YO DIGO SÍ A LA PAZ

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viernes, 18 de septiembre de 2015

INTOLERANCIA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La conversión de las Farc en partido político será, sin duda alguna, la prueba más dura que deberán pasar los colombianos, el Establecimiento, las propias Farc y el Proceso de Paz, en la perspectiva de la refrendación, la implementación y la consolidación de los acuerdos de La Habana, con los que se pondrá fin al conflicto armado interno.

Y el asunto va más allá de qué grupos sociales, movimientos y partidos políticos vayan a “recoger” o a conectarse con las ideas y las banderas de esa organización armada, hoy en camino de reintegrarse a la vida social y política del país. Se trata de un elemento que atraviesa la estructura social y política del país: la intolerancia. La misma que hizo posible que líderes Liberales y Conservadores usaron a su favor para que campesinos y cientos de miles de ignorantes e intolerantes, se mataran entre sí, agitando con violencia esas  ideas que venían impregnadas en los indecorosos trapos  Rojo y Azul.

La misma intolerancia política, social y cultural que ha hecho posible consolidar una democracia restringida y circunscrita a los intereses de una clase que se considera “blanca” y de unas élites acostumbradas a señalar, estigmatizar, perseguir y “neutralizar” a quienes desde disímiles orígenes sociales y orillas ideológicas, osaron competir por el poder que ellas han ostentado históricamente.

El titular del periódico ADN del 18 de septiembre de 2015 advierte que esa agrupación armada está lista para convertirse en partido político. El titular reza así: Las Farc, listas para ser opción en política. La pregunta es: ¿está listo el país? ¿Estamos listos los colombianos? Me temo que no.

La sociedad colombiana debe prepararse para ese momento. Será difícil para aquellos que siempre redujeron el conflicto armado interno a la dicotomía Buenos y Malos, en donde los segundos, claramente, son las Farc. Y los Buenos, la sempiterna élite bogotana y sus espejos regionales.

Aceptar que esa guerrilla se convierta en partido político es un “sapo enorme” que esos sectores sociales se deberán tragar. Y será, sin duda, una especie de “castigo” para aquellos que erróneamente han entendido las circunstancias objetivas que legitimaron el levantamiento armado en los 60 y el propio devenir del conflicto[1]. Mismas circunstancias que hoy se mantienen y que deberán modificarse y transformarse si de verdad queremos que haya una paz estable y duradera.

Para aquellos sectores que han entendido de una mejor manera el conflicto, muy seguramente la participación política, sin armas, de las Farc, será asumida como un final esperado y lógico, dada la naturaleza política de esa organización y su lucha por el poder. Poder político históricamente concentrado en una élite incapaz de llevar con acierto y responsabilidad los destinos de una Nación compleja y diversa, que necesita con urgencia otro tipo de dirigencia o por lo menos, el contra peso de unas ideas que realmente busquen la transformación social, política y cultural del país que demandará el posconflicto.

Es una lástima que los noticieros RCN y Caracol no estén haciendo la tarea de preparar al país para ese momento. No han hecho pedagogía del proceso de paz y de lo que implicará la construcción y consolidación de la paz. Es de esperar, entonces, que tampoco hagan pedagogía de lo que significa que las Farc muten y se conviertan en un partido político que puede dar sorpresas en posteriores escenarios electorales, tal y como sucedió con la UP[2].

Insisto, entonces, el tránsito de las Farc hacia un partido político, será el escalón más difícil de sobrepasar para una sociedad históricamente intemperante con el pensamiento divergente. Baste con señalar el carácter intolerante, sectario y violento con el que  el Procurador Ordóñez enfrenta el pensamiento, las decisiones y la vida de la comunidad LGTBI, y las mujeres que deciden de manera autónoma abortar, para imaginar el talante y las reacciones de aquellos sectores de poder social, económico, político y militar que no aceptan que las Farc se transformen en una opción política posible y viable para llegar al poder del Estado.

Esperemos que las estructuras paramilitares que aún siguen en pie, a pesar del proceso de desmovilización que se dio en 2005, no terminen asesinando a los miembros de las Farc que harán política al lado y muy seguramente, de la mano, de los partidos tradicionales y de los movimientos políticos que hoy están vigentes en la vida política del país. 





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