YO DIGO SÍ A LA PAZ

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jueves, 16 de junio de 2016

Nuevo Código de Policía, vieja Institucionalidad policial

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Hay ya reparos por el contenido y orientación del Nuevo Código de Policía, cuya aprobación está en manos del Congreso.  Creo que hay consenso alrededor de la necesidad de que se actualice. No hay duda de ello. Lo que si genera duda son las facultades que podría tener la Policía para trasladar a ciudadanos en lo que se llamará procesos verbales.

Pero más allá de la controversial medida, lo que el país y los congresistas al parecer no han considerado es que ese Nuevo Código de Policía sería aplicado por una vieja institucionalidad policial, que deviene contaminada por un probado ethos mafioso[1] y por las circunstancias de un degradado conflicto armado interno.

Es allí en donde veo la mayor dificultad que tendrá la aplicación de ese nuevo Código de Policía, si es aprobado por el Legislativo y pasa el examen de la Corte Constitucional. Antes de aprobarse dicha norma, se debió hacer una reforma estructural que permitiera sacar a la Policía Nacional del Ministerio de la Defensa, para que esta fuerza civil fuera supervisada, en adelante, por el Ministerio del Interior.

De igual manera, aprobar y aplicar un nuevo Código de Policía en las actuales circunstancias deviene profundamente inconveniente no solo por lo planteado líneas atrás, sino porque la terminación del conflicto armado interno, por lo menos con las Farc, generará unas nuevas dinámicas en entornos rurales y urbanos, en lo que tiene que ver con la protesta social y el comportamiento ciudadano en un ambiente que muy seguramente propiciará una toma de conciencia por parte de los colombianos, que empezarán a demandar respuestas de unas autoridades y de un Estado que ya no podrán disculpar su inoperancia por la existencia, justamente, de la guerra interna.

Otro elemento que juega en contra de ese Nuevo Código de Policía es que las Escuelas de Formación de Policías deben modificar sustancialmente sus programas educativos. No es posible continuar formando policiales para que egresen de las escuelas contaminados ideológicamente, por la doctrina de seguridad nacional e incluso, por las orientaciones de quienes en esos centros de formación sientan animadversión por la comunidad LGTBI, por militantes de izquierda, defensores de los derechos humanos y activistas sociales y políticos.

Creo, entonces, que no es el momento para aprobar y actualizar el Código de Policía, por cuanto no están dadas las circunstancias institucionales y contextuales para que dicha norma se aplique. Habría que dar un compás de espera y empezar a cambiar los marcos mentales de quienes orientan la formación de los policías, eso sí, sobre una decisión urgente: sacar a la Policía del Ministerio de la Defensa. Esa decisión resulta más urgente, que aprobar a pupitrazo limpio un Código de Policía que mantenga y exacerbe niveles de represión de una Policía que hace rato perdió su norte como fuerza civil armada. Así entonces, primero hay que desmilitarizar a la Policía, y luego si repensar su misión, en las circunstancias que muy seguramente generará el fin del conflicto armado con la guerrilla de las Farc.




Imagen tomada de EL PAÍS de Cali

[1] Se define como aquellas acciones, decisiones y comportamientos que claramente buscan acomodar las leyes, los códigos y las normas, incluyendo las sociales y consuetudinarias, a los intereses de unos pocos. Ese ethos mafioso guiaría las transacciones de todo tipo que los ciudadanos y las instituciones establecen en sus dinámicas cotidianas, lo que les daría un carácter subrepticio y acomodaticio a particulares y reducidos intereses. Ese ethos mafioso, al consolidarse, corre el riesgo de volverse norma social, legitimada por la debilidad y la incapacidad del Estado de erigirse como un orden justo, viable y legítimo y por la imposibilidad de la sociedad de auto regularse y de enfrentar el orden establecido para intentar cambiarlo.  

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