YO DIGO SÍ A LA PAZ

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jueves, 16 de junio de 2016

Morir por sorpresa

Después de ver y disfrutar la película Amor por sorpresa, recordé el asesinato de los sacerdotes Rafael Riatiga y Richard Armando Pifano[1], ocurrido el 26 de enero de 2010.

En el film Amor por sorpresa, el personaje busca ‘ayuda’ para morir y acude a una ‘empresa’ que ‘presta’ este tipo de servicio. Bajo la nomenclatura de viajero, el cliente que desea acabar con su vida puede escoger cómo ser ultimado por unos verdugos que amablemente le evitan el sufrimiento y la duda que puede conllevar tomar la decisión de suicidarse.

En el caso de los sacerdotes arriba mencionados, que según la justicia colombiana pagaron 15 millones para que los asesinaran, no se trató de una empresa dedicada a este tipo de servicios, sino que se “contrató” a unas personas para que les ayudara a morir. Sicarios, dijo la justicia.

Desconozco si existe la categoría que explique este tipo de fenómeno, que sin duda, pone contra las cuerdas todo lo que la cultura hegemónica nos dice alrededor del valor de la vida. Propongo la siguiente categoría para nombrar y explicar tanto lo sucedido con los dos sacerdotes, como con el personaje de la película Amor por sorpresa. La categoría es: homicidio por beneficio común.

Para el caso del film, el señor Van Zyulen llega a la ‘Agencia de viajes’ para que le ayuden a morir, dado que en medio de sus torpezas y momentos poco propicios para hacerlo, ha sido incapaz de suicidarse. La transacción se cierra, pero finalmente el amor de y hacia una mujer logra salvarlo, a pesar de la sórdida y sorpresiva ocupación de la dama, hija[2] del propietario de la ‘Agencia de viajes’ y empleada de la empresa.

Para el caso de Riatiga y Pifano, claramente no acudieron a una empresa constituida para tales tareas y servicios profesionales de la muerte, sino a unos reconocidos bandidos, según señaló en su momento la Fiscalía.

En el film, quienes están contratados para asesinar a los clientes que así lo requieran, son agentes de viaje u operadores, mientras que en la realidad de lo ocurrido con los dos curas, para la Fiscalía son simples asesinos (además, tenían antecedentes penales) que se aprovecharon de la situación, al parecer desesperada de los dos clérigos.

Lo cierto es que tanto en la ficción como en la realidad lo que queda claro es que disponer de la vida siempre ha sido un drama para el ser humano, en especial para aquellos que por disímiles razones optan por suicidarse o pagar para que los ayuden a morir. No se trata, en ningún caso, de una práctica propiamente eutanásica (suicidio asistido), sino de un homicidio por beneficio común en la medida en que el operador, y la agencia de viajes para la que trabaja, se benefician económicamente, mientras que el cliente que buscó voluntariamente el servicio,  se “beneficia” al lograr poner fin a su vida, que por distintas razones no pudo lograr por sus propios medios.

El tema, manejado con humor y con mucho tino, no deja de generar escozor en sociedades en las que la vida es considerada sagrada, a pesar de que esa misma sociedad acepta, valida y legitima las guerras, la pena de muerte amparada jurídicamente, en defensa propia y las provocadas a través de lo que se conoce como “justicia por propia mano”, caso muy típico en Colombia. A lo mejor el preciado negocio de la guerra el día de mañana se transforme y permita el nacimiento de muchas ‘empresas de viaje’ que  perfeccionen las técnicas de la muerte. Estaríamos hablando de multinacionales de la muerte asistida, con todo el aval político, social y religioso, a cambio de largas guerras fraticidas, muchas de estas aupadas por razones étnicas, económicas, religiosas y por las que acompañan a las relaciones de dominación política y militar.

A pesar de lo anterior, esa misma sociedad se espanta al conocer casos como el de los dos enviados de Dios en la tierra, y mirará con cierta distancia, miedo y salvedades de todo tipo, el tratamiento dado al tema en la película Amor por sorpresa.

No sé si la película ha sido taquillera, pero su temática y el tratamiento dado, debería de inspirar a magistrados y jueces y por supuesto, a la sociedad humana en general, para empezar a pensar en que entre nosotros puede haber ciudadanos que, cansados de vivir, necesitan de alguien que les ayude a morir, dada la dificultad de auto agredirse, bien por miedo, torpeza, por la ética del autocuidado, o por creencias religiosas.

Estamos y estaríamos, quizás, ante una solidaridad de nuevo tipo e igualmente, ante un sentido diferente del concepto jurídico del homicidio. Y de esa forma, reconocer que el mundo que hemos construido, con todo lo bello y lo sublime que nos acompaña, puede, en algún momento, llevarnos al desespero, al sin sentido, o al cansancio.

Abrirnos a esa posibilidad no solo servirá para comprender las decisiones de los suicidas, sino de aquellos que, como los curas mencionados, tenían y tuvieron razones suficientes para buscar ayuda para viajar hacia ese destino desconocido al que nos llevará a todos la muerte, sin importar cómo nos llegue  el modo de dejar de existir biológicamente. Por ello, bienvenida la muerte, por sorpresa.




1 comentario:

isabel cristina charry ramos dijo...

Excelente texto, me gusta mucho las analogías, demuestran que tienes una buenísima capacidad de contraste. Continua así, haciendo catarsis de una manera muy bella, ofreciendo tu forma de ver el mundo y enseñando.