YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 15 de julio de 2015

EL ORIGEN DE LA POLARIZACIÓN POLÍTICA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

El proceso de paz de La Habana es, y será, por mucho tiempo, el hecho político que sirvió para que la polarización política e ideológica que se respira en Colombia, se profundizara aún más. Alrededor de este, se han congregado no solo fuerzas políticas de izquierda, centro y derecha, sino toda suerte de colombianos, bien para apoyar los diálogos y lo que las partes logren acordar, o por el contrario, para desconocer la importancia y la urgente necesidad de ponerle fin al conflicto armado interno.

Aunque la polarización política que hoy se evidencia en el país en torno a la paz y frente a otros asuntos públicos, no la generó el Proceso de Paz en sí mismo, no podemos desconocer que las circunstancias en las que se han desarrollado las negociaciones y la “mala” prensa, han coadyuvado para convulsionar a una siempre cambiante y manipulable opinión pública. Me pregunto: ¿Qué inspira y en qué se soportan los altos niveles de polarización política que vive Colombia desde 2002?

La existencia otoñal de las guerrillas inspira y facilita el enfrentamiento político e ideológico entre los colombianos. Y es así, porque cientos de miles de compatriotas consideran aún, que el único y real problema de Colombia, radica en la presencia de estos grupos armados. Primer error y elemento generador de controversias entre quienes tienen la posibilidad y capacidad de comprender las circunstancias contextuales que legitimaron el levantamiento de esas guerrillas contra el Estado, y aquellos que aún siguen pensando en que el orden establecido, per se, deviene legítimo y “perfecto”. Obviamente que entre estas orillas de pensamiento, hay matices, perspectivas e ideas que hay que reconocer.

De esta manera, la corrupción política, el fallido centralismo bogotano, la debilidad de las instituciones del Estado, el negativo liderazgo de unas élites que jamás supieron guiar a la Nación y ser referentes éticos de orden social y, una baja cultura política, entre otras circunstancias contextuales, se convierten en factores “pasables” y “soportables”, frente a la presencia de las guerrillas y las acciones de guerra, barbaridades y los ecocidios cometidos por estas que, huelga decir, poco o nada han tenido de revolucionarias.

En un segundo momento, aparece el tema de cómo enfrentar el problema de las guerrillas. Y allí entonces, la polarización y las controversias se concentran en dos únicas salidas: por las buenas, o por las malas. Es decir, de un lado aparecen aquellos colombianos que siguen convencidos, a pesar de que los hechos demuestran lo contrario, que la única forma de solucionar “el problema de la guerrilla” es bombardeándolas y dándoles bala. Del otro lado, aparecen aquellos colombianos que creen en que es posible ponerle fin a las hostilidades y al conflicto mismo, a través de la negociación política, la firma de un armisticio y la reintegración de los subversivos a la sociedad que poco o nada hizo para ofrecerles, en especial a los guerrilleros de base, otras opciones de vida.

Lo que vivió Colombia entre 2002 y 2010, claramente coadyuva a la polarización entre guerra y paz, entre buenos y malos, entre ciudadanos de bien y guerrilleros vestidos de civil. Lo que hizo Uribe Vélez en sus ocho años, fue sentar las bases sociales, políticas y culturales, en las que hoy se funda, se sostiene y se reproduce la fuerte, inconveniente y peligrosa polarización política que en torno a la paz, se respira en Colombia.

En ese largo, oscuro e inquietante  periodo de gobierno, Uribe, como jefe de Estado y de Gobierno, dispuso de toda la capacidad operativa, militar y coercitiva no solo para atacar a las guerrillas, sino para perseguir a quienes pensaran distinto y desconocieran los principios y los valores del unanimismo político y los forzosos consensos que logró generar con el concurso de la gran prensa bogotana.

Y allí, a través del ejercicio del poder autocrático, por fuera de las instituciones y de la aplicación de la política de seguridad democrática, logró inocular entre los colombianos la duda, el miedo, la desconfianza y el recelo. Al final, después de ocho años, pensar distinto, creer en la paz, defender los derechos humanos, cuestionar a los gobernantes y la legitimidad del Estado, se convirtió en una forma de violencia y por ese camino, en motivo y factor suficiente para impedir la discusión civilizada de asuntos públicos. 

Puede pensarse que si el proceso de paz de La Habana termina bien, los niveles de polarización política deberán disminuir sustancialmente. Es posible, pero lo dudo. Y lo dudo, porque Uribe Vélez, y su Centro Democrático y el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado, entre otros, seguirán, desde el Congreso, oponiéndose al Proceso y a las iniciativas legislativas del Gobierno de Santos encaminadas a facilitar la firma del fin del conflicto; y  a partir de octubre de 2015, esos mismos actores, con el concurso de los gobernadores, alcaldes, diputados y concejales que muy seguramente lograrán poner, se opondrán a todas aquellas políticas de carácter nacional, regional y local, que en perspectiva de paz territorial, estén pensadas para construir y consolidar escenarios de posacuerdos y ojalá, de posconflicto.

