YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 6 de julio de 2016

LO QUE SE VIENE DESPUÉS DE LA HABANA


Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


La terminación del conflicto armado entre el Estado y las Farc, y la consecuente transformación de esa guerrilla en un movimiento político, echarán a andar disímiles procesos de transformación social, política, económica y cultural. Dichos procesos deberán partir de profundos cambios institucionales, pero sobre todo, de la urgente proscripción del ethos mafioso[1] que por largo tiempo ha permeado las relaciones entre el Estado y los particulares, y guiado las diversas actividades y transacciones entre los ciudadanos.

La sociedad colombiana no superará sus enormes problemas y conflictos tan solo poniendo fin al conflicto armado interno con las Farc. Sin duda, es y será un paso importante, pero subsisten unas circunstancias contextuales (históricas) que hay que modificar si queremos de verdad aprovechar este momento histórico, para avanzar en la consolidación del Estado como un orden moralmente superior a sus asociados, así como en la revisión de los semi fallidos procesos civilizatorios, contaminados de ese ethos mafioso que de tiempo atrás acompaña las relaciones Estado-Mercado-Sociedad.

Para empezar, se espera que la clase dirigente, política y económica, abandone las prácticas propias de ese ethos mafioso con el que vienen manejando los asuntos públicos y privados. Las espurias reelecciones  de Uribe Vélez y del Procurador Ordóñez Maldonado, así como la incapacidad de la justicia para procesar al primero por sus señalados vínculos con el paramilitarismo y la insolvencia moral y ética de los magistrados del Consejo de Estado para anular la reelección del segundo, así como la insostenible permanencia de magistrados del talante ético de Rojas Ríos y Pretel Chaljub, son hechos que al estar anclados en ese ethos mafioso, interfieren seriamente en la transformación social, cultural y política que reclama este momento histórico por el que atraviesa el país.

De igual manera, el país avanzará culturalmente si logra proscribir las prácticas discriminatorias y erradicar esa cada vez menos oculta animadversión étnica contra afros, campesinos e indígenas, sobre la que se justificó el proyecto paramilitar y se continúan  autorizando proyectos de desarrollo extractivo que no solo buscan sacar provecho de los recursos del suelo y el subsuelo, sino anular o desaparecer física y simbólicamente a estas comunidades y pueblos.

El escepticismo alrededor de la paz en su sentido maximalista, no debería de estar sostenido en las erróneas interpretaciones e informaciones entregadas por el llamado “uribismo” alrededor de lo acordado hasta el momento en La Habana en materia de justicia transicional, sino en las dificultades que enfrentará la sociedad, el Estado y las fuerzas del mercado, para superar y proscribir ese ethos mafioso con el que venimos conviviendo de tiempo atrás y que logró entronizarse en los marcos mentales de millones de colombianos.

Al no ser un referente ético-político que guíe la práctica de la política, Uribe Vélez se viene consolidando como un fuerte enemigo del proceso de paz, de la terminación del conflicto y de la puesta en marcha de los procesos de transformación social y política que se vendrán una vez se ponga fin al conflicto armado. Más allá de haber liderado una lucha frontal contra las Farc, con la intención de derrotarla en el campo militar, lo que el país debe reconocer en el hoy senador de República es que es el último bastión de ese ethos mafioso que justamente necesitamos superar, si de verdad queremos ser una sociedad moderna, en correspondencia con un Estado igualmente moderno.

En todos estos procesos de transformación que se echarán a andar una vez se firme el fin del conflicto armado con las Farc, la dirigencia fariana tendrá una oportunidad histórica: demostrar, con verdadero sentido revolucionario, que los delitos conexos cometidos durante estos 52 años de guerra interna, no están fundados en ese ethos mafioso sobre el que se vienen desarrollando las relaciones entre la sociedad y el Estado. Este será el reto que tendrá las Farc como partido político: diferenciarse de los partidos políticos tradicionales, que devienen contaminados, poco democráticos, débiles y  cooptados por mafias de todo tipo, que les han arrebatado su sentido de lo público, para darles el carácter de fuertes asociaciones clientelares y nidos en donde se reproduce el ya referido ethos mafioso.

Creo que no hemos valorado lo suficiente lo que se viene con la firma del fin del conflicto armado y lo que ese hecho histórico demandará de la sociedad y del Estado. No veo aún líderes políticos y sociales capaces de aprovechar este momento histórico por el que atraviesa el país, para proponer cambios en el sistema educativo y en la transformación de la sociedad y del Estado. Parece que primará la mirada cortoplacista que ha caracterizado a la clase dirigente, política y económica y muy seguramente ese carácter mezquino con el que han logrado someter el Estado a sus particulares intereses.

Ojalá en unos años el país no lamente el no haber podido transformarse culturalmente, a pesar de haber logrado ponerle fin al conflicto armado interno.


Adenda: tanto el Gobierno de Santos, como los miembros del COCE, deben hacer ingentes esfuerzos para iniciar fase de negociación. Resulta incomprensible, más allá de diferencias de criterio entre las partes, que se firme el fin del conflicto con las Farc, y que el ELN se quede por fuera de esta coyuntura.





