YO DIGO SÍ A LA PAZ

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domingo, 22 de octubre de 2006

El caso Granda, por Germán Ayala Osorio

La globalización en sí misma es una etapa más en el devenir humano en la que sobresale el eje económico, mediático y cultural. No es y no ha sido fácil aceptar el proceso globalizador por cuanto su irrupción propone y conlleva cambios sustanciales, por ejemplo, en el papel del Estado tal y como fue concebido en la propia modernidad.
En la presente etapa, dicha nomenclatura se entronizó en los discursos cotidianos y en los espacios de socialización, y aparece para muchos como una moda pasajera, o como la resultante de procesos nuevos, actuales o definidos en el paso de unos pocos años. Pero no hay tal.
Por el contrario, la globalización hay que entenderla en el tiempo y ello implica remontarse a los siglos XVI y XIX, en el tránsito evolutivo del desarrollo mercantil hacia el proceso productivo capitalista. “El actual proceso de globalización culmina el tercer ciclo de un largo proceso de expansión del capitalismo industrial y mercantil euro – occidental por todo el globo terráqueo. En tal dirección, la primera oleada globalizadora[1] correspondió a los procesos de conquista y descubrimiento de nuevos territorios (Conquista de América) La segunda fase de la globalización la podemos ubicar en la segunda mitad del siglo XIX, cuando se consolida el proceso de revolución industrial y el maquinismo europeo amplificó el tamaño de los mercados.
En tercer lugar aparece el actual ciclo, acelerado en el curso de las últimas décadas por la revolución tecnológica de las comunicaciones satelitales, Internet, televisión globalizada... En el propio siglo XIX existió una dinámica creciente hacia la configuración de una institucionalidad internacional de naturaleza coactiva, aunque en dicho período no se tuvo un carácter global... En primer término, el rol de la organización humanitaria “Cruz Roja”, surgida en la segunda mitad del siglo XIX en el marco del derecho de gentes, que poco a poco extendió su radio de acción y logró un alcance relativamente universal en el transcurso de las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo pasado. En esa misma dirección es importante señalar el papel de la OIT (organización Internacional del Trabajo), con sede en Ginebra – Suiza.”[2]
Y es que la complejidad de la globalización conlleva a revisar no sólo el sentido de la política, de la democracia, de la ciudadanía, sino que esa misma globalización y la internacionalización de la economía, así como el poder alcanzado por el sistema financiero transnacional, obligan hoy a repensar las concepciones modernas de Estado y soberanía.
Es claro que el Estado - nación está en crisis por cuenta de la globalización y que cada vez más la relación territorialidad – lengua – identidad nacional se queda corta a la hora de explicar las características y alcances de una imagen de Estado que se desdibuja, que pierde sentido práctico, pero que paradójicamente sostiene su metamorfosis en lo económico -más que en lo político-.
Bauman sostiene que “la imposición del libre comercio y la abolición de aranceles aduaneros e impuestos de consumo alcanzan hoy para ejercer el tipo de dominio para el que en una época eran necesarias la conquista militar, la adquisición y absorción de empresas y la apropiación del territorio. Así es que la soberanía estatal se hace más fácil de obtener, a la vez que su alcance y contenidos se empobrecen progresivamente. A medida que la autonomía económica, militar y cultural se vuelve rápidamente cosa del pasado, y su supervivencia toma cada vez más la forma de una ficción o una premisa vacía, el Estado tiende a ser reducido a la categoría de un precinto policial ampliado y enaltecido. Se espera de él que mantenga la ley y el orden en el suelo nacional, evitando así que el territorio bajo su dominio se convierta en una <> para los capitales nómadas. “[3]
En cuanto a las nuevas reglas que impone la globalización al funcionamiento del Estado, Bauman agrega que “la globalización en su forma actual exige que la soberanía estatal ortodoxa se vea gravemente restringida. Por el contrario, el vaciamiento de las prerrogativas ortodoxas de la soberanía estatal es, para los actores del capital global, la codiciada garantía infalible de su indiscutida dominación global. [4]
