YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 15 de febrero de 2017

MARGINAL

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Que el conflicto armado interno se haya desarrollado con mayor intensidad en amplios territorios selváticos y rurales, le dio un carácter marginal, alejado e insustancial que se alimentó de una realidad incontrastable: jamás la oligarquía y el Establecimiento en general, estuvieron en riesgo y mucho menos sufrieron derrota. Es más: las dinámicas de este prolongado y degradado conflicto armado, los procesos de paz -fallidos y exitosos- y los sesgados tratamientos periodísticos, sirvieron a los propósitos de esas élites de poder tradicional de mantener, a toda costa, un orden injusto e ilegítimo. Orden y forma de dominación que se tornó incontrastable  a través del uso de la fuerza represiva, la estigmatización, persecución y muerte de todo lo que oliera a izquierda, todo con la ayuda de una sociedad estratificada y unos ciudadanos confundidos alrededor de a quién y de cómo exigir sus derechos, pero sobre todo, de cómo cumplir con obligaciones de carácter político.

Ahora que avanza el proceso de concentración de las Farc en las zonas en donde finalmente harán dejación de las armas, se desmovilizarán y harán el tránsito a la vida civil, bien vale la pena discutir sobre el papel que jugarán los imaginarios colectivos y las representaciones sociales que lograron permear la vida de los colombianos por cuenta de ese carácter marginal con el que las élites, el periodismo, los partidos políticos y precisos agentes de la sociedad civil, entendieron la compleja naturaleza y el devenir histórico del conflicto armado interno.

Son varios ya los hechos que me hacen pensar que el sentido marginal con el que millones de colombianos y el Poder político tradicional miraron el desarrollo del conflicto armado, servirá de puente axiológico para emprender y sostener, desde diversos sectores de la sociedad, iniciativas, actitudes, procesos, acciones y caminos que lleven a irrespetar la palabra que el Gobierno empeñó en La Habana, en nombre del Estado y de la sociedad.

El primer hecho tiene que ver con la actitud política asumida por el Fiscal, quien claramente está tratando de torpedear el proceso de implementación del Acuerdo Final (II). Sus reparos y propuestas de ajuste a la Jurisdicción Especial para la Paz hacen parte de la idea marginal con la que Néstor Humberto Martínez Neira, como ciudadano, tuvo y muy seguramente tiene del conflicto armado interno. Simplemente, Martínez Neira, como agente de poder y gracias a su perfil corporativo[1], no puede más que ponerse al servicio de los enemigos, detractores y críticos de la implementación de lo acordado en La Habana, que entendieron y entienden aún el levantamiento armado como una afrenta al poder tradicional, un desafío a la democracia[2] y un reto innecesario y temerario a un Estado legítimo.

Y la mejor forma de hacerlo es a través de una mala interpretación de la indeclinable voluntad de paz de las Farc, que a pesar de los incumplimientos del Gobierno y del Estado,  concentró sus hombres y mujeres aún en armas, en unas zonas que no cumplen con las mínimas condiciones de salubridad para pernoctar por un largo tiempo.

Puede el país, con actitudes como las asumidas por el actual Fiscal General de la Nación, entrar en un juego de contradicciones. Esto es, considerar como importante haber adelantado una negociación política con las Farc, pero minimizar lo realmente sustancial: cumplir con la palabra empeñada. Por ese camino, y abusando de la firmeza de las Farc para cumplir con lo acordado, la sociedad y el país político parecen estar despreciando, tempranamente, el proceso de implementación del Acuerdo firmado en el teatro Colón.