Imagen tomada de ELTIEMPO.com


[1] Se define como el conjunto de acciones, decisiones y comportamientos que claramente buscan acomodar las leyes, los códigos y las normas, incluyendo las sociales y consuetudinarias, a los intereses de unos pocos, en especial, aquellos que ostentan algún tipo de poder o que buscan imponer su voluntad en detrimento del Bien Común. Ese ethos mafioso guiaría las actividades y transacciones de todo tipo que los ciudadanos y las instituciones desarrollan y establecen en sus cotidianidades, lo que les daría un carácter subrepticio y acomodaticio a particulares y reducidos intereses. Ese ethos mafioso, al consolidarse, corre el riesgo de volverse norma social, legitimada por la debilidad y la incapacidad del Estado de erigirse como un orden justo, viable y legítimo y por la imposibilidad de la sociedad de auto regularse y de enfrentar ese ilegítimo e inmoral orden establecido, para intentar cambiarlo en perspectiva de alcanzar el Bien Común.  

lunes, 1 de febrero de 2016

Diálogo Nacional

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Si no pasa algo extraordinario, muy pronto las Farc pasarán de ser un grupo guerrillero a un partido o movimiento político. Han dicho sus líderes[1] y comandantes que harán política sin armas y que aceptarán las condiciones del Régimen, y por ese camino, aportarán al afianzamiento y a la puesta en marcha de lo acordado en La Habana.

No les quedará fácil a los señores y señoras de las Farc ganarse un lugar social y político en las zonas urbanas en donde, por la acción mediática[2], se ha venido consolidando una fuerte animadversión a todo lo que huela a Farc y al Proceso de Paz de La Habana. Es probable que en territorios rurales cuenten con mayor aprecio, pues finalmente esa Colombia de la periferia jamás ha sido comprendida por los centralismos bogotanos y regionales, que siguen impidiendo, a través de una “amarrada” o fallida descentralización, la consolidación de un proyecto de Nación que recoja las diferencias regionales.

Por largo tiempo la gran prensa hizo de la ideología de izquierda el gran monstruo al que había que odiar y temer, mientras la Derecha se atornillaba en el poder y permitía el afianzamiento de un capitalismo salvaje que no solo arrasa con ecosistemas naturales, sino que le pone precio a la vida y hace que las relaciones humanas graviten en torno a intereses y acciones derivadas y asociadas al poder y al reconocimiento que otorga el dinero y por supuesto, a las necesidades que cada individuo esgrime para sentirse feliz, así sea a merced del Otro, de los Otros.

Las acciones de guerra y  varios actos de terror perpetrados por las Farc coadyuvaron en buena medida a que la opinión pública urbana asumiera la ideología de izquierda como inconveniente para pensar lo público, lo privado y las relaciones Hombre- Naturaleza. Eso en el ámbito interno. En cuanto al ámbito externo, el régimen socialista de Venezuela fue y sigue siendo expuesto por la gran prensa colombiana (de Derecha), como el referente negativo hacia el cual el país irá de permitirse la reinserción y la participación política de los líderes farianos.

De allí que los miedos de muchos colombianos se concentren en expresiones como el Castro-chavismo, indicando de esa manera que el modelo socialista resultaría inaceptable para el grueso de la población colombiana que vive y sobrevive en ciudades capitales y que por supuesto, sigue a pie juntillas a los medios informativos privados.

Ni Juan Manuel Santos está entregando el país al terrorismo, y mucho menos la propiedad privada estará en riesgo en la Colombia de los posacuerdos. Lo que si deben tener claro los colombianos es que el Estado, la sociedad y el mercado deben sufrir transformaciones si de verdad se quieren superar los altos índices de pobreza, de concentración de la tierra y la exclusión social y étnica, en un país que ya no tendrá como gran disculpa que libra una costosa guerra interna.

Terminado el conflicto armado interno, le corresponde a los movimientos sociales, partidos políticos, empresarios y académicos, entre otros, tanto de Derecha como de  Izquierda, dialogar y buscar consensos alrededor del tipo de ajustes que se requieren hacer en materia económica e institucional, en aras de consolidar un Estado que promueva políticas sociales que beneficien a las grandes mayorías que sobreviven en condiciones de precariedad, que haga posible que los grandes ricos paguen los impuestos que les corresponde y que cree condiciones para que la seguridad alimentaria no siga viéndose afectada por políticas y decisiones macro económicas.

Es tiempo de que la izquierda colombiana asuma esta especial coyuntura con la suficiente madurez histórica, y lidere los cambios que la guerrilla de las Farc buscó hacer a través de la lucha armada. Y ese liderazgo se debe asumir sin revanchismos y ojalá sin la tozudez de insistir en el viejo modelo socialista de la URSS, dejando de lado la posibilidad de buscar, de acuerdo con las condiciones contextuales internas y externas, un modelo de Estado, de sociedad y de mercado que dignifique la vida humana, que modifique las relaciones entre el Hombre y la Naturaleza y sobre todo, que transforme la mezquindad de los “grandes Cacaos”, en acciones propias de responsabilidad social y ambiental.

Solo a través de un diálogo sincero entre todos aquellos actores y agentes de poder, Colombia podrá caminar hacia estadios de posconflicto en los que sea posible afianzar escenarios de paz y convivencia en los que aprendamos a resolver los conflictos y las diferencias de manera civilizada. Sin matarnos.

Esos estadios de posconflicto serán viables, posibles y perennes si todos asumimos compromisos sociales, ambientales, políticos y económicos, en el contexto de un urgente cambio cultural que ojalá sea liderado por quienes históricamente han detentado el poder para beneficiar a unas pocas familias. 

Que el lugar ideológico y político al cual llegarán las Farc una vez se desarmen sea la izquierda democrática, no es óbice para provocar un Diálogo Nacional que busque la transformación de Colombia. Sin mezquindades, sin odios y sin resquemores, unos y otros tenemos la obligación ética de intentar una positiva metamorfosis para el país, en aras de sacar adelante esta Nación. Al final, cuando revisemos y evaluemos los hechos, nos daremos cuenta de que era y fue relativamente fácil ponerle fin al conflicto armado y lo que realmente difícil estaba – está – en cambiar culturalmente. Esa es la apuesta.






[2] El periodismo debe transformarse y para ello debe modificar sus rutinas de producción noticiosa, pero sobre todo, repensar sus criterios de noticiabilidad.