Hay que evidenciar que las dinámicas generadas por la racionalidad económica por encima de la política, y aquellas que aparecen quizás como respuesta negativa al inconcluso proyecto de la modernidad, resemantizan los subsistemas económico, social, político, cultural e incluso, el humano, pensado en términos del sentido de la vida en sociedad, la integralidad, la participación ciudadana en el ámbito democrático y el sentido de lo colectivo.
Por eso hablar de globalización, mundialización o planetarización obliga cada vez más a establecer una mirada amplia y generosa que permita entender o por lo menos acercarse a una mínima comprensión de los alcances de un proceso que se presenta anómico y paranoico, pero que guarda en el fondo una profunda coherencia que se sostiene en el desplazamiento de la política como eje que articula, genera y soluciona conflictos.[5]
Es evidente que dicho desplazamiento se ha dado por el poder alcanzado, de un lado, por la variable económica (léase neoliberalismo y las condiciones de la interdependencia de los mercados), que genera exclusión, pobreza y dominación; y del otro, por las empresas periodísticas que informan a las audiencias desde lógicas mercantiles, articuladas a amplios circuitos económico - informativos globalizados.
Justamente, en lo económico y en las lógicas de consumo expuestas por la publicidad, apoyadas en el poder de penetración de los medios de comunicación se sostiene cada vez más el sentido negativo de la finitud de la existencia, que exacerba lo efímero, el individualismo y que abandona todo proyecto ético - político que intente integrar identidades y proyectos colectivos de largo plazo.
Estas circunstancias hacen aún más compleja la existencia en un mundo cada vez más etiquetado y frívolo de nomenclaturas como video política y sondeocracia. Y así se corroboró en Colombia el 26 de mayo de 2002 cuando el marketing político y la publicidad fueron las estratagemas con las cuales el Movimiento Primero Colombia llevó a la presidencia al disidente liberal, Álvaro Uribe Vélez, sin necesidad de una segunda vuelta en las elecciones.
Así las cosas, este desdoblamiento de la vida política hacia una subsistencia económica (la dictadura de lo económico) está apoyado en el momento en que los discursos y la vida misma parecen sufrir un proceso irreversible de desideologización, gracias a que hoy la Guerra Fría o el Muro de Berlín no tienen sentido más allá de simples referentes teóricos, ideológicos e históricos que, sumados a los maltrechos sueños echados a andar desde la Revolución Francesa, no alcanzan a evitar que la relación Norte – Sur esté fundada hoy en el maniqueísmo que polariza y evidencia una relación entre buenos y malos (relación moral).
Ante el panorama que ofrecen estos actores reales y virtuales transestatales, varios autores se preguntan si el Estado desaparecerá o si asistimos a una reconfiguración de sus funciones tradicionales o si por el contrario, se trata de nuevas fuerzas que sustituirán el moderno modelo de Estado. Otros, quizás, querrán darle la razón a Marx, en dos direcciones que “se encuentran” en el fenómeno de la Globalización: la primera, al creer que el Estado desaparecerá; y la segunda, el asegurar - haber asegurado - que el capital no tiene patria. En este mismo sentido se pronuncian Negri y Hardt: ¨...el capital no funciona dentro de los confines de un territorio fijo y una población fija.” [6]
Las dudas que generan las nuevas condiciones dadas y las exigencias del desarrollo capitalista en relación con la tipología de Estado hacen que aparezcan nomenclaturas como Estado posmoderno (R. Cooper); Estado Red (M. Castells); Estado Catalítico (M. Lindt); Estado Transnacional (U. Bech); y Estado Posheroico (H. Willke)[7]. No se trata, pues, de simples etiquetas e insinuaciones de teóricos y estudiosos del devenir de la política, por el contrario, las nuevas y avasallantes realidades evidencian la necesidad de empezar, para unos, y continuar para otros, la discusión y la vigilancia de los contextos que hoy define el mundo globalizado.

