YO DIGO SÍ A LA PAZ

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viernes, 10 de abril de 2015

EL LUGAR SOCIAL, MEDIÁTICO Y POLÍTICO DE LA JUSTICIA TRANSICIONAL

Quizás el punto más álgido y polémico del proceso de paz de La Habana, sea el del modelo de Justicia Transicional[1] que el país deberá diseñar e implementar hacia el futuro, en aras de asegurar Verdad, Justicia, Reparación y Reformas Institucionales, que aseguren la no repetición de los eventos y circunstancias que facilitaron y legitimaron el levantamiento armado y las condiciones de anormalidad, anomia social y múltiples violencias, asociadas al conflicto armado interno.

Con todo y los acuerdos preliminares sobre varios de los puntos de la Agenda pactada, el país aún no asume la discusión pública de lo que implicará para el Estado y la nación, el diseño y la aplicación de una Justicia Transicional[2] que asegure Verdad, Justicia, Reparación a víctimas y Reformas Institucionales.

Debido a los cuestionamientos y reparos del Procurador Ordóñez y del Centro Democrático, en torno a varios de los elementos constitutivos de la Justicia Transicional que se discuten en La Habana, y a los ligeros tratamientos periodísticos de los medios de comunicación, la opinión pública parece reducir la Justicia Transicional, al juzgamiento y condena de los líderes de las Farc, por la comisión de delitos de lesa humanidad y/o delitos de guerra. Es decir, que haya cárcel efectiva y privación de la libertad de los máximos jefes de dicha organización armada.

De esta manera, cientos de miles de colombianos creen que la Justicia Transicional solo está para establecer niveles de verdad, justicia y reparación, en torno a las acciones de un solo actor armado, que para el caso que nos ocupa, son las Farc. Nada más inconveniente que reducir dicho de tipo de justicia, al cumplimiento de esas condiciones, en relación con uno solo de los actores armados que participaron y participan aún de las hostilidades.

Sin duda, habrá que investigar, juzgar y sancionar a los responsables de las violaciones de los derechos humanos, en el contexto de un degradado conflicto armado interno, del que participaron tres actores armados: la Fuerza Pública, en representación del Estado, las guerrillas y los paramilitares. Estos actores armados son responsables de manera directa de las violaciones al DIH y a los DDHH. Pero hay otros actores no armados, que también deben responder por haber apoyado económica, social y políticamente a los grupos paramilitares y guerrilleros y por haber instigado, azuzado y aupado, a miembros de la Fuerza Pública, para que violaran de manera directa y sistemática los derechos humanos y desconocieran las normas del DIH.

Poco se habla de las reformas institucionales que el país deberá emprender para asegurar,  en la transición de un estadio de guerra, a uno de paz, restablecer la confianza de los ciudadanos en las instituciones de justicia, en las Fuerzas Armadas, en las élites, los partidos políticos, y en general, en el Estado.

Pensar la Justicia Transicional, exclusivamente, como un sistema especial y excepcional de juzgamiento penal de uno o de varios de los miembros de las organizaciones combatientes, no solo es un error de apreciación conceptual, sino un salto al vacío en el esfuerzo de ponerle fin al conflicto armado a través de la negociación política y, por ese camino, alcanzar una paz estable y duradera.

Es claro que el colombiano promedio no confía en el Estado y en sus instituciones, debido, precisamente, a que dicho orden social y político deviene privatizado, débil y capturado por disímiles tipos de mafias, que operan la institucionalidad para asegurar beneficios a unos reducidos grupos de poder y de interés.

Poco o nada están haciendo el Congreso de la República y el Gobierno de Santos para el logro de las reformas institucionales que el país necesita. Dirán algunos que la discusión de la reforma política al equilibrio de poderes, apunta hacia el cumplimiento de ese elemento constitutivo de la Justicia Transicional. Pero es claro que no es suficiente.

De igual manera, no se escucha a los banqueros, ganaderos, élites[3],  empresarios y en general, a los grandes ricos, en asocio con los partidos políticos, reconocer que el país requiere de nuevas instituciones, no solo para cumplir con las exigencias de un tipo de justicia excepcional y temporal, sino para asegurar, en el mediano y largo plazo, escenarios de paz y convivencia.

Colombia debe transformarse culturalmente. Y ello implica proscribir el ethos mafioso que se ha inoculado en la política, en las relaciones sociales y que claramente es promovido por los medios de comunicación[4] y los canales privados de televisión, a través de la producción noticiosa y seriados como Los Tres Caínes, Sin Tetas no hay paraíso, Las muñecas de la mafia, Tiro de Gracia, Rosario Tijeras, El Capo y El Cartel de los Sapos, entre otras; producciones estas, que insisten en posicionar imaginarios y representaciones sociales asociadas a la idea de Machos, de “Héroes”, en el contexto de una cultura machista, conservadora y goda como la colombiana.

Finalmente, la Justicia Transicional debe pensarse en clave de civilidad y de consolidación de los fallidos procesos civilizatorios[5] que Colombia exhibe de tiempo atrás.

Respetar las normas, la ley, ampliar la democracia, devolverle al Estado y a la función pública, el sentido de lo colectivo que el clientelismo les arrebató; lograr, por fin, una reforma agraria integral y la socialización de la riqueza que se produce dentro del país, son algunas de las circunstancias que bien deben acompañar a las reformas institucionales de una esperada y hasta ahora mal comprendida, Justicia Transicional[6].

Lo que viene sucediendo con la extranjerización de la tierra en Colombia, la eterna debilidad de la justicia y la histórica y creciente corrupción estatal y privada, que recientemente tocó las huestes de la Corte Constitucional, coadyuvan en gran medida a dudar de la capacidad, compromiso e interés de los colombianos para construir unas nuevas instituciones estatales y reconsiderar imaginarios y representaciones sociales en torno al sentido de lo público, de la política.

Las anteriores circunstancias contextuales se convierten en verdaderos obstáculos, que claramente impedirán que los objetivos de la Justicia Transicional se alcancen, en especial aquellos que tienen que ver con el restablecimiento y/o establecimiento de condiciones de convivencia pacífica, el reconocimiento de los derechos de las víctimas del conflicto armado interno y la promoción de la confianza de los ciudadanos en la función pública y en la privada, así como en la comprensión y exigencia de valores y principios democráticos.

Por ahora, es claro que la Justicia Transicional tiene un relativo y/o empobrecido lugar en la sociedad, en la política nacional y en los medios de comunicación. Amanecerá y veremos.


