÍ A LA PAZ

miércoles, 21 de enero de 2009

LOS PELIGROS QUE DEBERÁ ENFRENTAR OBAMA

Por Germán Ayala Osorio, politólogo y profesor Asociado de la Universidad Autónoma de Occidente, Cali- Colombia

Instalado Obama en la Casa Blanca, bien vale la pena mirar con algún detalle los peligros que muy seguramente deberá enfrentar en su mandato.

Son varios los peligros internos que en algún momento pueden dar al traste con las buenas intenciones de Barack Obama. Uno de esos peligros lo representa la extrema derecha estadounidense que se resiste a que un negro maneje los hilos de la gran nación y las sospechas que genera un demócrata de las condiciones y de las intenciones que parece tener el presidente 44 de los Estados Unidos. Pero quizás el más tenebroso de estos peligros esté en corruptas agencias como la DEA y la CIA, en los intereses, la dinámica y la lógica armamentista del propio Departamento de Defensa y en todas aquellas dependencias que saben lo rentable que resultan los discursos y las acciones asociadas a la seguridad nacional y a la guerra preventiva que Bush se encargó de inocular en lo más profundo de los imaginarios de sus funcionarios en sus dos administraciones.

La industria militar de los Estados Unidos presionará políticamente a Obama para que mantenga la presencia externa de las fuerzas armadas, su avance tecnológico y por supuesto, la venta de equipos y pertrechos a los ejércitos aliados, comprometidos con su propia seguridad nacional y aquellos con problemas internos como Colombia, y claro, aquellos con amenazas en sus fronteras.
Habrá paz mundial cuando el negocio de las armas sea desestimado por varias de las potencias militares del mundo. Obama no puede mantener su discurso pacifista pues corre el riesgo de ser asesinado o de enfrentar desafíos en materia de gobernabilidad. Entonces, por ese lado no deben exagerar quienes ven en Obama el salvador y el hombre que logrará la paz en el mundo.

Son peligros reales que en su momento Obama deberá sortear y que pueden cambiar el sentido de lo expresado en su discurso de posesión, cuando señaló que “para nuestra defensa común, rechazamos por falsa la opción entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, que se enfrentaban a peligros difícilmente imaginables, elaboraron una Constitución sometida al imperio de la ley y a los derechos humanos, una norma que se ha perpetuado generación tras generación… Aquellos ideales aún iluminan el mundo, y no renunciaremos a ellos por intereses turbios. Así, digo a todos los demás pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales hasta el pequeño pueblo donde mi padre nació: sepan que Estados Unidos es amigo de cada nación y de cada hombre, mujer y niño que busca un futuro de paz y dignidad, y que estamos dispuestos a ejercer nuestro liderazgo una vez más.”

Claro está que peligroso resultan también wall street, las multinacionales, las grandes empresas, el clientelismo asociado al excluyente bipartidismo y claro, los poderosos que reciben con cautela la llegada del afroamericano a la Casa Blanca.

