YO DIGO SÍ A LA PAZ

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martes, 27 de septiembre de 2011

DE ACTORES ARMADOS, COLUMNISTAS Y PERIODISTAS

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Cuando en el ejercicio periodístico los periodistas o los columnistas de opinión suelen mostrar admiración por las fuentes que consultan, bien por el cargo que ostentan, por las calidades humanas que dicen tener o sobre las cuales ya se ha informado y parece haber consenso, o por los logros alcanzados, las posturas críticas, connaturales al periodista y al columnista, se nublan de tal manera que éstos corren el riesgo de terminar dominados y arrasados por una imagen que de antemano debió ser cuestionada.

Allí hay un asunto clave de responsabilidad periodística de la que muy pocos periodistas y columnistas son conscientes. Tanto el ejercicio informativo, como el de opinar y analizar, deben hacerse desde el lugar de la crítica, de la duda y si se quiere, de un natural cuestionamiento de cualquier obra humana, por más loable, bella o espléndida que parezca.

Cuando el asunto toca con la guerra, obra humana que tanto dolor y desazón genera, periodistas y columnistas deben actuar con mayor rigurosidad, pero sobre todo, con el convencimiento de que ella misma, la guerra, expone, per se, la estupidez humana, sin importar quiénes son los vencidos y cuáles son los buenos o los malos.

Más peligroso e inconveniente resulta el asunto cuando la fuente de información de periodistas y columnistas es un militar, un guerrillero o un paramilitar. Suele suceder, como se ha demostrado en los recientes casos de Yamhure y Hernández-Mora, que los columnistas, presos de sus ideologías, terminan siendo cómplices, amanuenses o estafetas de los proyectos bélicos, de las ideas poco democráticas y de ese perverso ego que domina a estos tipos de guerreros (actores armados). Cuando los columnistas anteponen sus ideologías y sus gustos, al obligado ejercicio de opinar desde una subjetividad aparentemente sin límites éticos, políticos y discursivos, entran en el terreno de la apología, lo que los lleva a hacer lecturas amañadas, pues parten de un equívoco: admirar a un actor armado.

Quien se opone a la vida, quien en cualquier momento empuña un arma con la intención o el propósito posterior de matar, bien sea defendiendo a un Estado, o a los intereses de una organización armada al margen de la ley, no puede ser digno de admiración. Y ese es el primer error que hay que endilgarles a los dos columnistas.

Por ello, los casos de Yamhure y de Hernández-Mora resultan de tal gravedad, que bien merecen ser recogidos por profesores de periodismo, pero en general por todos aquellos ciudadanos que siguen la labor interpretativa y el ejercicio de la doxa en las tribunas de opinión de la gran prensa nacional.

Resulta inaceptable que un actor armado (sea éste militar, guerrillero o paramilitar) revise y apruebe un texto de opinión de un columnista. Es vergonzante. El periodista o columnista que se presta para ello, pierde no sólo ese carácter, sino que desdibuja un rol clave para estas sociedades actuales en las que la información adquiere un gran valor, para la toma de decisiones de los ciudadanos políticamente activos.

En los procedimientos periodísticos, en las maneras en las que se establecen las relaciones Fuente-Periodista o Columnista, el poder del guerrero suele ponerse por encima de la condición civil que ostenta el periodista o el columnista. Y peor aún, cuando al encuentro comunicativo el actor armado llega uniformado, armado y acompañado por su esquema de seguridad.

Sin duda alguna, se construye un inconveniente escenario de dominación, en el que el paramilitar, guerrillero o soldado somete al periodista o al columnista, lo que inmediatamente invalida el diálogo y por ende, la consecución de la información y su posterior exhibición. Esas circunstancias facilitan la dominación del actor armado, legal o ilegal, sobre quien tiene la función de comunicar. Y peor aún, cuando detrás aparece la admiración del columnista o periodista, tal y como sucedió en los casos arriba señalados.

De allí se desprende entonces, un elemento contextual, ético y político para un ejercicio periodístico responsable: no aceptar entrevistas o encuentros con actores armados, cuando la disposición del espacio, de las formas discursivas (los uniformes y las armas son un discurso que amedrenta, indispone y predispone), están claramente orientadas a favorecer o a exaltar la perspectiva de lucha de cada uno de éstos actores de la guerra interna colombiana.

El ejercicio de la prensa debe partir de un principio clave: los actores armados no son héroes, no representan un mejor estar en el mundo, no son ejemplos de vida. Creo que si Yamhure y Hernández- Mora hubiesen tenido claro este principio, no hubieran terminado al servicio de la causa paramilitar y menos aún, hincados ante la arrogancia de Castaño, quien no era más que un espíritu vengativo reproducido por una sociedad violenta, que tiene en el ejercicio de la prensa al mejor vehículo para legitimar la lucha armada de quienes a todas luces recogen la estupidez y perversidad que sólo es posible en el ser humano.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Uribito:



Buen trabajo crítico y lección de ética profesional.



Luisf.