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Imagen tomada de colombiaopina.wordpress.com



[2] Agradezco al profesor Oscar Duque Sandoval, quien en el marco de la Cátedra de la Paz de la Universidad Autónoma de Occidente, la conferencia que recientemente dictó sobre Justicia Transicional. Eso sí, los errores en los que incurra o los vacíos conceptúales en los que haya incurrido en esta columna, solo comprometen al autor de la misma.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Apuntes sobre la Justicia Transicional

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Con la eventual firma de un acuerdo de paz que ponga fin al conflicto armado entre las Farc[1] y el Estado colombiano se necesitará de un modelo de Justicia Transicional[2] (JT) que, ajustado a las condiciones contextuales del país, asegure la puesta en marcha y la consolidación de escenarios de posacuerdos y de posconflicto.

Un modelo de Justicia Transicional así, debe dejar de lado los ideales de justicia que hacen parte de imaginarios colectivos e individuales que disímiles sectores societales exponen a grito herido y con los cuales piden años y años de prisión para los líderes de las Farc  que hayan ordenado y/o participado en la comisión de delitos atroces.

Los medios masivos y el periodismo en general deben coadyuvar a no continuar consolidando representaciones sociales (RS) e imaginarios colectivos adversos o contrarios a la necesidad de pensar en penas alternativas para los guerrilleros que cometieron delitos de lesa humanidad y que en general, conculcaron de muy diversas maneras los derechos de las comunidades que soportaron su influencia política y social y sufrieron directa o indirectamente los estragos de sus incursiones armadas. Y lo mismo hay que pensar para empresarios que apoyaron el paramilitarismo, líderes de los grupos paramilitares y miembros de la Fuerza Pública comprometidos, por ejemplo, con casos de ‘Falsos positivos’ y otros tipos de violaciones a los derechos humanos y al DIH.

Es decir, todos deberán meterse en el mismo costal de la impunidad con la que de todas maneras vendrán las estrategias y decisiones que se tomen en el marco de un modelo de Justicia Transicional hecho en el país, de acuerdo con sus propias circunstancias contextuales.

Recientemente el  propio Fiscal Montealegre señaló: “…que los integrantes de las FARC puedan purgar sus penas por ejemplo retirando las minas que ellos mismos han colocado y no en prisión. "La pregunta es si Colombia podría crear un sistema de justicia alternativa que implique sustitución de la pena privativa de la libertad, más exactamente sustitución de penas privativas efectivas de la libertad por otro tipo de penas alternativas como el desminado"... Tras reconocer que si hay un acuerdo de paz con las FARC -y por añadidura como cabe esperar con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla del país-- los 10.000 guerrilleros que las integran no serían objeto de acción penal ni ahora ni en el futuro, indico en que tampoco habría acciones penales contra los miembros de las fuerzas de seguridad. "Ese cierre no solo sería para la guerrilla, sino que incluirá a los miembros de la Fuerza Pública y los que han sido investigados y juzgados por paramilitarismo"…[3].

Por las condiciones en las que ha operado y opera aún el orden social y político en Colombia, la Justicia Transicional que se diseñe para avanzar de un estado de guerra no generalizado, a un estadio de paz con un carácter más político que social “…requiere que los diferentes sectores sociales generen reflexiones y alternativas para lograr procesos de memoria, verdad, justicia, reparación y reformas institucionales para la no repetición, siendo necesario reducir las asimetrías de información y comprensión en torno al concepto de justicia transicional y sus mecanismos de concreción[4].

Por lo anterior, hay que priorizar en conocer qué pasó, quiénes fueron y son los responsables de la comisión de delitos como el desplazamiento forzado, reclutamiento de menores, violación de mujeres y niñas, masacres y en general, las violaciones al DIH y a los derechos humanos; saber la verdad será definitivo y por sobre todo, permitirá enfocarse en el reconocimiento de las víctimas y en su reparación moral y económica.

Todo lo anterior, reconociendo las circunstancias en las que subsiste el Estado y su aparato de justicia que devienen frágiles y asegurando, por ello, cambios estructurales que hagan posible que lo sucedido durante 50 años de guerra interna no se vuelva a repetir. El reto está allí y no en insistir en castigar a quienes se levantaron en armas, buscando reformas políticas, sociales y económicas que el Establecimiento no ha querido asumir para modificar sustancialmente la estructura y las correlaciones de fuerza que han hecho posible que el Estado colombiano se mantenga en pie a pesar de su debilidad manifiesta y su precaria o relativa legitimidad. 

De igual manera, un modelo de Justicia Transicional hecho en y para las condiciones en las que deviene el orden social, político, cultural y económico colombiano deberá tomar distancia de los marcos jurídicos internacionales a los que el país ha adherido. En su momento, el Estado deberá actuar de manera autónoma apelando a esa condición de Estado soberano que se supone ostenta, pero que deviene relativa por una histórica incapacidad política y diplomática, asociada siempre a actitudes indignas de quienes han dirigido los intereses del Estado. Una relativa soberanía, curiosamente afectada por el discurso de los derechos humanos y por la firma de tratados en la materia.

Y es que la Justicia Transicional se ve ya como un hecho jurídico y político en la medida en que ya está claro que el débil aparato de justicia colombiano no podría juzgar masivamente a los militantes de las Farc comprometidos en la comisión de delitos graves y atroces asociados al delito de rebelión y a los conexos cometidos durante el tiempo que duró (que dure) el levantamiento armado contra el Estado colombiano.

La puesta en marcha de la Justicia Transicional deberá enfrentar los referentes de justicia internacional con los que el Procurador Ordóñez critica las posturas del Fiscal Montealegre, al igual que las presiones de ciertos sectores sociales aupados por un discurso periodístico-noticioso moralizante e ideológicamente comprometido; pero especialmente deberá enfrentar una realidad aún más difícil de abordar y entender. Dicha realidad se recoge en esta tesis: el régimen de poder colombiano se expresa a través de formas estatales paralelas que dan cuenta de un doble Estado[5]. Dichas formas de expresión estatal devienen legales e ilegales y coinciden con prácticas sociales, económicas (financieras) y políticas que dan vida a un ethos mafioso que en su conjunto la sociedad, agentes de la  sociedad civil y el Estado han incorporado y desde el que se establecen de tiempo atrás todo tipo de transacciones y relaciones de poder.