Otro elemento o hecho que bien puede estar alojado en ese mismo carácter marginal con el se entendió el levantamiento armado de los años 60, tiene que ver con la forma como los Medios masivos están cubriendo hoy la salida de las Farc de la selva. Se advierte en las empresas mediáticas un profundo desinterés periodístico-noticioso y político, por cubrir semejante hecho histórico: las últimas marchas de los guerrilleros farianos que aún armados, exhiben, por ahora, una fuerte confianza en los Comandantes que negociaron con los enviados del Gobierno, al tiempo que dudan que el Estado cumpla con lo que en su nombre firmó el Presidente Santos en su calidad de jefe de Estado, de Gobierno, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y máximo responsable del orden público.

Se suma a lo anterior, las reiteradas amenazas[3] de Uribe[4] y de sus áulicos, en el sentido en que si recuperan el poder del Estado en las próximas elecciones de 2018, derogarán y echarán para atrás gran parte de lo negociado en La Habana y ratificado en el teatro Colón de Bogotá. Dichas posturas e intimidaciones claramente no solo están alojadas en el carácter marginal con el que se entendió y devino el conflicto armado interno, sino en la equívoca lectura que de éste hizo Uribe Vélez y que quedó plasmada en su Política de Defensa y Seguridad Democrática (PDSD), aplicada con mano fuerte durante sus ocho años de mandato. Recordemos que en dicha política pública se desconoció la existencia del conflicto armado interno y por esa vía, los derechos de las víctimas que produjeron las Farc, el Estado y los Paramilitares. Se dijo que el país afrontaba una amenaza terrorista.

El hecho de que el conflicto armado no haya logrado desmontar el histórico y actual régimen de poder, no puede alentar a quienes tienen hoy máximas responsabilidades políticas y un lugar privilegiado en la sociedad, a promover desde el Estado el incumplimiento del Acuerdo Final (II) y a incitar a agentes de la sociedad para que respalden las acciones de específicos actores de la sociedad civil que, amparados en que no sufrieron derrota, harán todo lo posible, en el posacuerdo y en el posconflicto, para cobrarle a las Farc la osadía de haber desafío su Poder, que al parecer ellos mismos consideran que deviene natural.

Quienes respaldamos el 2 de octubre de 2016 el Acuerdo Final (I) y aquellos que entendieron que fueron engañados[5] por el Centro Democrático, por Uribe y por los líderes de la Campaña del NO, debemos salir a defender la implementación de lo acordado en Cuba y a denunciar acciones de dilación y de incumplimiento de la palabra empeñada, por parte del Estado, de instituciones como el Congreso, el poder judicial y los partidos políticos que acompañaron en la negociación  a Santos, en nombre y a través de la llamada Unidad Nacional.

Adenda: son muchas las incertidumbres y miedos que hoy tienen los guerrilleros que están adportas de dejar las armas y de reinsertarse a la vida civil. Es urgente que universidades estatales y privadas se acerquen a los campamentos para iniciar procesos de acompañamiento y capacitación a estos hombres y mujeres que no tuvieron otra opción que la guerra. El SENA debería de estar instalándose ya en esos campamentos para indagar necesidades y aspiraciones de los guerrilleros(as). De igual manera, la Registraduría Nacional del Estado Civil debería de hacer presencia temprana, para entregar las cédulas a esos “nuevos” ciudadanos. Se trataría de gestos y acciones para generar confianza y aminorar incertidumbres. La confianza en los Comandantes puede flaquear en cualquier momento.









miércoles, 2 de noviembre de 2016

UN MES DESPUÉS

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Justo hoy, miércoles 2 de noviembre, se cumple un mes del inesperado y sorpresivo resultado electoral y político, que dejó  la jornada plebiscitaria del 2 de octubre.

El mazazo político que los simpatizantes y aupadores del NO le dieron al Presidente, al Gobierno, a la institucionalidad estatal que respalda la búsqueda del fin del conflicto armado con las Farc, y a los más de seis millones que votamos SÍ, aún duele en las corvas y en el corazón. No nos reponemos.