Es claro, también, que en estos altos niveles de crispación y convulsión de la opinión pública en torno a la búsqueda del fin del conflicto, elementos y factores como la ignorancia de la historia, la terquedad, el unanimismo mediático, la baja cultura política y el miedo a reconocer que el Otro puede tener la razón, han venido jugando un lugar protagónico en la consolidación de la polarización política que hoy se evidencia en el país. Por ese camino, entonces, debemos prepararnos para vivir y convivir en medio de una convulsionada opinión pública y muy seguramente, a reacciones violentas, de aquellos colombianos que parecen temerle a la paz. 

viernes, 20 de febrero de 2015

MEDIO AMBIENTE, JUSTICIA TRANSICIONAL Y PROCESO DE PAZ

Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

A partir de los incuestionables avances en el proceso de paz y negociación que se adelanta en La Habana, se espera que las conversaciones terminen y/o conduzcan hacia el fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc. Con la firma del armisticio, la dejación de armas, la desmovilización de los guerrilleros farianos o la transformación en un cuerpo de policía rural y/o su reintegración a la vida civil, el país avanza hacia la construcción de estadios de posacuerdos, posguerra y ojalá, de posconflicto[1], en donde finalmente se debería consolidar la paz.

Ponerle fin al conflicto no sólo debe hacer posible la disminución efectiva de muertos y heridos tanto en las filas de las Farc, como en las de las fuerzas oficiales que defienden al Estado, sino que dará un respiro importante a los ecosistemas naturales afectados por la presencia y las acciones de combatientes en zonas biodiversas de especial valor ambiental. Eso sí, hay que señalar que la variable ambiental no tiene un lugar privilegiado en lo acordado hasta el momento, pero ello no es óbice para que desde la sociedad civil y en particular desde la Academia, se vaya pensando en la necesidad de que, de cara a escenarios de posguerra y posacuerdos, las partes y el país entero empiecen a darle al tema del medio ambiente y la reparación ambiental, un lugar preponderante.

Así como han faltado reglas para humanizar el conflicto, se echan de menos medidas de mitigación ambiental en quienes combaten en zonas inhóspitas que terminan por desquiciar a quienes no sólo deben cuidar sus vidas de las balas enemigas y procurar hacerle daño al enemigo, sino que todo el tiempo deben cuidarse de los “males” que la selva produce, como las picaduras de serpientes y las letales del conocido mosquito Pito.

El país aún no ha cuantificado los daños ambientales que la guerra interna ha generado en ecosistemas naturales. Quizás lo haga mientras diseña y consolida escenarios de posguerra y posacuerdos. Es urgente que esas valoraciones se hagan para que la sociedad y el Estado sepan cuánto costará reparar el medio ambiente que los combatientes, de disímiles maneras, han afectado en estos 50 años de conflicto armado interno.

Una vez valoradas las afectaciones socio ambientales, habrá que caminar hacia el diseño e implementación de estrategias de reparación ambiental que permitan, por ejemplo, reforestar zonas boscosas, descontaminar ríos y descifrar con claridad qué especies vegetales y animales están en peligro de extinción, bien por los efectos directos de las hostilidades, la instalación física de campamentos de los combatientes o el consumo indiscriminado de dantas, guaguas y tapires, entre otros animales.

Medio ambiente y justicia transicional

De acuerdo con las circunstancias que se logren consensuar y consolidar en un proceso de justicia transicional, reparar el medio ambiente debe mirarse como una alternativa jurídica para los jefes de las Farc procesados y condenados por los delitos que finalmente la justicia colombiana logre demostrar. Es decir, dentro de la alternatividad de las penas a proferir, reparar el medio ambiente podría resultar importante.

Acompañados por guerrilleros rasos que conozcan muy bien las zonas selváticas y montañosas señaladas para aplicar en ellas procesos de reparación ambiental, los líderes de las Farc podrían desarrollar actividades de reforestación y recuperación de ecosistemas e incluso, de reincorporación de especies animales a los hábitats de donde fueron expulsados o fuertemente disminuidos en su población. Todo lo anterior, deberá hacerse con el acompañamiento del Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, las CAR y un grupo, ojalá numeroso, de ecólogos, ingenieros forestales, botánicos y zootecnistas, entre otros.

Para ello, se requerirá de recursos técnicos, humanos y económicos que aseguren procesos exitosos de reparación ambiental de aquellas zonas, especialmente afectadas por la presencia y las acciones de los combatientes.    