Finalmente,  las discusiones sobre Justicia Transicional nos deben llevar a repensar a Colombia. Y ello implica, recomponer ética y moralmente una sociedad y un Estado que devienen en constantes crisis. Me pregunto: ¿hacia dónde bebe ir la transición? ¿Quién o quiénes la van a liderar? ¿Acaso la Academia? ¿Qué otros actores de la sociedad civil están dispuestos y preparados para asumir semejante tarea? ¿Acaso la Iglesia Católica, los gremios económicos? Es mucho lo que debemos deponer para avanzar hacia un estadio de convivencia, de respeto a la diferencia, en el contexto de un Estado que garantice para las grandes mayorías una vida digna y una sociedad capaz de comprender el significado de lo público.




[1] Se espera que más adelante el ELN también negocie con el Gobierno de Juan Manuel Santos.
[2] Pablo de Greiff señala que “…la expresión <> se refiere al conjunto de medidas que diferentes países han utilizado para tratar los legados de abusos masivos y sistemáticos de derechos humanos. Hay consenso emergente acerca de los elementos que constituyen el núcleo de la justicia transicional, enumerados, por ejemplo, en el reporte del 2004 del Secretario General de las Naciones Unidas; estos incluyen la justicia penal, el esclarecimiento de la verdad, la reparación a las víctimas, y las reformas institucionales, especialmente aquellas tendientes a ‘depurar’ los servicios de seguridad. Estos elementos no constituyen una lista cerrada, pero por otro lado, tampoco una colección casual de medidas, sin oque forman parte de una concepción comprehensiva, ‘holística’ de la justicia transicional”. Tomado de Justicia transicional y paz, apuntes para Colombia. Pablo de Greiff es director de investigaciones de ICTJ.
[4] Documento del Centro Internacional de Justicia Transicional, 14 de octubre de 2014, presentado en la Universidad Autónoma de Occidente, Cali, Colombia. Sesión génesis y evolución de la Justicia Transicional.
[5]  Véase  The Limitis of Legitimacy, de Alan Wolfe, citado por Norberto Bobbio en El futuro de la democracia. Fondo de Cultura Económica. México, 3ra edición 2001. p. 36.

lunes, 16 de febrero de 2015

Colombia necesita un Pacto General por la Verdad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo
                                     

El ex presidente César Gaviria lanzó una polémica propuesta. El político neoliberal dijo a EL TIEMPO que “…hasta ahora solo se ha hablado de justicia transicional para los integrantes de las guerrillas como para los miembros de la Fuerza Pública tanto por parte del Presidente de la República como de los negociadores. Tal decisión deja por fuera a los miles de miembros de la sociedad civil, empresarios, políticos, miembros de la rama judicial que de una u otra manera han sido también protagonistas de ese conflicto y que tienen muchas cuentas pendientes con la justicia colombiana. Ante esta situación, han surgido inquietudes sobre la necesidad de que la justicia transicional también cubra a los sectores no combatientes de las distintas ramas de la sociedad que de alguna manera fueron financiadores, auxiliadores o pactaron compromisos con grupos paramilitares o guerrilleros por beneficios electorales o por simple intimidación y con el fin de adelantar su tarea proselitista[1].

Lo dicho por el ex mandatario recoge lo que en su momento señalaron el Presidente Santos y el Fiscal General de la Nación, Luis Eduardo Montealegre Linett. Pero Gaviria fue más allá, pues incluyó  a sectores no combatientes que hayan tenido relaciones con los proyectos políticos que encarnaron las guerrillas y los paramilitares. A la propuesta de Gaviria Trujillo le añado lo siguiente: la generación de un gran Pacto General por la Verdad.

La firma del fin del conflicto que se negocia en La Habana, la refrendación de los acuerdos y su implementación necesitarán, inexorablemente, de un Pacto General por la Verdad. Un Pacto que debería incluir el listado de ganaderos, latifundistas, agroindustriales, militares, banqueros, industriales, élites, clase política y comerciantes, entre otros, que apoyaron el proyecto paramilitar y que a través de disímiles prácticas de cooptación y captura mafiosa del Estado (Garay, 2008), coadyuvaron a la profundización de la pobreza, la exclusión política y en general, al mantenimiento de las circunstancias objetivas que legitimaron el levantamiento armado en los años 60. 

El país necesita saber esa verdad. No basta con que las Farc reconozcan sus crímenes y el país cuantifique los efectos sociales, políticos, económicos, ambientales y culturales que dejó dicha agrupación y en general, los dejados por un largo y degradado conflicto armado interno. Las páginas de esta guerra fratricida no podrán pasarse fácilmente si se mantienen en secreto las terribles conexiones que actores económicos, sociales y políticos establecieron con los paramilitares y con un proyecto político claramente alejado de la necesidad de profundizar la democracia en los ámbitos social, económico y político.  

El paramilitarismo, como empresa criminal, se consolidó gracias a la penetración, cooptación y a la captura del Estado. De ese modo se pudo echar a andar un proyecto político de ultraderecha que entre 2002 y 2010 dio muestras de contar con el aval de una élite bogotana, y el respaldo de sus “espejos” regionales. Ese mismo proyecto que aún sigue vivo por cuenta del Centro Democrático y que aún cuenta con el apoyo de varios de los actores sociales, económicos y políticos de esa sociedad civil que ayer vio con buenos ojos y aplaudió las acciones políticas y criminales de las Autodefensas Unidas de Colombia. Y que cuenta, por supuesto, con el apoyo de un sector de las fuerzas armadas que se acostumbró a las prácticas desinstitucionalizadas que Uribe Vélez impuso durante sus años de mandato.

Esa empresa criminal es la mayor responsable de los desplazamientos forzados y de las masacres cometidas en el contexto de un degradado conflicto armado interno. Por eso, el país, la sociedad entera, necesita saber quiénes desde la sociedad civil apoyaron y patrocinaron el paramilitarismo.

Por lo anterior, la justicia transicional debe acoger no solo a los actores armados que participaron de las dinámicas del conflicto armado interno, esto es, la fuerza pública, guerrillas y paramilitares, sino a los actores no armados que hicieron posible que paras y fuerzas del Estado operaran juntas, o que las segundas facilitaran a los primeras la incursión en territorios que previamente unos pocos declararon como aptos para el desarrollo de proyectos agroindustriales, minería y/o ganadería extensiva, entre otras actividades. De allí que el desplazamiento forzoso fuera el mecanismo predilecto de los paramilitares y de aquellos que necesitaban que millones de hectáreas quedaran deshabitadas de los “incómodos” indígenas, afros y campesinos. Engañados viven aún aquellos que creen que los paramilitares se crearon exclusivamente como una fuerza contrainsurgente.

