YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 30 de marzo de 2016

REFLEXIONES NECESARIAS

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Ahora que se anuncia que el Gobierno de Santos y la dirigencia del ELN concretaron una agenda de negociación, y ante la enorme posibilidad de que en La Habana los equipos negociadores liderados por “Timoleón Jiménez” y Humberto de La Calle logren firmar un acuerdo que ponga fin a la confrontación armada, puede resultar provechoso pensar, discutir y dialogar en torno a asuntos que de muchas maneras están directa o indirectamente relacionados con las razones objetivas que “justificaron” y legitimaron el levantamiento armado en los años 60.

Mientras avanzan las conversaciones con el ELN y se concreta la firma de la paz con las Farc, propongo algunas ideas que bien pueden asumirse como conclusiones y lecciones que nos puede dejar este largo y degradado conflicto armado interno, siempre y cuando el ejercicio reflexivo propuesto se haga dejando a un lado orientaciones políticas y sesgos ideológicos que puedan obstaculizar la reflexión.

El ejercicio dialógico y reflexivo debe permitirnos, en primer lugar, confluir en una idea consensuada alrededor de lo que debe ser el Estado[1] y de qué tipo de relaciones se deben promover en adelante entre este tipo de orden, con la Sociedad y el Mercado, teniendo en cuenta las actuales circunstancias contextuales a nivel local e internacional.

Inicio con una idea que bien puede asumirse como una “verdad” histórica: el Estado[2] colombiano, como orden político, social, cultural y económico no recoge y mucho menos representa los anhelos de buen vivir de las grandes mayorías, en especial, las aspiraciones y los modos de vida de campesinos, afrocolombianos e indígenas. Y esta otoñal sentencia tiene asidero y se explica en y por el comportamiento de unas élites y una burguesía que jamás se sintieron cómodos con sus procesos de mestizaje, lo que los ha llevado por años a desconocerlos, hasta el punto de llegar a mirar con desdén el hecho de que Colombia sea un país pluriétnico y multicultural.

Al final, podemos constatar que el Estado ha servido, casi exclusivamente, a los propósitos de una minoría que insiste en negar sus anclajes culturales con otros actores que hacen parte de la Nación colombiana.

Continúo con otra sentencia: la sociedad colombiana, al devenir fragmentada y profundamente dividida en clases sociales, ha sido incapaz de enfrentar los desmanes, errores y provocaciones de unas élites tradicionales y de una burguesía, incapaces de proponer y consolidar un proyecto de Nación que recoja las singularidades étnicas y culturales de un país de regiones[3] como Colombia.

De cara a las transformaciones y ajustes que se deben hacer en torno a las maneras como viene operando el Estado[4], la Sociedad y el Mercado, con el propósito de consolidar escenarios de posconflicto[5] y con ellos la paz y la convivencia pacífica, propongo esta otra sentencia: los procesos de construcción de civilidad y ciudadanía en Colombia devienen profundamente anclados a la debilidad del Estado, dado que éste no se ha erigido como orden y guía moral de sus asociados. De igual manera, los procesos civilizatorios están atravesados por el ethos mafioso que élites, burguesía y sectores sociales han diseminado tanto en la institucionalidad derivada de la operación del Estado, como en la que circula producto de las actividades de empresarios, industriales, políticos y comerciantes, entre otros.

Así mismo, la idea de ciudadanía ha sido sometida a la noción de súbditos que vienen imponiendo las élites tradicionales y los partidos políticos a través del clientelismo. Se suma a lo anterior, una educación orientada por principios conservadores a través de los cuales se han desconocido formas de vida y prácticas sociales de disímiles grupos humanos. Esa educación ha servido para legitimar el machismo y garantizar la importancia de los hombres en armas y de unos ciudadanos que se acostumbraron a resolver sus conflictos apelando a múltiples formas de violencia, incluyendo el uso de las armas.

Más allá de lo anacrónico que resulte hoy la lucha armada, no podemos dejar de considerar las anteriores ideas planteadas y advertir sobre la necesidad de avanzar hacia la construcción de una sociedad más justa y de consolidar un verdadero Estado Social de Derecho. Los cambios y ajustes que se propongan deberán tener como propósito superar las circunstancias objetivas que justificaron el levantamiento armado de las guerrillas que hoy, después de un poco más de 50 años, están sentadas con el Gobierno de Santos para negociar unas Agendas. Una vez terminada la confrontación armada, las grandes mayorías deberán entender que el país del posconflicto necesitará de urgentes transformaciones y ajustes. No hacerlas nos podrá dejar viviendo en escenarios de posacuerdos, pero sin la solución efectiva de los problemas sociales, políticos, culturales y económicos que están detrás del conflicto armado interno.

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