YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 27 de agosto de 2014

MILITARES EN LA HABANA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Inane esfuerzo de aquel Mesías que pretendió vaciar de sentido histórico y político a la guerra interna, dejando de usar la nomenclatura conflicto[1]

La presencia de militares activos en la mesa de diálogo instalada en La Habana sirvió para ahondar la polarización política entre aquellos que desean y  creen  en que es posible -y necesario-  poner fin al conflicto a través de una negociación política, y otros tantos que les parece mejor extender la guerra interna y buscar la eliminación física del enemigo interno, esto es, las guerrillas.

La llegada de la comisión de militares la asumieron  columnistas, periodistas y políticos como una humillación y una clara afrenta contra el honor de los miembros de la Fuerza Pública, representados por ese pequeño grupo de altos oficiales que se desplazó a territorio cubano. Se ha dicho también que Santos los obliga a violar la Constitución por cuanto su presencia en la mesa de diálogo configura un acto deliberatorio.

Argumentan quienes rechazan la presencia histórica de los uniformados en un proceso de paz, que esa circunstancia le da o le reconoce un estatus político-militar que la cúpula de las Farc no tiene.  Olvidan que dicho reconocimiento llegó por cuenta del Presidente al momento de aceptar que en Colombia sufre un conflicto armado interno y al abrir el espacio de diálogo en La Habana; de igual manera, llegó por la presencia histórica de dicha guerrilla y las circunstancias contextuales que legitimaron su levantamiento armado  en los años 60.

Todo lo anterior advierte una enorme sensibilidad y un respeto casi reverencial que se despierta cada que se hace referencia al ámbito militar y a sus miembros. Cuando mueren en combate, o cuando son sorprendidos por los guerrilleros, o cuando caen en campos minados y son atacados con cilindros bomba, los medios masivos de inmediato califican los eventos como actos terroristas o cobardes asesinatos. Un discurso que desconoce que ellos, militares y policías, participan de un conflicto armado interno en el que la posibilidad de morir a manos del enemigo siempre estará presente, mientras se porte un uniforme o se pertenezca a una fuerza armada del Estado. Los golpes de mano y los ataques a patrullas policiales y militares no constituyen actos terroristas. Son acciones de guerra perfectamente normales. Otra cosa es que haya sevicia e irrespeto a los heridos y a los capturados o retenidos. Y ello, se da de parte y parte.

Parecen olvidar quienes critican y se oponen a la llegada de militares a La Habana que policías y militares son parte del conflicto armado interno en su calidad de combatientes. De igual manera, los guerrilleros se constituyen en combatientes porque obedecen órdenes de sus comandantes. Se trata de una lucha entre guerreros, entre pares armados. Eso no tiene discusión.

Hacer que los militares vayan a La Habana y se sienten frente a frente con sus enemigos es una decisión que consolida el reconocimiento jurídico-político que el presidente Santos, el Congreso y la propia Corte Constitucional hicieron del conflicto armado interno. Y antes que minar la moral, el honor y la mística militar, lo que hace el Presidente no sólo es fortalecer el proceso de paz y darle mayor seriedad a las negociaciones, sino valorar la vida de quienes por decisión autónoma o por circunstancias contextuales portan hoy el uniforme y enfrentan al histórico enemigo. No se valora la vida de un militar o de un policía rindiéndole homenaje el día del funeral. Por el contrario, se dignifica la vida de los combatientes que defienden el Estado evitando que mueran en los campos de batalla  y poniendo fin a un degradado y largo conflicto.

Y a pesar de que la comisión militar cumplirá con funciones exclusivamente técnicas, qué bueno sería provocar encuentros entre generales y coroneles con mando de tropa y entre comandantes de las Farc, con el claro propósito de intercambiar impresiones alrededor de lo que ha significado para el país una guerra de 50 años, que deviene profundamente degradada. Ello daría a los militares y en general a los combatientes de ambos bandos, un talante distinto que el de meros instrumentos de muerte. Todos tienen la capacidad discursiva para defender la causa sobre la cual se mantienen en pie de lucha y proponer soluciones, reconociendo, por ejemplo, que el orden establecido deviene profundamente débil e ilegítimo por cuenta de la corrupción y por la cooptación mafiosa del Estado por parte de élites mezquinas y corruptas.

Y esos encuentros discursivos entre combatientes los debe llevar a la conclusión que lo mejor para el país es ponerle fin al conflicto interno. Y ese diálogo también podría servir para que tanto militares como guerrilleros sientan vergüenza, al tiempo que reconocen que se trata de una guerra entre ejércitos incapaces de someter al adversario. Y que este hecho hace que esta guerra interna sea inútil por cuanto quienes luchan en ella no están allí para ganarla o perderla, sino para consolidar una forma de vida que reproduce una cultura de la violencia que se extiende al grueso de la sociedad.

Por ello, quienes intentan ver a los miembros de la Fuerza Pública como intocables soldados de porcelana,  o como meros instrumentos generadores de miedo y violencia, terminan haciéndole un flaco favor a la comprensión social del honor, la moral y la mística militar. Por el contrario, quienes apoyan la idea de que se sienten frente a frente con el enemigo, terminan reconociendo que hay algo más importante que el honor militar: la vida.



Imagen tomada de Semana.com


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