A pesar de los primeros días de incertidumbre política que generó el apretado triunfo del NO, el paso de estos primeros treinta días nos permite hoy reconocer cuatro elementos o factores que resultaron y que resultan aún claves para minimizar en algo los efectos negativos que el resultado electoral produjo en la gobernabilidad del Presidente: 1. La apertura a lo que se llamó Diálogo Nacional por la Paz; 2. La entrega del Premio Nobel de Paz al presidente Juan Manuel Santos; 3. Las movilizaciones ciudadanas que al unísono pidieron que el Acuerdo firmado se implementara cuanto antes; y 3. El reconocimiento público que hizo el entonces gerente de la campaña por el NO, Juan Carlos Vélez Uribe, de que apelaron a todo tipo de estratagemas, tretas, mentiras y acciones para engañar e indisponer al electorado que finalmente dijo NO al Acuerdo Final alcanzado en La Habana.

Del Diálogo Nacional por la Paz que el Presidente debió abrir, hay que destacar un absurdo hecho político y ético: la irrupción como uno de los líderes del NO, del recién destituido Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado, quien violó la Constitución Política y se reeligió en su cargo. Solo una sociedad en la que se entronizó el ethos mafioso, puede soportar que un ex funcionario, expulsado de su cargo por actos de corrupción, exija al Presidente que sus reparos y objeciones morales de lo acordado en La Habana, sean escuchados y que deban servir para ajustar el documento que dio vida al Acuerdo Final.

Dentro de ese mismo Diálogo Nacional por la Paz hay que reconocer la recepción de más  de 400 propuestas de varios sectores de la sociedad civil, que expresaron sus reparos y miedos frente a temas y asuntos como la propiedad privada, el futuro de la familia, la elegibilidad política y el modelo de justicia acordado. Todo lo anterior, arropado por las mentiras y tergiversaciones que hicieron circular el ganadero, latifundista y propietario del Centro Democrático, con el respaldo de  algunos líderes cristianos. Todo lo anterior, con el cómplice acompañamiento de unos Medios de comunicación que jamás confrontaron las mentiras y las equívocas lecturas e interpretaciones de unos y otros.

Frente a lo que hace referencia a la entrega del Premio Nobel de la Paz al Presidente de la República, hay que señalar que dicho reconocimiento expresa y recoge el apoyo que la llamada Comunidad Internacional le viene dando al Proceso de Paz y al contenido mismo de lo acordado  en territorio cubano.

Las emotivas, significativas y multitudinarias marchas en las que cientos de miles de ciudadanos de diversas edades y situación socioeconómica, gritaron ¡Acuerdo Ya!, jugaron un papel clave para mantener en la agenda pública el tema del plebiscito y evidenciar, de otro lado, la fuerte polarización política en la que deviene el país de tiempo atrás y, de manera coyuntural, frente al Acuerdo Final firmado por el Gobierno y las Farc. Polarización que tiene como protagonistas al senador y latifundista, Álvaro Uribe, al ex procurador, Ordóñez Maldonado y a la ex ministra de Defensa, Martha Lucía Ramírez, entre otros líderes de esa parte del Establecimiento que se opone a la construcción de un país más justo. 

Y finalmente, y no por ello menos importante, aparece la confesión de Juan Carlos Vélez, quien explicó al Diario La República en qué consistió la estrategia que implementaron en la campaña por el NO. La conclusión es clara y contundente: tergiversaron el sentido del Acuerdo Final, mintieron y manipularon a un electorado que no solo cayó en la trampa de los simpatizantes del NO, sino que exhibió una peligrosa, inconveniente y exigua cultura política.

Hoy, un mes después del resultado electoral del plebiscito del 2 de octubre, el país se prepara para leer un “nuevo” Acuerdo Final, que deberá ir, antes de que finalice el 2016, al Congreso de la República para que entre en el bloque de constitucionalidad y se expidan las normas que blinden la implementación de lo acordado. Y esto deberá darse, con o sin  el respaldo político de quienes reclamaron el triunfo del NO en las urnas.