Es, en este complejo escenario, en el que devienen hoy las relaciones políticas, económicas y diplomáticas que los Estados ‘modernos’ de América Latina decidan establecer con otros estados del mundo. Pero dicho escenario resulta especialmente determinante para las relaciones que de forma natural se dan entre Colombia y Venezuela, reforzadas por una historia de conflictos fronterizos que afloran cada vez que aparece en los medios masivos un hecho noticioso digno y capaz de generar nuevos conflictos o de recordar viejos problemas binacionales.
Relaciones que se redefinen desde orillas ideológicas y proyectos de nación, disímiles e irreconciliables, por los extremos desde los cuales se presentan y desde donde son agenciados[8]. Desde lejanos extremos ideológicos, políticos y económicos se advierte un escenario complejo para las actuales y futuras relaciones entre Venezuela y Colombia. Se advierte, de igual forma, la complejidad de dicho entorno en el nuevo proceso civilizador [9] que lidera y agencia el presidente Álvaro Uribe Vélez y por la irrupción de una propuesta neopopulista en cabeza del presidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías.
El Mandatario colombiano agencia y lidera un nuevo proceso civilizador (no el efectuado por la llamada elite de gramáticos[10], antes y después de la ocupación de España en Colombia) que no sólo quiere acabar con los bárbaros de las Farc, sino con todo germen de criticidad, libertad de pensamiento, especialmente si estos se dan en las toldas de la descuadernada izquierda.[11]
No se trata de un proceso para civilizar a quienes no cumplen con las normas de Carreño, los buenos modales, el buen hablar y el saber leer y escribir y las buenas costumbres[12], sino para entronizar el unanimismo ideológico y político (representado y reproducido en los medios masivos) en las relaciones cotidianas, haciendo aún más intolerables a los colombianos y polarizantes sus formas relacionales tradicionales.
En esa dirección, Uribe no sólo agencia un nuevo proceso civilizador[13] en el ámbito interno, es decir, dentro de la nación colombiana; por el contrario, el operativo de captura de Granda se constituiría como el correlato del modelo de autoridad imperial o nuevo paradigma propuesto por Antonio Negri y Michael Hardt.
Los autores señalan que “el nuevo paradigma es tanto un sistema como una jerarquía, una construcción centralizada de normas y una extendida producción de legitimidad, difundida a lo largo y a lo ancho del espacio mundial…el cambio de paradigma se define, al menos inicialmente, mediante el reconocimiento de que sólo un poder establecido ultradeterminado y relativamente autónomo respecto de los Estados-nación soberanos puede funcionar como el centro del nuevo orden mundial, ejerciendo sobre él una regulación efectiva y, cuando es necesario, la coerción.” [14]
La acción policial colombiana en territorio venezolano aparece legitimada, globalmente por la lucha contra el terrorismo liderada, exigida y patrocinada por los Estados Unidos como principio ordenador y regulador de las relaciones internacionales en un mundo inseguro y a merced del crimen transnacional que tiene en el terrorismo[15] a su mejor arma. De ahí que la intervención colombiana en territorio venezolano tenga la pretensión de atacar una situación excepcional que no se puede tolerar: un terrorista, que debe ser buscado y capturado, se encuentra en una nación con un gobierno cómplice del terrorismo.
Aunque la situación surgida con el caso Granda no es irregular para los intereses globales, especialmente desde la perspectiva de los Estados Unidos[16], sí representa un riesgo latente contra un Estado legítimo. La acción policial tiene la pretensión de ser ejemplarizante y con posibilidad de repetirse[17], dando lugar a una forma de derecho que en realidad es un derecho de policía[18], que relativiza, socava y erosiona la soberanía estatal de un Estado –nación que en materia de lucha contra el terrorismo está por fuera de la lógica americana y la de sus aliados.
El caso Granda, entonces, expone elementos propios de la seguridad regional con efectos negativos en las relaciones entre Venezuela y Colombia y la generación de desconfianza entre vecinos como Ecuador, Brasil y Perú, entre otros. Y sin duda, representa un giro radical del Estado colombiano en lo que concerniente al manejo de las relaciones internacionales.
Rudolf Hommes, asesor económico y declarado defensor del modelo neoliberal, llamó la atención en torno al camino que Colombia parece empezar a recorrer con Uribe, especialmente con la ejecución de la política de seguridad democrática.
Dice el ex ministro de Hacienda que “la crisis con Venezuela nos ha tomado por sorpresa, principalmente porque Colombia se ha desviado del camino probado en el ejercicio de las relaciones internacionales y está aventurando por terreno nuevo, innovando tanto en política internacional como en la ejecución de la misma. Colombia, tradicionalmente se ha ceñido estrictamente al derecho internacional y ha tratado de resolver sus conflictos con otros países en ese ámbito, acudiendo cuando ha sido necesario a los tribunales internacionales existentes… Las acciones que ha adoptado el Gobierno colombiano en el caso Granda se alejan de lo que ha sido la trayectoria usual de nuestra forma de resolver conflictos – por la vía diplomática – y no han sido impulsadas por la motivación tradicional, aunque el propósito sí es estratégico. La ruta que se ha seguido en este caso ha sido duramente cuestionada con argumentos de índole legal y la reacción de Venezuela puede ser potencialmente perjudicial para la economía nacional (y para la misma Venezuela, aunque en menor medida)… Inadvertidamente, sin estarlo buscando, el Gobierno de Colombia creó una situación que está un poco por fuera de su propio control. “[19]
Por ello, en adelante el Estado colombiano, y especialmente, desde la reelección de Álvaro Uribe (2006-2010) deberá asegurarse que episodios como los que generó el caso Granda no se vuelvan a presentar, dado el giro político e ideológico que vienen dando varios países de América Latina.
En atención de lo anterior, “en democracias frágiles serán cruciales mecanismos eficientes para evitar los abusos y clarificar las fronteras imprecisas entre políticas represivas legítimas e ilegítimas. La protección de los derechos humanos se verá afectada, inevitablemente, por tales tendencias y la securitización de las instituciones democráticas - como lo muestran los hechos recientes en Colombia-, aparte de representar un proceso contaminado de contradicciones, podría conducir a más fragilidad republicana. Así mismo, la necesidad de colaboración regional entre policía, inteligencia y, eventualmente, fuerzas armadas para contener la expansión de las ‘nuevas’ y las ‘más nuevas’ amenazas ha iniciado la revisión, de facto, de las premisas de la no- intervención, defendidas vehementemente dentro de la comunidad latinoamericana.” [20]
Las reflexiones que alrededor del caso Granda se puedan hacer tocan en buena medida a medios y periodistas en cuanto al tratamiento que dieron a los hechos relacionados con la captura del vocero internacional de las Farc. He aquí apartes de los resultados del seguimiento a varios medios masivos escritos colombianos:

