YO DIGO SÍ A LA PAZ

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martes, 30 de octubre de 2012

A QUIÉN LE SIRVEN LOS POBRES Y EL RIESGO DE REPRODUCIRSE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Cada vez queda más claro que el sistema capitalista y el modelo neoliberal son poderosas armas generadoras de incertidumbres societales y de graves problemas socio ambientales. No es fácil enfrentar, como ciudadanos, el poder que encarnan estos dispositivos dispuestos por el sistema financiero internacional y las multinacionales de diverso tipo para violentar la condición humana y la Naturaleza, el planeta mismo.

La reflexión alrededor de lo que podemos hacer pasa por las maneras en que enfrentamos las múltiples incertidumbres que estos factores de poder nos generan día a día. Llenos de inseguridades, millones de ciudadanos del mundo deambulamos en medio de condiciones laborales que día a día se precarizan, o sobre las que caen mantos de duda acerca de la viabilidad de los contratos y  las condiciones mismas sobre las cuales la gente se emplea y sobrevive hoy en el mundo.

Tanto el sistema capitalista, como el modelo neoliberal se erigen como dos formas perversas con las que reducidos grupos de poder logran someter a millones de habitantes del planeta, a condiciones indignas de vida, a miedos que hacen claudicar a sus más enconados críticos y a un claro empobrecimiento de la experiencia de vivir.

Estas poderosas herramientas de dominación van vaciando de sentido la vida humana, hasta el punto  de que tradicionales referentes de ‘realización’ humana, como tener hijos, van perdiendo sentido en mujeres y hombres, agobiados por las circunstancias que tanto el sistema como el modelo reproducen, y que van claramente destinadas a generar infelicidad, intranquilidad, preocupación y ansiedad en millones de habitantes alrededor del planeta, en especial en los millones de pobres que ese sistema y ese modelo producen y reproducen. 

Golpeado como nunca ese tradicional referente de éxito, curiosamente, puede convertirse en la mejor opción para enfrentar a un sistema capitalista deshumanizante y perverso. Pero para que ello suceda, se requiere que mujeres y hombres alrededor del mundo modifiquen sustancialmente esa idea tradicional sobre la cual la sociedad moderna vendió la idea de felicidad, haciendo de la reproducción humana un destino y una obligación incuestionable.

Creo que va siendo hora de que mujeres y hombres cuestionemos esa idea, con la firma convicción de enfrentar un sistema y un modelo con graves implicaciones sociales y culturales. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si la tasa de natalidad se redujera sustancialmente? El sistema y sus aupadores, Iglesias, gobiernos, ejércitos y fabricantes de armas, Presidentes, banqueros y ricos empresarios, entre otros,  se preocuparían al ver reducido el número de habitantes pobres, mano de obra barata o gratis, para explotar, expoliar y someter en todo el mundo.

No reproducirse no sólo es un derecho, sino una opción válida que podemos convertir en una respuesta legítima contra un sistema y un modelo político, económico y cultural, abiertamente insostenibles.

Es urgente que como ciudadanos del mundo enfrentemos un sistema y un modelo perversos y siniestros, en donde la condición humana queda reducida a una mero sustrato maleable y fácil de someter a las fatales pretensiones de otros seres humanos que lideran el sistema financiero internacional, la banca y otras instituciones con capacidad de hacer hincar la voluntad de millones de seres humanos alrededor del mundo.  

En países como Colombia, en donde unos pocos concentran el poder político y económico, con la clara intención de someter la voluntad y la vida de millones de colombianos, abstenerse de tener hijos es un mensaje claro para aquellos que no quieren aceptar lo inviable que es el actual orden social, político y económico vigente en este país.

La tarea, entonces, está en asumir una postura política frente a la reproducción humana, en razón a las intolerables condiciones de vida que nos vienen generando un sistema capitalista y un modelo neoliberal, resultantes de una perversa condición humana que se esconde en regímenes políticos y en formas culturales que se presentan como legítimas, más por la tradición, que por los reales beneficios colectivos que dicen generar.

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