YO DIGO SÍ A LA PAZ

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jueves, 7 de junio de 2012

LAS FUENTES Y EL EJERCICIO DE OPINAR

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Cuando en el ejercicio periodístico los periodistas o los columnistas de opinión suelen mostrar admiración por las fuentes que consultan, bien por el cargo que ostentan, por las calidades humanas que se suponen tienen o que dicen tener, o sobre las cuales ya se ha informado y parece haber consenso, o por los logros alcanzados, las posturas críticas, connaturales al periodista y al columnista, se nublan de tal manera que éstos corren el riesgo de terminar dominados y arrasados por una imagen que de antemano debió ser cuestionada.

Allí hay un asunto clave de responsabilidad periodística de la que muy pocos periodistas y columnistas son conscientes. Tanto el ejercicio informativo, como el subjetivo de opinar y analizar, debe hacerse desde el lugar de la crítica, de la duda y si se quiere, de un natural cuestionamiento de cualquier obra humana, por más loable, bella o espléndida que parezca.

Cuando el asunto toca con la guerra[1], obra humana que tanto dolor y desazón genera, periodistas y columnistas deben actuar con mayor rigurosidad, pero sobre todo, con el convencimiento de que ella misma, la guerra, expone, per se, la estupidez humana, sin importar las justificaciones que hagan pensar en que estamos ante una guerra justa.

Más peligroso e inconveniente resulta el asunto cuando la fuente de información de periodistas y columnistas es un militar, un guerrillero o un paramilitar. Suele suceder, como su sucedió con el columnista de EL ESPECTADOR, Ernesto Yamhure, quien preso de su ideología, terminó siendo cómplice, amanuense o estafeta de los proyectos bélicos o políticos[2], de las ideas poco democráticas y de ese perverso ego que domina a estos tipos de guerreros (actores armados). Cuando los columnistas anteponen sus ideologías y sus gustos, al obligado ejercicio de opinar desde una subjetividad aparentemente sin límites éticos, políticos y discursivos, entran en el terreno de la apología, lo que los lleva a hacer lecturas amañadas, pues parten de un equívoco: admirar a un actor armado.

Quien se opone a la vida, quien en cualquier momento empuña un arma con la intención o el propósito posterior de matar, bien sea defendiendo a un Estado, que representa un orden político y social esperadamente legítimo, o a los intereses de una organización armada al margen de la ley, no puede ser digno de admiración. Y ese es el primer error que hay que endilgarles a muchos columnistas en este país que muestran admiración por los actores armados enfrentados dentro del conflicto armado interno colombiano.

Por ello, el caso de Yamhure[3] resulta de tal gravedad, que bien merece ser recogido por profesores de periodismo, pero en general por todos aquellos ciudadanos que siguen la labor interpretativa y el ejercicio de la doxa en las tribunas de opinión de la gran prensa nacional.

Resulta inaceptable que un actor armado (sea éste militar, guerrillero o paramilitar) revise y apruebe un texto de opinión de un columnista. Es vergonzante. El periodista o columnista que se presta para ello pierde no sólo ese carácter, sino que desdibuja un rol clave para estas sociedades actuales en las que la información y la opinión adquieren un gran valor para la toma de decisiones de los ciudadanos políticamente activos[4].

En los procedimientos periodísticos, en las maneras en las que se establecen las relaciones fuente-periodista o columnista, el poder del guerrero suele ponerse por encima de la condición civil que ostenta el periodista o el columnista. Y peor aún, cuando al encuentro comunicativo el actor armado llega uniformado, armado y acompañado por su esquema de seguridad.

Sin duda alguna, se construye un inconveniente escenario de dominación, en el que el paramilitar, guerrillero o soldado somete al periodista o al columnista, lo que inmediatamente invalida el diálogo y por ende, la consecución de la información y su posterior exposición a través de la prensa. Esas circunstancias facilitan la dominación del actor armado, legal o ilegal, sobre quien tiene la función de comunicar. Y peor aún, cuando detrás aparece la admiración del columnista o periodista hacia el guerrero.

De allí se desprende, entonces, un elemento contextual, ético y político para un ejercicio periodístico responsable: no aceptar entrevistas o encuentros con actores armados, cuando la disposición del espacio, de las formas discursivas están claramente orientadas a favorecer o a exaltar la perspectiva de lucha de cada uno de éstos actores de la guerra interna colombiana. Es claro que los uniformes y las armas son un discurso que amedrenta, indispone y predispone a quienes participan como civiles en un contexto comunicativo en el que la información cobra y tiene un interés periodístico. Y resulta peor la pretendida situación de comunicación cuando previo al encuentro entre el periodista-columnista y el agente armado ilegal o legal, subsiste en el primero una admiración del uniforme y de los uniformados.

El ejercicio de la prensa debe partir de un principio clave: los actores armados no son héroes, no representan un mejor estar en el mundo, no son ejemplos de vida. Creo que si este elemento se tuviera en cuenta muchos columnistas y periodistas no hubiesen terminado al servicio de la causa guerrillera, paramilitar y la de las propias fuerzas armadas.