Jamás exigieron públicamente a las fuentes colombianas seriedad y respeto por las mentiras, inexactitudes y ocultamientos expresadas a través de los micrófonos. Los voceros oficiales colombianos manipularon a medios y periodistas y éstos jamás exigieron una explicación viéndose así comprometida la ética y el profesionalismo de los comunicadores y las empresas periodísticas. Las fuentes y voceros del Gobierno irrespetaron a los propios periodistas y las audiencias pues a cuenta gotas el país se dio cuenta de los engaños, mentiras y verdades a medias que sus versiones entregaban.

Los silencios, ocultamientos y las medias verdades del Gobierno colombiano configuran lo que Norberto Bobbio llama el poder invisible o el doble Estado. Recuerda Bobbio que “la democracia nació bajo la perspectiva de erradicar para siempre de la sociedad humana el poder invisible, para dar vida a un gobierno cuyas acciones deberían haber sido realizadas en público…Una de las razones de la superioridad de la democracia con respecto a los Estados absolutos… está basada en la convicción de que el gobierno democrático pudiese finalmente dar vida a la transparencia del poder, al <>. “ [21]

Bobbio agrega que el poder invisible, para el caso de Italia, se manifiesta- y se hace visible - en la presión y controles que ejercen la mafia, la camorra, las logias masónicas atípicas, los servicios secretos no controlados y protegidos de los subversivos que deberían controlar. [22]

Para el caso de Colombia, y siguiendo a Bobbio, es evidente que Paramilitares, Guerrillas, el clientelismo, la corrupción administrativa y las oscuras actividades de los organismos de seguridad del Estado[23] configuran, sin duda, un poder invisible o un doble Estado.

La existencia del llamado poder invisible pone de presente un escenario comunicativo en el que las relaciones entre el Estado, los mediadores naturales[24] y la sociedad civil se afectan negativamente por cuanto no es claro el actuar del Estado frente a asuntos públicos. La confianza en los organismos estatales, en los funcionarios públicos, en los medios masivos y en quienes detentan el poder político es clave para mantener unas relaciones respetuosas entre el Estado y la sociedad en general.

El secuestro de 22 personas en el Guaviare puso de presente no sólo las flaquezas de la política de seguridad democrática en uno de los territorios en donde se ejecuta con rigor el Plan Patriota, sino un hecho grave: las fuentes militares le ocultan información al propio Presidente y éstas a su vez, a la prensa. Y es así, porque inicialmente se informó que por presión del ejército se logró la liberación de varios de los plagiados, hecho que se desmintió tiempo después por los propios liberados.[25] A estos hechos se suma la crisis que se presentó en el DAS en el 2005, lo que ameritó la conformación de un ‘comité de alto nivel’ con el fin de que formulara salidas a los problemas operativos y de credibilidad del organismo de seguridad estatal.