Desde ya, el país está atento al nivel de insatisfacción que expresará el llamado uribismo, sector de poder que a toda costa buscó dilatar la discusión y la negociación del “nuevo” Acuerdo, para llevarla al escenario electoral de 2018.

El camino para la implementación del “nuevo” Acuerdo Final está trazado: el Congreso de la República. El llamado a una nueva consulta al pueblo colombiano, vía plebiscito, se torna cada vez más lejano. Con esos niveles de ignorancia e incapacidad para leer y entender el sentido de lo acordado y el momento histórico que vive el país, resulta riesgoso someter a votación el "nuevo" Acuerdo. 

De la misma manera, y en el mediano plazo, el país debe prepararse para ver, y quizás sufrir y soportar las acciones que muy seguramente emprenderán los sectores de poder, legal e ilegal, que no respaldaron el proceso de paz de La Habana y mucho menos, validaron el “viejo” Acuerdo, y que mucho menos, validarán el que próximamente aprobará la Mesa de negociación.



Por cuenta del triunfo del NO, en adelante será más difícil para el país consolidar esa soñada paz estable y duradera y reconciliar a los colombianos.

Imagen tomada de EL TIEMPO.com

martes, 6 de septiembre de 2016

DUDAS

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El contenido del Acuerdo Final al que llegaron las delegaciones de paz del Gobierno y de las Farc demandará ingentes esfuerzos institucionales, enmarcados en una transformación política y cultural que se tiene que dar, si de verdad el Establecimiento está interesado en respetar la palabra empeñada en ese documento.

En una anterior columna hablé de un Reto mayúsculo[1]: consolidar un Estado que por fin tenga los tres esquivos monopolios: Renta, Justicia y Armas. Lo que sigue en materia de implementación de lo acordado tiene ese mismo talante: será todo un reto para la institucionalidad estatal, pero especialmente para la clase dirigente y política.

Al leer y releer los puntos 1 y 2 del Acuerdo Final, encuentro que cumplir con lo firmado en ese documento demandará la creación de instituciones y de institucionalidades[2] modernas que a las élites políticas jamás les interesó crear y mantener para construir Estado, Mercado y Sociedad. Ello implica dejar atrás prácticas clientelistas y corruptas, y disminuir la cooptación mafiosa del Estado en los ámbitos nacional, regional y local; lo anterior, con el claro objetivo de avanzar hacia la generación de una cultura democrática respetuosa de la institucionalidad estatal. En especial, desde aquellos sectores e instancias privadas donde se gesta la corrupción y el debilitamiento del Estado.

Señalemos algunos compromisos que apuntan a la creación de esas nuevas institucionalidades con las que se buscará implementar lo acordado: 1. Creación del Fondo de Tierras. Este tendrá un carácter permanente y se alimentará de tierras sometidas a extinción de dominio y aquellas tierras que se recuperen una vez sean reversados procesos de apropiación indebida, por ejemplo, de baldíos, entre otras fuentes. ¿Será que los baldíos que de forma irregular se apropiaron ingenios, multinacionales y otras empresas nacionales, alimentarán  el Fondo de Tierras? ¿Será esta la mayor preocupación de aquellos latifundistas, ganaderos y palmicultores, entre otros, que a toda costa desean que fracase el plebiscito del 02 de octubre?

En el Acuerdo se lee lo siguiente: “el Gobierno nacional pondrá en marcha una nueva jurisdicción agraria que tenga adecuada  cobertura y capacidad en el territorio, con énfasis  en las zonas priorizadas…[3] ¿Qué características tendrá dicha jurisdicción? Se parecerá a las jurisdicciones especiales garantizadas constitucionalmente para indígenas y afrocolombianos?

Más adelante se lee:El Gobierno creará una instancia de alto nivel que se encargará de la  formulación de lineamientos generales de uso de la tierra… con criterios de sostenibilidad ambiental, prioridad para la producción de alimentos…”[4].

