YO DIGO SÍ A LA PAZ

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jueves, 10 de octubre de 2013

LO QUE HAY DETRÁS DE CONGELAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ DE LA HABANA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


El miedo a la democracia jugó, juega y muy seguramente seguirá jugando un papel clave en la manera como los colombianos dirimen sus diferencias, problemas y conflictos, así como en el sentido y el talante democrático de las propuestas que se diseñen y se discutan para superar el degradado conflicto armado interno.

Ahora, a ese miedo histórico que exhiben la élite empresarial y política, y el que se pone de presente en escenarios privados y públicos, se suma el recelo, la aprensión y la desconfianza que suscita el escenario electoral que se avecina en 2014.

Una clara muestra de esa aprensión que aún suscitan las elecciones en Colombia, en especial para la actual coyuntura política en la que el gobierno de Santos y las Farc entienden que el proceso de paz llevará más tiempo que el esperado, la dio el Presidente, quien en consulta con su partido, abrió el camino para que el proceso de paz entrara en una pausa, mientra pasan las elecciones. El propio Presidente de Colombia planteó tres escenarios para la paz que se negocia en La Habana: “congelar el diálogo mientras el país está en época electoral; levantarse definitivamente de la mesa, o seguir adelante con el diálogo[1].

Quizás Santos esté tratando de deslindar la paz de su reelección. Y en otras condiciones, eso debería de ser posible, en la medida en que la paz fuera un objetivo compartido por el grueso del Estado y de la sociedad en su conjunto.

Pero sabemos que en Colombia hay sectores con poder económico y político que tienen miedo de abrir la democracia para que la cúpula de las Farc pueda hacer parte del Establecimiento. En el fondo, también hay una actitud mezquina, frente a la necesidad de aportar económicamente a la construcción de costosos escenarios de posconflicto. Por ello, hasta el momento no es clara la postura de los grandes ricos de este país, frente al proceso de paz.

Es decir, por cuenta de la proximidad del evento electoral, propio de una democracia procedimental, la continuidad del proceso de paz se pone en entredicho. Pero la decisión de aplazar o congelar los diálogos se sostiene también en la frágil institucionalidad democrática, por la baja cultura democrática de los políticos, en especial de los líderes que defienden la continuidad de la guerra, así como de la débil capacidad para convocar a otras fuerzas y sectores, de aquellos que creen en la necesidad de buscar caminos de reconciliación.

Se suma a lo anterior, la crisis de los partidos políticos y a la baja cultura política de una clase dirigente y política que no sólo desconoce los elementos sustanciales de lo público, sino que continúa aferrada a una caduca y reducida idea de democracia, que se expresa única y exclusivamente en ejercicios de participación ciudadana, es decir, salir a votar para elegir a unos funcionarios públicos.

La reelección presidencial  

En una débil democracia como la colombiana, en donde el clientelismo aparece como una vieja y tradicional institución social y política, la figura de la reelección presidencial sirvió no sólo para hacer viable el proyecto neoconservador que Uribe Vélez encarnó, sino para debilitar aún más la democracia, y lograr que el clientelismo hiciera parte sustancial de ese ethos mafioso que acompaña el devenir de la democracia en Colombia.

Aunque se da por descontado que Santos aspirará a la reelección presidencial, el país aún no recibe la confirmación de esa aspiración. Sorpresivamente, el Gobierno se adelanta a ese escenario y de manera temprana manda un mensaje al país y a las Farc, en el sentido en que se hace urgente pensar en suspender las discusiones de paz, es decir, dar un receso a la mesa de negociación. Corresponde ahora a los negociadores de los dos bandos, avanzar en los acuerdos, para que el 18 de noviembre de 2013, el país tenga más claro para dónde va el proceso de paz en La Habana.

Si reelegir a Santos implica sostener en el tiempo la posibilidad de alcanzar el fin del conflicto armado con las Farc, no debería de haber mayores prevenciones a mantener los diálogos de paz mientras los colombianos van a las urnas para elegir un nuevo congreso y luego, elegir un nuevo presidente o en su defecto, reelegir al actual Presidente. Pero queda claro que la paz en Colombia sigue siendo un asunto de Gobiernos y la guerra, un asunto de Estado.

Si la paz realmente fuera un anhelo nacional, el propio Presidente de la República no tendría porqué abrir la posibilidad de congelar los diálogos de paz, ante el escenario electoral que se avecina. Por el contrario, la búsqueda de la paz y la importancia de ponerle fin al conflicto armado interno solo convoca a ciertos sectores societales y estatales, en este caso al Presidente Santos y algunos de sus ministros, así como a grupos y actores de la sociedad civil. Es más, poderosos grupos de poder económico y político se oponen abierta y soterradamente a la paz, lo que hace el país devenga, históricamente, en un complejo proceso de polarización política en torno a la paz y a la guerra. Sobre esta dicotomía girará el escenario electoral de 2014, lo que de inmediato pone a la paz, como posibilidad, a depender de la reelección de Santos. Allí, nuevamente, el país se vuelve a equivocar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola Uribito:

¡Buen día!



Un poco tarde, pero aquí estoy. Comparto tus opiniones, sin embargo, considero que es mítico pensar que el "innombrable" volverá a la presidencia. Creo y espero no equivocarme, que no lo logrará ni en cuerpo propio y menos en cuerpo ajeno.



Luis F.