El país debe conocer el talante de sus élites. Sus miembros no son justamente un despliegue de moralidad y de un proyecto ético-político encaminado a consolidar un orden social, económico y político justo. No.

Con todo y lo anterior, el proceso de La Habana, los escenarios de posguerra, posacuerdos y posconflicto y la paz, necesitarán de un gran Pacto General por la Verdad. Quizás de esa manera y entre todos, podamos recomponer el camino de una Nación que necesita de otros referentes de moral y ética. Y es claro que dentro de las élites de poder tradicional subsisten débiles y acomodaticios valores democráticos, dado que están fundados en una ética de mínimos y una moral que sigue atada al poder de la Iglesia Católica y a las prácticas de una sociedad feudal, patriarcal, goda y violenta.

viernes, 14 de noviembre de 2014

A propósito de la molestia de “Timochenko” con el juicio indígena

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El máximo líder de las Farc tiene todo el derecho a criticar y desconocer la justicia indígena, que recientemente condenó a varios de sus hombres por el absurdo asesinato  de dos miembros de la guardia indígena del pueblo Nasa[1].

Y lo tiene, porque él, además de estar en la ilegalidad, es un “guerrero” que desprecia la condición civil y ama profundamente la lógica militar  y la vida en armas. Al estar por fuera de la ley, él y su fuerza guerrillera están en contra de cualquier tipo de justicia y de institucionalidad que intente someter y juzgar a quienes en nombre de las Farc y del “pueblo colombiano” violan el ordenamiento jurídico y los derechos tanto de los otros combatientes (miembros de la Fuerza Pública), como de miembros de la población civil, en el contexto de un degradado conflicto armado interno. En el fondo, desconoce la justicia civil, es decir, togados o indígenas[2] que no alcanzan a entender y dimensionar la lucha armada, que para él, deviene heroica y propia de verdaderos hombres, de patriotas.

Piensa el comandante de las Farc que para juzgar a sus hombres y mujeres combatientes, ni el Estado y ahora menos la justicia indígena Nasa, tienen la suficiente legitimidad para impartir justicia a quienes se levantaron en armas justamente por la debilidad de un Estado que aún no se erige como un orden moral y legítimo que guíe a la sociedad.

Y por ese camino, "Timochenko" cree que la única justicia válida es la llamada “justicia revolucionaria”, es decir, la justicia fariana. Así lo registró la revista Semana: “El único tribunal legítimo para juzgar a los milicianos implicados en el absurdo episodio provocado por la irracionalidad sospechosa de unos cuantos indígenas (...) es el contemplado por el reglamento de régimen disciplinario de las FARC[3]. Esa misma “justicia revolucionaria” ha ordenado el ajusticiamiento de quienes han cometido errores o delitos  y  también, ha garantizado dosis de impunidad para farianos procesados bajo dicha justicia. Me pregunto: una vez desmovilizado, ¿aceptará vivir bajo las condiciones de un Estado de derecho (imperio de la ley) al que él combatió? ¿Cómo deberá ser ese Estado para que “Timochenko” se someta de verdad a la justicia ordinaria?

En ese punto, coinciden con los militares que buscan y defienden la ampliación del fuero militar y el fortalecimiento de la Justicia Penal Militar. Si aceptamos las tesis de militares y guerrilleros, entonces, estos “guerreros” (alentados, contradictoriamente, por civiles) solo pueden ser juzgados por sus pares. Por esa vía, quienes portan uniforme, desde la legalidad o desde la ilegalidad, se erigen como una suerte de “intocables” y de seres “superiores”, justamente porque la causa que defienden parece ser que deviene naturalmente legítima, pero especialmente, porque está sostenida en un también natural y obvio desprecio de la condición civil. 

Si bien los militares no apelan al ajusticiamiento de sus miembros, en muchos casos los juicios penales militares terminan en absoluciones y/o en castigos menores a quienes claramente han violado las propias normas y códigos militares, así como las leyes ordinarias. No es gratuito que desde las huestes castrenses se insista en que los “falsos positivos” sean examinados a la luz de la Justicia Penal Militar.

La molestia de guerrilleros y militares con la justicia ordinaria gravita alrededor de que jueces civiles (incluyendo ahora a la justicia indígena) desconocen la lógica, los procedimientos y las circunstancias operativas que condicionan el proceder de los hombres en armas. En varias ocasiones lo han dicho militares activos y retirados; y del lado de las Farc, durante los diálogos de La Habana, sus negociadores han fustigado la legitimidad del Estado y de su aparato de justicia, para someter y juzgar a los guerrilleros. Lo hicieron, por ejemplo, con el Marco Jurídico para la Paz.

Volvamos a lo dicho por “Timochenko”. En esa línea argumentativa, el líder de las Farc parece olvidar que él, junto a sus pares los miliares, en algún momento de sus vidas fueron civiles e hicieron parte de la población civil, de la sociedad. Es tal el amor por las armas de unos  y otros, y el convencimiento de que solo a través de la guerra es posible lograr los cambios que dicen buscar a través de su lucha “revolucionaria”, que el desdén por la civilidad y por los civiles, deviene en una suerte de principio orientador de las particulares doctrinas militar y revolucionaria.

Lamentable resulta leer a quien hoy está al frente de una organización guerrillera que conversa con el Gobierno de Santos para buscar ponerle fin al conflicto armado. Da miedo, desazón y tristeza escuchar las declaraciones de este líder fariano, porque detrás de su discurso no se advierte cansancio alguno por portar un espurio uniforme y por mantener una guerra que él sabe mejor que nadie, no va a ganar en el campo de batalla. Resulta incoherente que las Farc hablen en La Habana de verdad, justicia, reparación y no repetición, cuando se oponen, desde ya, a que la “justicia de los civiles” opere tal y como sucedió con el juicio indígena. ¿Qué podemos esperar, entonces, del modelo de justicia transicional[4] que se vaya a implementar una vez se ponga fin al conflicto armado y se refrenden los acuerdos?