Lo sucedido con el caso Granda representa, sin duda, la inocultable existencia de un doble Estado en Colombia. El poder oculto de militares, policías, ministros y altas esferas del Gobierno señalaron el camino que la administración Uribe Vélez (2002 – 2006) parece estar dispuesta a recorrer en aras de alcanzar los objetivos de una política de seguridad democrática con capacidad extraterritorial, como correlato de la política exterior norteamericana, especialmente cuando se exponen elementos, criterios y estrategias de la llamada guerra preventiva. Un precedente peligroso para una región que no necesariamente marcha al ritmo que se impone desde el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

A través de los titulares, medios y periodistas participaron del show, enrareciendo aún más las tensas relaciones entre los dos gobiernos comprometidos en los hechos. El titular de cita fue empleado para generar sensaciones, para ocultar el escenario político – ideológico que conforma la llegada de la izquierda al poder presidencial en varios países de América del sur, en particular en Venezuela.

Medios y periodistas olvidaron hacer pedagogía política en aras de explicar a sus públicos qué es lo que está pasando en América del sur en torno a los gobiernos de izquierda que se vienen afianzando en Venezuela, Brasil, Argentina y Uruguay, entre otros; y por extensión, qué está pasando con la derecha en la misma región. Así mismo, unos y otros jamás analizaron el papel que juega y jugará Colombia en un contexto complejo y turbulento como el que se construye en esta parte de América, dada su completa alineación con los intereses de los Estados Unidos.

Nuevamente, los espacios mediáticos posicionaron un imaginario negativo de la izquierda, invalidándola como opción política, apelando al discurso moralizante. Con el discurso periodístico – noticioso, y a través de la aplicación de lógicas y criterios informativos ortodoxos, la derecha y el proyecto de derechización que avanza en Colombia salieron fortalecidos por cuenta de la captura de un subversivo en territorio venezolano, en donde justamente un proyecto de izquierda se erige, con todo y equívocos, como una opción viable, legal y legítima.

Unos y otros facilitaron el camino para que la diplomacia de micrófono intentara resolver lo que era competencia de las cancillerías de ambos países. De alguna manera las conclusiones aquí expuestas se concentran en el editorial del diario EL TIEMPO, intitulado Más diplomacia y menos micrófono (sic).

En relación con el devenir del conflicto armado interno, el caso Granda aumentará los niveles de desconfianza entre el Gobierno Uribe y el Secretariado de las Farc, circunstancia que radicalizará aún más las posturas de las partes enfrentadas cuando se plantee, nuevamente, el tema del intercambio humanitario.

La captura de Granda, pero especialmente las condiciones en las cuales se efectuó su detención, será un obstáculo más en el objetivo inmediato de discutir un cese del fuego, un acuerdo humanitario entre las Farc y el Gobierno de Uribe Vélez (2006-2010) o la puesta en marcha de un proceso de diálogo. De la ya larga lista de dificultades para hallar una salida al drama de los secuestrados se recuerdan la extradición de ‘Simón Trinidad’, de alias ‘Sonia’ y la negativa del Gobierno de aceptar el despeje de dos municipios del Valle del Cauca; y por el lado de las Farc, de no aceptar la propuesta formulada por España, Suiza y Francia a finales de 2005.

[1] El profesor Andrés Botero Bernal, de la Universidad de Medellín, recuerda que la globalización cristiana y la romana, con el latín deben ser consideradas dentro de las primeras oleadas globalizadoras.
[2] VARELA BARRIOS, Édgar. La globalización y el declive de la soberanía estatal. El contexto transnacional de las políticas públicas. Cali: mimeo mayo de 2002.

[3] Bauman, Zygmunt. La sociedad sitiada. Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2004. p. 106
[4] Ibid., Bauman. p. 107.
[5] “... Se podría decir que, al ser las instituciones políticas existentes cada vez más incapaces de regular la velocidad del movimiento de capitales, el poder está cada vez más alejado de la politica... El discurso neoliberal se hace más ‘fuerte’ a medida que avanza la desregulación, quitando poder a las instituciones políticas que, en principio, podrían hacer frente a la proliferación del libre juego del capital y las finanzas. Se ha dado un paso más en el camino hacia su dominio absoluto con la reciente aprobación del Tratado Multilateral de Inversiones, que en la práctica les ata las manos a los gobiernos nacionales y permite todo tipo de accionar a las empresas extraterritoriales...” (BAUMAN, Zygmunt. En busca de la política. México: Fondo de Cultura Económica, 2002. págs 27, 28 y 37).

[6] NEGRI, Antonio y HARDT, Michael. Imperio.

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