En su alocución Obama señaló responsabilidades que en algún momento deberá asumir los grandes especuladores y los corruptos que llevaron a la debacle la economía del país del norte. El electo Presidente dijo: “nuestra economía está gravemente afectada, como consecuencia de la avaricia e irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestro fracaso colectivo en tomar las decisiones difíciles y en preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido hogares, puestos de trabajo, varias empresas debieron cerrar. Nuestro sistema de salud es demasiado costoso, nuestras escuelas dejan de lado a muchos de nuestros niños, y cada día hay nuevas evidencias de que la forma en que usamos la energía fortalece a nuestros adversarios y amenaza a nuestro planeta. Estos son indicadores de la crisis, basados en datos y estadísticas. Menos mensurable pero no menos profunda es la pérdida de la confianza en nuestro país, alimentada por el temor de que el declive Estados Unidos es inevitable, y que la próxima generación deberá reducir sus expectativas. Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos creativas, nuestros bienes y servicios no menos necesitados de lo que lo eran la semana pasada o el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad se mantiene intacta. Pero han acabado los tiempos del inmovilismo, de la protección de intereses mezquinos y de la dilación de decisiones difíciles. A partir de hoy debemos levantarnos, sacudirnos la desidia, y recomenzar la tarea de reconstruir el país. Lo que los cínicos no llegan a comprender es que el suelo se ha abierto bajo sus pies, que los viejos argumentos que tanto tiempo se nos impuso ya no tienen validez. La cuestión que ahora nos planteamos no es si nuestro gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, es saber si funciona, si ayuda a las familias a hallar trabajo y sueldos decentes, a tener cuidados médicos asequibles, y una jubilación digna. Cuando la respuesta sea afirmativa, seguiremos adelante. Cuando sea negativa, pondremos fin a esos programas. Y a quienes entre nosotros manejamos el dinero público se nos debe pedir cuentas --para gastar de forma sensata, acabar con los malos hábitos y ser transparentes--, porque sólo entonces podremos restaurar la vital confianza entre el pueblo y su gobierno. Tampoco se trata de preguntarse si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder para generar riqueza y extender la libertad es incomparable, pero esta crisis nos ha recordado que, sin una atenta vigilancia, el mercado puede descontrolarse, y que una nación no puede ser próspera cuando sólo favorece a los más ricos. El éxito de nuestra economía no ha dependido solamente de la importancia de nuestro Producto Interno Bruto, sino también de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad para ofrecer oportunidades a quienes lo desean, no por caridad, sino porque es el camino mas seguro para alcanzar el bien común.”

No será fácil para Obama enfrentar las lógicas mezquinas de banqueros y ricos y de aquellos que promovieron el desmonte del Estado de Bienestar. En su momento deberá enfrentar el dilema moderno, ESTADO o MERCADO, y buscar a partir de ahí el esquema apropiado que permita devolverle al Estado la jerarquía y la responsabilidad en el manejo de asuntos como el bienestar colectivo, representado en el acceso a los servicios de seguridad social.


Uribe: ¿desprotegido?

Aunque el propio embajador de los Estados Unidos en Colombia, William Brownfield, desestimó que Obama haya aludido a Uribe cuando señaló que “quienes se mantienen en el poder a través de la corrupción, la mentira y silenciando a la disidencia, sepan que están en el lado equivocado de la historia, pero que les extenderemos la mano si están dispuestos a aliviar el cerco”, lo cierto es que el Presidente colombiano ya no contará con el mismo respaldo que le brindó Bush.

La llegada de Obama debería ser leída por Uribe como la oportunidad de dar un paso al costado con el firme propósito de no afectar en un futuro las siempre interesadas relaciones bilaterales. La defensa de los derechos humanos, el respeto a la diferencia, a la pluralidad y la protección de los trabajadores son asuntos que en su momento deberán discutir cuando Obama y Uribe se encuentren. Es evidente la desconfianza que Pelosi y en general la bancada demócrata tiene de Uribe en esas materias. Todo dependerá del tratamiento que el Departamento de Estado de los Estados Unidos decida dar a los proyectos socialistas que cursan en Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Si Obama cae en la trampa de imaginar y construir un eje del mal en América del Sur, Uribe estará a salvo pues el gobierno estadounidense necesitará de un aliado para enfrentar el avance de ese oscuro eje geopolítico. Si por el contrario Estados Unidos da un giro a su política exterior y decide no intervenir en los procesos políticos y económicos de las señaladas tres naciones y en general, en la propia América Latina, Uribe se sentirá desprotegido y Colombia cada vez más alejada, política y diplomáticamente de sus vecinos.
De todas formas Colombia seguirá siendo un escenario importante en la medida en que la industria militar americana vea en ella la oportunidad de hacer negocios. Mientras subsistan los grupos armados al margen de la ley, especialmente las guerrillas, Colombia seguirá siendo un buen escenario para mantener el negocio mundial de las armas. Finalmente, es un receptor de equipos y pertrechos militares, de ahí que la industria americana necesite de Uribe, dado su perfil guerrerista.

1 comentario:

pensador dijo...

Estoy de acuerdo en los planteamientos y de seguro la tarea que le espera al nuevo presidente de EE.UU se tendrá que enfocar a solucionar los problemas internos de dicha nación, por lo cual es muy poible que el ámbito latinoamericano pase a un segundo plano para le gobierno de Obama, claro está, que no será abandonado del todo ya que representa una parte importante en su economía.
"Amanecerá y veremos..."