La desafortunada postura asumida por el máximo comandante de las Farc ante la legítima acción judicial de los indígenas Nasa, pone de presente que lo difícil  no está en firmar un armisticio, o acordar el fin del conflicto, e incluso, lograr  la desmovilización de los guerrilleros. La real dificultad estará en desmontar la estructura mental de quienes están convencidos de que portar un uniforme y hacer la guerra los hace mejores seres humanos, frente a quienes desde la condición civil y una proba y coherente civilidad, creen en que las armas y la guerra deben estar proscritas y ser el último recurso para avanzar en la solución de los problemas y los conflictos.


Adenda 1. El líder de las Farc habla de milicianos y no de guerrilleros. Los Nasa hablan de guerrilleros. La diferencia no es semántica.

Adenda 2. La postura de “Timochenko” es abiertamente contraria a la que asumieron sus negociadores y que dejaron ver a través de un comunicado en el que lamentaban los hechos.


Imagen tomada de www.eltiempo.com

jueves, 24 de septiembre de 2015

LOS REALES TEMORES DE ORDÓÑEZ Y URIBE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


No será fácil olvidar ese miércoles 23 de septiembre de 2015, día en el que desde La Habana se anunció la fecha límite de seis meses para la firma del fin del conflicto entre las Farc y el Estado; inolvidable día en el que se informó al país y al mundo, que en materia de justicia transicional las partes que negocian, llegaron a un acuerdo a pesar de las salvedades que hay en ese punto o tema y las que subsisten en otros de los puntos sobre los cuales hay acuerdos preliminares.

Como día histórico lo calificó la gran prensa bogotana. Y tiene razón el periodismo al calificar de esa manera lo sucedido en territorio cubano, más allá de la publicitada imagen de Santos estrechando su mano derecha con la del máximo jefe de las Farc, alias Timochenko.

Pero así como cientos de miles de colombianos respaldaron los nuevos acuerdos y con algo de alborozo recibieron la fecha límite para la firma de un documento con el que se pondrá fin al conflicto armado interno, otros tantos criticaron el sentido de lo acordado. Entre los críticos, nuevamente aparecieron el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado y el ex presidente y senador de Derecha, Álvaro Uribe Vélez.

Graduados de tiempo atrás como detractores del proceso de paz, Ordóñez y Uribe representan a esa minoría que en Colombia se opone a la posibilidad de que se ponga fin al conflicto armado con las Farc, a través de una negociación política tal y como se está dando en los diálogos de paz de La Habana. Esa minoría no acepta que en el contexto de una justicia transicional consensuada y negociada, los máximos comandantes de las Farc no pasen ni un día privados de la libertad en centros carcelarios del Estado. Espera, esa misma minoría, que en lugar de una negociación política, las Farc se sometan, sin más, a la justicia, tal y como sucedió con el proceso vivido con los paramilitares[1].

De esta manera, y por cuenta de los negativos liderazgos de Uribe y Ordóñez, el país sigue polarizado en torno a las condiciones en las que debe firmarse el fin del conflicto armado que desangra al país desde 1964.  Tanto el Procurador como el jefe y propietario de la micro empresa electoral llamada Centro Democrático, defienden a dentelladas un Estado históricamente débil, que ha estado al servicio de unos pocos. Por esa vía, entonces, al oponerse al proceso de paz, a los acuerdos preliminares y a  las condiciones en las que operará la justicia transicional y se juzgarán los delitos cometidos tanto por las Farc como por miembros de la fuerza pública, Uribe y Ordóñez se oponen a la transformación del Estado, de la institucionalidad estatal y a la reconstrucción social, política y económica de ese país rural y urbano que de formas distintas ha sufrido los horrores de un degradado conflicto armado interno. En particular, Uribe le tiene miedo a la Comisión de la Verdad, en el sentido en que esta pueda esculcar su pasado político y sus presuntas - para muchos, reales- relaciones con el paramilitarismo.

En el fondo, a estos dos personajes y a sus seguidores no les molesta que los miembros de la cúpula de las Farc reciban sanciones penales alternativas por los crímenes cometidos, sino que la sociedad colombiana advierta y comprenda que las condiciones de miseria y pobreza que vive el país, así como la concentración de la propiedad rural y de la riqueza en pocas manos, son consecuencia, justamente, de la desidia, la incapacidad y la mezquindad de una vieja clase dirigente y élite política que suelen usar a personajes como Uribe y Ordóñez, para ocultar las responsabilidades de un Establecimiento que camina sobre un generalizado ethos mafioso.

En esa misma lógica, estos dos ladinos personajes de la vida pública colombiana se erigen como defensores a ultranza de un régimen corrupto e ilegítimo del que ellos se han servido para sacar adelante sus proyectos políticos individuales. 

Entonces, la molestia no está en que los miembros de las Farc no paguen un día de cárcel, sino en que al implementarse lo negociado y pactado en La Habana, el Estado deberá transformarse para alcanzar la esquiva legitimidad que el (auto) provocado debilitamiento de sus estructuras le ha impedido conseguir;  la contrariedad de Uribe y  Ordóñez también pasa por el terror que les produce que  la sociedad colombiana pueda empezar a exigir cambios profundos en las maneras como opera lo Público, una vez ya no haya la eterna disculpa de que al existir un enemigo interno, los recursos económicos del Estado deben destinarse para enfrentar militarmente esa amenaza.

Es claro entonces que el Procurador General de la Nación y el Senador del Centro Democrático se oponen a la transformación del país, del Estado y de la sociedad. Como godos sempiternos, solo les interesa mantener en pocas manos el poder político, una democracia restringida y el direccionamiento ideológico de una sociedad que parece creer ciegamente en un Estado en cuyas instituciones se instaló, de tiempo atrás, ese ethos mafioso del que se han beneficiado tanto la élite tradicional, como los personajes emergentes que hoy lideran un proyecto político que busca regresarnos a los sombríos días y al gris ambiente que generaba la aplicación de la Constitución de 1886.

Uribe y Ordóñez representan el pasado. Si se honra lo acordado en La Habana, millones de colombianos que apoyamos el proceso de paz y la firma del fin del conflicto en las condiciones acordadas, estaremos dando los primeros pasos hacia un mejor futuro para la inmensa mayoría.






