YO DIGO SÍ A LA PAZ

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lunes, 31 de agosto de 2015

Aletargamiento moral y acomodamiento ético

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Las múltiples formas de violencia acaecidas en Colombia por fuera y dentro de las dinámicas del conflicto armado interno, han llevado al país a una especie de aletargamiento moral[1] y a un acomodamiento ético[2], que terminan, como circunstancias contextuales, afectando procesos comprensivos alrededor de las condiciones en las que los hechos violentos sucedieron y suceden aún.

Sobre la base de ese aletargamiento moral, sectores mayoritarios de la sociedad redujeron las múltiples expresiones de violencia política y no política[3], a una relación moralizante entre unos catalogados como Buenos y otros etiquetados como Malos.

Dicha reducción conceptual termina por alimentar angustias, odios sociales y promover procesos vindicativos bien a través de las vías de hecho (venganza propiamente dicha) o la exigencia de normas y penas privativas de la libertad hacia o sobre aquellos Malos que alguna vez osaron por levantarse contra el orden establecido y esos otros que fueron instrumentos bélicos de aquellos que jamás aceptaron que la democracia colombiana, al devenir históricamente restringida y formal, daba pie y justificaba (bajo la idea de guerra justa) la presencia y las acciones de las guerrillas, en el complejo contexto de los años 60 y 70.

Sobre ese mismo aletargamiento moral, amplios sectores societales validaron y legitimaron el fenómeno paramilitar, por considerarlo como una respuesta legítima ante las acciones ilegales y los desafueros de las guerrillas.

Pero esa misma somnolencia moral les sirvió a los promotores del paramilitarismo para ocultar el real proyecto político, social, económico y cultural que diseñaron quienes desde instancias estatales y privadas, promovieron, apoyaron  y pusieron a andar esa “exitosa” empresa criminal de claro carácter conservador.

Igualmente, ese aletargamiento moral y acomodamiento ético de cientos de colombianos, sirvió para ocultar o minimizar las responsabilidades que les cabe a los defensores y aupadores del Establecimiento, frente al auspicio del paramilitarismo. Son claras las responsabilidades que recaen sobre específicas élites de poder y actores de la sociedad civil.

Con todo y esas circunstancias, el país ve avanzar el proceso de paz de La Habana, con el que posiblemente se logre poner fin al conflicto armado interno entre el Estado y las Farc.

La pregunta que surge es la siguiente: ¿cómo hacer para que la sociedad despierte de ese aletargamiento moral y de ese acomodamiento ético?

Creo que se pueden superar dichas circunstancias con un decidido proceso pedagógico y de cambio cultural, que debe estar soportado en los siguientes elementos orientadores: 1. El Estado, como orden social y político, puede ser confrontado y de cara al posconflicto, debe transformarse. 2. El levantamiento armado, legítimo para las circunstancias de los años 60 y 70, hoy no tiene sentido, lo que de inmediato obliga a la sociedad a exigir cambios en el funcionamiento de la democracia. 3. La sociedad debe proscribir la guerra y las formas violentas de resolver las diferencias, los problemas y los conflictos. 4. Quienes defienden el Establecimiento deben hacerse conscientes de que han construido y consolidado un orden social, político y económico injusto e inviable social, política y ambientalmente. Y 5, superar la mirada moralizante y aceptar que por acción u omisión todos somos co-responsables de lo sucedido en el país.

Solo un profundo cambio cultural nos puede permitir, como sociedad, avanzar hacia la consolidación de estadios de posconflicto, en los que de manera efectiva se logre vivir en paz, sobre la base de aprender a dirimir nuestras diferencias de manera civilizada.

Necesitaremos de una ética individual definida a partir de la separación clara entre lo legal y lo ilegal  y entre lo correcto y lo incorrecto; así mismo, una moral pública, soportada en una idea del bien común y del buen vivir para todos; estas ideas deberán estar alejadas de la moral judeo cristiana desde la que actúa y “defiende” los derechos humanos y las libertades, el Procurador Ordóñez Maldonado.



[1] En el sentido en el que la sociedad, en su conjunto, no ha reaccionado para exigir el cese de esas formas de violencia. Las expresiones sectoriales y coyunturales confirman la somnolencia moral de una sociedad que al parecer se acostumbró a la muerte y a la violencia generalizada.  Es tal al aletargamiento moral, que la búsqueda de la paz es motivo de conflicto, de polarizaciones y de rencillas.
[2] En el sentido en el  que los individuos, desde su ética, acomodan sus principios y sus ideas de lo correcto y lo incorrecto, a fuerzas sociales y políticas que han buscado confundir los orígenes del conflicto armado interno, las circunstancias contextuales y las responsabilidades de las élites de poder que han guiado los destinos del Estado e impuesto a la sociedad, un régimen ilegítimo. Una ética acomodaticia hizo posible que proyectos políticos como el de Uribe Vélez, que abiertamente violó los derechos humanos, la ley y que impuso el Todo Vale, fuera visto ética y moralmente viable.
[3] Me refiero a formas de violencia como  homicidios resultados de asaltos, atracos o venganzas personales por cuestiones de dinero o asuntos pasionales. 

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