Y quizás el punto más importante para adelantar las transformaciones que el campo necesita sea la actualización de la información catastral. Sobre este ámbito, en el Acuerdo Final se lee que elGobierno pondrá en marcha un SISTEMA GENERAL DE INFORMACIÓN CATASTRAL, INTEGRAL Y MULTIPROPÓSITO que en un máximo de 7 años concrete la formación y actualización del catastro rural… Habrá apoyo técnico, administrativo y financiero a los municipios para actualización de catastro[5]”.

Lo anterior supone ejercicios de concertación política en aras de buscar acuerdos políticos con aquellas fuerzas y actores de poder que históricamente enquistados en instituciones como el Incoder, entre otros entes, decretaron y consolidaron el empobrecimiento de campesinos, afros e indígenas, en el contexto de un proceso de globalización económica que busca a todas luces someter a esas comunidades y grupos étnicos a las lógicas de los Tratados de Libre Comercio.

Y para desvirtuar los falaces argumentos con los que el uribismo y otros sectores de poder vienen deslegitimando el Acuerdo Final, bien vale la pena leer con atención la siguiente cita: que el desarrollo rural integral se adelantará en un contexto de globalización y de políticas de inserción en ella por parte del Estado que demandan una atención especial de la producción agropecuaria nacional y especialmente de la producción campesina, familiar y comunitaria[6]

En el punto sobre Reforma Rural Integral se lee que se busca “Transformar el campo para solucionar causas históricas del conflicto (Propiedad concentrada de la tierra, exclusión del campesinado y atraso multidimensional)”. Sin duda, un reto mayúsculo que implicará no solo el diseño de políticas públicas de Estado que saquen del atraso al campo, sino el compromiso moral y ético de los empresarios del campo, en especial de aquellos que patrocinaron el paramilitarismo, especulan con la tierra y han hecho ingentes esfuerzos para someter los proyectos de vida de indígenas, afrocolombianos y campesinos, a las fuerzas del mercado que tienen como objetivo último aniquilarlos cultural y económicamente.

En cuanto al punto de Participación Política, también se pactó la generación de una institucionalidad que soporte la transformación de la política y que en general, dé un vuelco al régimen democrático que deviene meramente formal y procedimental. Para hacer notar el enorme esfuerzo institucional que se avecina, baste con señalar que en el Acuerdo Final se lee que el “Gobierno Nacional creará un Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política[7]”, que no es otra cosa que brindar las garantías suficientes para que los desmovilizados de las Farc no terminen asesinados en plena actividad política y electoral, tal y como sucedió con los miembros de la Unión Patriótica[8] (UP).

En poco tiempo y al notar lo difícil que será implementar lo acordado en La Habana, la negociación política de ese Acuerdo Final nos parecerá poco o un asunto menor, ante el enorme compromiso que asumió Santos como Jefe de Estado.

Así entonces, hay motivos para aplaudir el fin del conflicto y la firma del Acuerdo Final, pero también hay suficientes razones históricas para dudar del talante ético de unas élites sobre las que recae la responsabilidad de haber creado y generado las circunstancias que en los años 60 legitimaron el levantamiento armado. No será fácil transformarnos. De todos depende que lo acordado se implemente, pero hay razones suficientes para pensar que el Establecimiento intentará hacerle conejo a lo firmado en La Habana. Ojalá eso no suceda.


Adenda: dice mucho de nosotros como sociedad democrática que los cambios institucionales acordados en ese documento llamado Acuerdo Final, sean el resultado de la lucha de un actor armado, inmerso en un largo, sangriento y degradado conflicto armado interno.





Imagen tomada de Unperiodico.unal.edu.co

[3] Acuerdo Final. p. 14.
[4] Acuerdo Final, p. 15.
[5] Acuerdo Final, p. 15.
[6] Acuerdo Final, p. 11.
[7] Acuerdo Final, p. 33.