Nota: imagen tomada de internet. Propiedad del portal Las 2 Orillas. http://www.google.com.co/imgres?imgurl=http://www.las2orillas.co/wp-content/uploads/2013/12/UribeOrdo%2525C3%2525B1ez1.jpg&imgrefurl=http://www.las2orillas.co/quienes-fueron-la-piedra-en-el-zapato-en-la-reeleccion-de-uribe-ahora-van-por-el-procurador-ordonez/&h=500&w=700&tbnid=3dzybe0kR5CEBM:&docid=Z973bVZMjQ1K8M&ei=EkUEVsjNCMS8wASi0pfAAg&tbm=isch&ved=0CBwQMygBMAFqFQoTCMiewLeqkMgCFUQekAodIukFKA



lunes, 16 de marzo de 2015

VERDAD Y ÉLITES DE PODER

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo. Columna EL PUEBLO

Columna publicada en www.elpueblo.com.co http://elpueblo.com.co/verdad-y-elites-de-poder/

El devenir del conflicto armado interno y las circunstancias objetivas que hicieron posible, viable y legítimo el levantamiento armado y la vigencia hasta hoy, de los grupos subversivos, están íntimamente relacionadas con el comportamiento de las élites, bogotana y sus  ‘pares’ regionales, que operan como una suerte de espejos.

De esas élites se puede decir que no han sido los referentes éticos y políticos para el diseño y consolidación de un proyecto de nación que reconozca la diversidad cultural del país. Por el contrario, dichas élites, con su actuar, históricamente han profundizado la idea de un país de regiones, con el claro propósito de entronizar las prácticas feudales asociadas a las formas como han ejercido el poder político y económico. Desde sus feudos se han opuesto al desarrollo de un Estado-nación moderno. Desde allí, desde sus territorios y enclaves económicos, han solidificado prácticas endogámicas con las que lograron reproducirse en el tiempo.

La mirada premoderna, conservadora, rentista y precapitalista de dichas élites, ha coadyuvado al fortalecimiento de esa idea de país  de regiones con la que fácilmente evitamos explicar las enormes dificultades que ha enfrentado la sociedad colombiana para pensarse como un solo cuerpo. Esto es, una colectividad capaz de confrontar el orden social, político y económico, representado en un Estado precario que deviene capturado por familias tradicionales y grupos de poder ilegal, con los que las primeras han negociado y cohabitado en el ejercicio del poder político. El contubernio entre lo legal y lo ilegal en Colombia tiene en sus élites a las mayores responsables, de allí que sea tan difícil imaginar escenarios de posconflicto y una paz duradera, mientras ese connubio persista y siga siendo determinante en las relaciones entre el Estado y la sociedad.

Sin una revolución política, cultural y social transformadora y con evidentes procesos civilizatorios fallidos, el país se ha construido bajo la idea clara de que es posible cambiar para que todo siga igual, en especial en lo que concierne a las formas tradicionales y hegemónicas en el ejercicio del poder.

Es, en ese contexto, en el que hay que entender la reciente y polémica propuesta del ex presidente Gaviria Trujillo, de pensar, diseñar e implementar una justicia transicional para aquellos grupos de poder económico y político (políticos, disímiles empresarios y ganaderos y otros agentes de la sociedad civil) que hayan patrocinado, por ejemplo, el paramilitarismo.

La propuesta de César Gaviria demandaría, por ejemplo, de una gran Comisión de la Verdad y de una generosa justicia transicional para militares, subversivos, paramilitares y civiles (empresarios y políticos) que desde diversas prácticas azuzaron el conflicto armado interno. Al respecto, vale preguntarse: ¿qué vamos a hacer los colombianos con esa verdad que resulte de esa Comisión de la Verdad? O de varias comisiones de la verdad.

Si se logran develar las finas relaciones económicas, políticas, sociales y culturales que los paramilitares establecieron con la clase política y empresarial (banqueros, ganaderos y agroindustriales), con el claro propósito de echar a andar el proyecto paramilitar, la sociedad colombiana deberá reclamar no solo procesos de justicia, verdad, reparación y compromisos de no repetición, sino que deberá exigirles, a esas mismas élites y familias tradicionales, que den un paso al costado, para poder reconstruir culturalmente la Nación. Y ese dar un paso al costado implica que abandonen la vida pública (política) y que liberen al Estado de sus mezquinos intereses. Ese será el costo que deberán pagar las élites que patrocinaron la “exitosa” empresa criminal llamada paramilitarismo, a cambio de total impunidad por los delitos cometidos.

Así entonces, mas que fallos judiciales condenatorios, lo que el país necesita es una reconfiguración de esas correlaciones de fuerza en las que unas élites de poder se han distinguido por su incapacidad para guiar las aspiraciones de una sociedad fragmentada, que deambula sin un norte ético-político, pensado bajo principios de un Buen Vivir para todos.

El problema no está en que haya una gran dosis de impunidad (que la habrá). Por el contrario, el asunto de fondo está en la reconstrucción moral y ética de una sociedad que deviene enferma, atomizada, segmentada, en el contexto de una nación que ha girado en torno a la pobreza de criterio de unas élites formadas mas para someter el Estado a sus caprichos e intereses, que a forjar un orden político, social y económico que apunte a la profundización de la democracia.

Así entonces, bienvenida una generosa y ampliada justicia transicional, siempre y cuando las élites de poder tradicional acepten su responsabilidad no solo en el nacimiento  y extensión en el tiempo del conflicto armado interno, sino en la incapacidad que exhiben millones de colombianos de pensarse como ciudadanos, de consolidar una sociedad políticamente formada y de trabajar en torno a una idea consensuada de un Estado al que debemos exigirle que brinde bienestar a todos los colombianos.

A las élites de poder, el país también deberá reclamar que su riqueza se redistribuya, en especial aquella cuyo origen esté asociado a actividades ilícitas, desvío de dineros públicos, o se haya logrado sobre la base del éxito del paramilitarismo como empresa criminal. Pero ese mismo país deberá decir no más a esa élite como referente ético y político. Es claro que ese lugar simbólico jamás lo ganaron en franca lid. Fue impuesto, con el concurso de los medios de comunicación y de la acción política (electoral). Es hora de refundar liderazgos y para ello, esas élites de poder deben dar, inexorablemente, un paso al costado.

Esos nuevos liderazgos deben salir de un proceso de cambio cultural que modifique ese ethos mafioso que comparten agentes y actores de la sociedad civil y que ha sido convalidado por las élites tradicionales de poder. Y ese cambio cultural deben liderarlo los sectores más liberales de la Iglesia Católica, de la Universidad, de los Partidos Políticos y de algunos gremios que crean seriamente en que este país debe transformarse, si de verdad creemos en que es posible alcanzar una paz justa y duradera. Y esa transformación debe partir de una revisión del modelo de desarrollo. Por ejemplo, desde una perspectiva ambiental, el país va por mal camino, debido a una incontrolada mega minería que avanza sobre frágiles, valiosos y estratégicos ecosistemas.