Hay que evitar al máximo hincarse ante la arrogancia de quien, desde la lucha armada, expone y exhibe un espíritu vengativo reproducido por una sociedad violenta y polarizada como la colombiana, que tiene en el ejercicio de la prensa al mejor vehículo para legitimar la lucha armada de quienes a todas luces recogen la estupidez y perversidad que sólo es posible en el ser humano.

A la crisis[5] del periodismo noticioso en Colombia se suma la crisis del periodismo de opinión cuando éste se pone al servicio de actores armados y sirve para ocultar hechos y reacomodar discursos con claro beneficio sectorial, en un claro olvido del interés general. Así las cosas, lo que está en entredicho es la ya maltrecha credibilidad de los medios masivos colombianos.

En últimas, de lo que se trata es de exigir mayores responsabilidades, sin ponerle cortapisas a quienes juegan, desde las tribunas[6] de opinión mediáticas, a ser referentes éticos y políticos en un país sin memoria y urgido de análisis y de posturas críticas frente a regímenes abiertamente enemigos de la crítica y de la prensa libre[7] como los que hemos tenido en Colombia. Baste con señalar a los gobiernos de Julio César Turbay Ayala, 1978-1982 y Álvaro Uribe Vélez, 2002-2010, como regímenes contrarios a la labor informativa-noticiosa de la prensa y al ejercicio crítico de columnistas.


[1] Sofsky señala que “el discurso sobre la guerra supone una rivalidad de fuerzas y cuenta historias de lucha encarnizada hasta su resolución. Sin embargo, la violencia de la guerra a menudo no consiste verdaderamente en un combate, sino en una masacre de indefensos: el fuego graneado sobre las trincheras, el bombardeo de las ciudades, el baño de sangre en las aldeas. El discurso sobre la tortura habla de la lucha de dos voluntades en torno a la confesión. Pero del mismo modo que la guerra no es la continuación de los conflictos por otros  medios, la tortura no es la continuación del interrogatorio por otros métodos…La verdad de la violencia no reside en el hacer, sino en el padecer”. Sofsky, Wolfang. Tratado sobre la violencia. Madrid: Abad Editores, Serie Lecturas de Filosofía, 2006. p. 66.

[2] También pudo pasar algo parecido con la columnista Hernández-Mora, quien al parecer sirvió a los propósitos del gobierno de Uribe Vélez en torno a desprestigiar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. La denuncia la hizo en su momento el caricaturista Vladdo, a través de su publicación llamada Un Pasquín.

[3]Caso completamente olvidado por la gran prensa y al parecer, también por la justicia.

[4] Aquellos ciudadanos que siguen los hechos noticiosos y los problemas más sentidos del país con cierta disciplina, que los pone como referentes sociales y líderes de opinión en sus propios espacios de socialización e incluso, con capacidad para trascender dichos escenarios. Nota del autor.
[5] Véanse las siguientes  publicaciones que dan luces alrededor de la situación en la que informan hoy los medos masivos en Colombia: [5] Señales dentro de los hechos. Cali: FAID, 2000; Plan Colombia y medios de comunicación, un año de autocensura. Cali: CUAO, 2001. De la democracia radical al unanimismo ideológico, medios y seguridad democrática. Cali: UAO, 2006. La galería de los espejos. En: Voces soberanas, experiencias de periodismo ciudadano. Bogotá: Cedal, Universidad Mariana, Tecnológica de Bolívar y UAO, 2005. Del frenesí noticioso a la política virtual. Análisis elecciones presidenciales 2002 en Colombia Cali: CUAO, 2003. Hechos noticiosos, tratamientos explosivos (caso collar bomba). Cali: UAO, 2004. El caso Granda y su relación con fuentes estólidas y poderes invisibles. Cali: UAO, 2005. Conflicto, posconflicto y periodismo en Colombia: realidades y aproximaciones. Cali: UAO, 2007. El sentido (In) útil de disentir en la era Uribe. Cali: UAO, 2009. 44 Opiniones en contravía de los forzosos consensos mediáticos. Cali: UAO, 2009. Unirevista. El periodismo en Colombia: una historia de compromisos con poderes tradicionales. Unisinos 3. 2006. Sao Leopoldo, Brasil. Medios de Comunicación en Colombia: de la acción informativa a la acción política. Centro Latinoamericano de Estudios Avanzados. América Latina: dilemas y desafíos de cara al siglo XXI: principios, hechos, opiniones.  1ª. ed. Buenos Aires: Fundación Belgrano, 2004. Medios de comunicación: constructores de discursos que polarizan y desdibujan la otredad. revista Diálogos de la comunicación, 66. 2003.

[6] En ocasiones  se convierten en verdaderas trincheras.

[7] No creo que la prensa en Colombia actúe con total libertad, en tanto detrás de las empresas periodísticas hay intereses multinacionales o de grandes emporios que las usan como parte de su infraestructura para posicionar los bienes, servicios o productos que producen, ofrecen y entregan a la sociedad a la que impactan a diario con la información periodística-noticiosa que transmiten.

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