Eso sí, no caigamos en la trampa de pensar en que lo propuesto por el expresidente Gaviria beneficiará exclusivamente a Uribe Vélez. Como líder emergente, Uribe también deberá decir la verdad sobre sus presuntos vínculos con mafias y paramilitares. Y cuando ello suceda, y explique a las autoridades y al país el monto de su riqueza y sus orígenes, entonces la sociedad colombiana deberá exigirle, también, que dé un paso al costado. Quizás así sea posible sacar adelante este país, a la luz de unos escenarios de posacuerdos que hay que empezar a diseñar, soportados sobre una nueva ética.


Nota: el 04 de junio de 2015, desde La Habana se anuncia que las partes que negocian acordaron la creación de una Comisión de la Verdad, una vez se haya puesto fin al conflicto armado y las Farc hayan hecho dejación de armas. Los criterios y mecanismos para la conformación de dicha Comisión, generaron dudas en un sector de la opinión pública

martes, 1 de marzo de 2016

Justicia Transicional y Santiago Uribe Vélez

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Es un enorme error conceptual y político hacer aparecer la captura de Santiago Uribe Vélez como parte de una “persecución política” orquestada desde la Casa de Nariño en contra de lo que se conoce, eufemísticamente, como el “uribismo[1]”. Ni hay persecución política en contra del Centro Democrático y mucho menos, la captura del ganadero se puede interpretar de esa manera.

Que Santiago Uribe sea hermano de quien gobernó o mandó en Colombia entre 2002 y 2010 es un hecho meramente circunstancial que no puede ser usado para invalidar la decisión judicial de la Fiscalía, que lo viene investigando, de tiempo atrás,  por la conformación del grupo paramilitar Los 12 Apóstoles y por varios crímenes cometidos por esa organización.

Cuando la prensa titula “Capturado el hermano del senador Uribe[2] o hace referencia al vínculo familiar, anula y desestima el acervo probatorio que la Fiscalía ha recogido en varios años de investigación sobre la conformación de ese grupo paramilitar, liderado por el ganadero antioqueño, de acuerdo con los testimonios de varios comandantes paramilitares y del ex oficial de la Policía Nacional, Juan Carlos Meneses. Huelga recordar las acciones de despojo de tierras, desplazamiento forzado y masacres perpetradas por las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y otros grupos, como el de Los 12 Apóstoles.

Ahora bien, no se puede ocultar que la “polémica” decisión judicial en contra del caballista antioqueño es un golpe muy fuerte para el ex presidente Álvaro Uribe, en su condición de hermano. Es inevitable que así sea, pero ello no se puede interpretar como parte de una estrategia del Gobierno de Santos, que tiene como propósito “doblegar” la voluntad del Senador del Centro Democrático, y de esa forma, hacer que  modifique o morigere su postura frente al Proceso de Paz, en especial en lo que tiene que ver con el modelo de justicia transicional acordado en La Habana.

Es posible si, conectar la acción legal en contra del ciudadano Santiago Uribe con el Proceso de Paz de La Habana y en particular con la implementación a futuro de la Jurisdicción Especial para la Paz y de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, una vez se firme el Acuerdo general y definitivo. Eso sí, con una salvedad: la conexión hay que hacerla desechando su vínculo familiar con el ex Presidente y dándole prioridad a una condición que los medios están ocultando: Santiago Uribe Vélez sería un victimario en el contexto del conflicto armado interno.

En la perspectiva de reconocer a Santiago Uribe Vélez como victimario, su captura y posterior juzgamiento se convierte en una oportunidad para que sectores sociales y políticos entiendan que las condiciones de favorabilidad jurídica (beneficios jurídicos) que recibirán los miembros de la cúpula de las Farc, se podrán aplicar no solo a Santiago Uribe Vélez, sino a generales, coroneles y ojalá, más adelante, a agentes de la sociedad civil que apoyaron, por ejemplo, la conformación de grupos paramilitares. Recordemos que lo acordado en Cuba permite investigar a agentes privados (no combatientes) que de manera directa e indirecta hayan participado de acciones político-militares en el contexto del conflicto armado interno.

Es positivo para el modelo de justicia transicional acordado en Cuba, que el propio Establecimiento tenga y ponga a buen recaudo a figuras políticas, militares y empresarios procesados por la comisión de diversos delitos en razón del conflicto armado. Hacerlo así, podría facilitar la comprensión social y política de los márgenes de impunidad[3] que de todas maneras acompañan a este tipo de acuerdos de paz en donde se da cabida a escenarios transicionales. Estaremos en poco tiempo ante decisiones de una justicia más política que jurídica, en tanto que habrá beneficios para quienes confiesen y reconozcan la responsabilidad y aporten al esclarecimiento de la verdad por los hechos en los que violaron los derechos humanos en su condición de victimarios.

Es decir, los colombianos deberán entender que las penas alternativas de restricción a la libertad que se les impondrán a los dirigentes de las Farc servirán, muy seguramente,  para cesar los procesos judiciales o proponer la condonación de penas a militares de alto rango, políticos, ganaderos y otro tipo de empresarios que de manera directa e indirecta apoyaron actividades criminales y la comisión de delitos.

Bienvenida entonces la captura y procesamiento penal de Santiago Uribe, en el entendido de que este ciudadano haría parte de un largo listado de victimarios que en el contexto del conflicto armado interno, violaron los derechos humanos. Listado que muy seguramente el país conocerá cuando los tribunales del modelo de justicia acordado en La Habana, empiecen a operar.

Espero eso sí, que la Fiscalía acierte en la imputación de cargos y en el acervo probatorio, para que un juez encuentre méritos suficientes para procesar al ganadero Uribe Vélez por los delitos de concierto para delinquir y conformación de grupos paramilitares. No puede la Fiscalía equivocarse en este caso. Cualquier error será capitalizado política y mediáticamente.

Adenda: las posturas asumidas por varios medios masivos, en especial noticieros de televisión y periodísticos radiales, hacen pensar en que los Medios en Colombia cada vez más operan como Actores Políticos. Véase: http://laotratribuna1.blogspot.com.co/2007/05/medios-de-comunicacin-en-colombia-de-la.html



Imagen tomada de Semana.com


[3] Habrá selectividad en el reconocimiento de delitos por parte de los guerrilleros de las Farc, en el contexto de la Jurisdicción Especial de Paz. Se suma a esto, que la Fiscalía hoy en día no ha hecho imputaciones sobre delitos de lesa humanidad contra los miembros de la cúpula fariana. http://www.semana.com/nacion/articulo/fiscal-eduardo-montealegre-ordeno-suspender-imputaciones-contra-cupula-de-las-farc/443618-3 http://www.elpais.com.co/elpais/colombia/proceso-paz/noticias/fiscalia-suspendio-imputaciones-por-lesa-humanidad-cupula-militar-farc

martes, 15 de julio de 2014

 CAMINOS PARALELOS HACIA LA IMPUNIDAD

       
Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Poner fin a un largo y degradado conflicto armado interno como el colombiano a través de la negociación política, requerirá no sólo de la voluntad política y militar[1] de los actores armados que hoy dialogan en La Habana, sino de la disposición de actores de la sociedad civil y de la sociedad en general,  para aceptar los términos del pacto que ha de firmarse al final del proceso de paz.

No ha sido fácil adelantar los diálogos de La Habana y mucho más difícil será firmar, ratificar e implementar los cambios con los cuales se pretende avanzar hacia el estadio del posconflicto.

Mientras avanzan las conversaciones en la Isla de los Castro, el país entra y sale de un debate jurídico y político en torno a las penas que deberían purgar los señores de las Farc y de las Fuerzas Armadas que violaron los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Un asunto complejo que suele devenir ideologizado y que además soporta la presión internacional por la presencia de la CPI y de ONG de derechos humanos.

Se crean marcos legales para ‘facilitar’ los procesos de paz y la entrega de armas de las agrupaciones al margen de la ley que han hecho parte de este largo conflicto armado interno. Recientemente se creó la Ley de Justicia y Paz para lograr el desmonte de las estructuras político-paramilitares. Desde la perspectiva de la Justicia Transicional, en ese  turbio proceso de negociación entre el gobierno de Uribe y los jefes paramilitares no hubo justicia, reparación y mucho menos la verdad[2] ha hecho presencia. Posteriormente vino el Marco Jurídico para la Paz, con el firme propósito de avanzar hacia una Justicia Transicional que sostuviera y ambientara jurídicamente el proceso de paz con las Farc.

Ante la posibilidad de que los líderes farianos paguen penas alternativas por sus delitos, el país se ha polarizado. El Procurador Ordóñez, para citar un ejemplo, prendió las alarmas y amenaza que demandará los acuerdos jurídicos que impidan que los jefes de las Farc paguen con cárcel la responsabilidad que les cabe en la comisión de delitos de lesa humanidad.

Ahora, el Congreso de la República tramita[3] un proyecto de ley estatutaria que ampliaría el fuero penal militar y daría mayor competencia a la Justicia Penal Militar, para conocer los casos de los ‘Falsos Positivos’.
Las voces de protesta no se hicieron esperar: Recientemente, la organización no gubernamental de derechos humanos Human Rights Watch, HRW, expresó sus preocupaciones al señalar que el término ejecuciones extrajudiciales está ausente del código penal; en cambio, el proyecto dice con toda claridad que los homicidios, las infracciones al DIH y los delitos contra la población civil serían de competencia de la justicia militar. Significa lo anterior que la población civil queda totalmente indefensa y vulnerable frente a los ataques y delitos que cometan policías y militares en su contra, por ejemplo, los mal llamados “falsos positivos”, tipificados en Colombia como homicidios, permitiendo así que los más de 3000 asesinatos de población civil presentados como “muertos en combate” pasen a manos de la justicia penal militar”[4].

Ahora bien, más allá de la clara inconveniencia de ampliar el fuero penal militar, lo que va quedando claro es que se advierten varios caminos para proteger de un lado la institucionalidad castrense y del otro, impedir que el proceso de paz con las Farc se rompa ante la insistencia de ciertos sectores sociales y políticos para que los líderes de la organización guerrillera vayan a la cárcel y paguen de manera ejemplar por los delitos de lesa humanidad cometidos.

Es decir, esos dos caminos están buscando impunidad. Y es claro que habrá impunidad. Es más, es necesario y hasta natural que haya unos grados de impunidad. Habrá penas alternativas y eso hay que aceptarlo y acatarlo. Propongo, entonces, que las discusiones se cierren metiendo en un mismo costal a los miembros de las Fuerzas Amadas, de las guerrillas y de los paramilitares, y otorgar un indulto generalizado[5].

Todos deben ser procesados y juzgados, pero la pena de cárcel no puede convertirse en un impedimento para ponerle fin al conflicto a través de la negociación política y mucho menos debe convertirse en motivo y razón para debilitar a las fuerzas armadas. El gran esfuerzo está allí: la sociedad debe perdonar a todos los actores armados, en tanto que en medio de un conflicto como el colombiano, que se ha desarrollado en medio de un total desconocimiento de las mínimas reglas de la guerra, todos los combatientes han violado los derechos humanos y desconocido e irrespetado el DIH.

No puede el país enfrascarse en una lucha jurídica y mucho menos actuar por miedo ante los compromisos firmados por el Estado colombiano en materia de derechos humanos. Hay que ponerle límites a la legislación internacional y actuar de manera soberana. El mundo deberá comprender que los grados, altos, medios o bajos de impunidad, son necesarios si de verdad se quiere la paz para el país. Eso sí, se debe garantizar que habrá verdad, perdón y reparación a las víctimas, y lo más importante, que no habrá repetición. Eso debería de ser suficiente.

Consolidar el Estado y hacerse por fin al monopolio de las armas debe ser el propósito a conseguir. La sociedad, por su parte, debe unirse en torno a propósitos comunes, colectivos, y ello implicará que las élites de poder, económico y político, cedan espacios y desconcentren el poder.



[1] Hay dudas de que tanto las Farc, como las fuerzas estatales, sean de verdad organizaciones monolíticas.

[2] Uribe extraditó a varios jefes paramilitares con el ánimo de sepultar la verdad.

[3] La discusión se dio cuando el país estaba ‘ocupado’ con la actuación de la selección Colombia de Fútbol, en el Mundial Brasil 2014.

[5] Incluso los casos particulares como los del Coronel Plazas Vega y del General Uscátegui, deben ser revisados a la luz de esta propuesta.