Lo cierto es que en La Habana se habla con mayor propiedad y preocupación por el reconocimiento y la reparación de las víctimas de los actores armados que durante 50 años se han enfrentado en el contexto del conflicto armado interno. Sin duda, es una prioridad. Ello no tiene discusión y el Estado y la sociedad deben hacer todo para que ello se dé no sólo en términos económicos, sino en lo que corresponde a la reconstrucción identitaria de las víctimas de actores como la Fuerza Pública, guerrillas y paramilitares, enfrentados en este largo y degradado conflicto.

Pero poco se habla de reparar los ecosistemas naturales afectados por las dinámicas del conflicto armado interno, en especial cuando se producen bombardeos por parte de las fuerzas estatales, sobre campamentos guerrilleros, se depredan bosques para la construcción de campamentos, móviles y fijos de guerrillas y paramilitares y por la presencia de los cultivos de amapola y coca; y por supuesto, por la fumigación con glifosato de zonas de parques naturales (Plan Colombia) y de zonas de cultivos de pan coger de campesinos y colonos. De igual forma, los efectos negativos que deja la construcción de laboratorios para el procesamiento de alcaloides, manejados por narcos, Paramilitares, bandas criminales y guerrilleros, así como la destrucción de los mismos, por parte de las autoridades. Y a ello se suma, los efectos socio ambientales que viene dejando la explotación de oro a lo largo y ancho del territorio colombiano.

También hay que considerar la presencia permanente o flotante de combatientes en zonas selváticas y montañosas viene generando de tiempo atrás impactos socio ambientales que el país poco registra y conoce. Pensemos por un instante en las siguientes acciones que guerrilleros y militares han realizado en las zonas selváticas en donde suelen combatir por el control territorial: pesca con explosivos, tala de árboles para construcción de campamentos, destrucción del llamado soto bosque, procesos efectivos de defaunación por cuenta del consumo indiscriminado de especies animales y la captura de ciertos animales que terminan domesticados por los combatientes; bombardeos indiscriminados, destrucción de laboratorios para el procesamiento de pasta de coca y la instalación misma de esos laboratorios en ecosistemas frágiles, entre otras actividades desarrolladas por guerrilleros[2] y soldados.

Así entonces, como país biodiverso, Colombia debe hablar más con mayor fuerza e ímpetu de reparación  de una biodiversidad frágil que, además de soportar un modelo de desarrollo social y ambientalmente insostenible, y la extracción incontrolada de recursos del suelo y del subsuelo, sufre las consecuencias de una guerra interna en la que los actores armados depredan bosques y contaminan fuentes de agua.

Por la debilidad del Estado, por la cooptación privada y mafiosa de sus instituciones y de los recursos públicos, y por la inexistencia de un pensamiento ambiental[3] acorde con las circunstancias y mayores responsabilidades que impone ser un país biodiverso, Colombia crece económicamente bajo un modelo de desarrollo que depreda y pone en riesgo la calidad de vida de futuras generaciones.

Mientras tanto, en los diálogos de paz que adelantan el Gobierno de Santos y la dirigencia de las Farc en La Habana,  el tema de la reparación ambiental no aparece en la Agenda pactada. El tema ambiental sigue siendo un asunto marginal, una externalidad. Y es claro que las Farc es un grupo armado ilegal que, sin duda, ha depredado y violentado frágiles ecosistemas[4]. No olvidemos que las Farc han construido carreteras y campamentos en zonas biodiversas y cazan y capturan animales sin mayores consideraciones ecosistémicas.

Los efectos que la guerra interna deja hasta el momento en el medio ambiente, deberían de ser considerados no sólo por los negociadores, sino por la Academia y actores de la sociedad civil, en especial ONG ambientales, de cara a la construcción de escenarios de posconflicto en los que el medio ambiente por fin sea un asunto transversal y nuclear para la sociedad colombiana de los posacuerdos y del posconflicto.

El asunto no es menor. Por el contrario, reviste la mayor importancia. Pero se requiere, además de una coherente conciencia ambiental, un pensamiento ambiental que guíe la discusión no sólo de cómo cuantificar los daños ambientales dejados por los actores armados, legales e ilegales, sino del tiempo, los costos y las condiciones que demandará la reparación de frágiles ecosistemas sometidos a los fragores de una guerra sucia y degradada.

Esta tarea bien la puede asumir el Sistema de Cuentas Ambientales, eso sí, ampliando sus alcances, que según Gloria Cecilia Vélez Arboleda y Paula Andrea Cárdenas Henao,  están para “conocer y cuantificar las riquezas naturales que posee y además corregir los impactos que genera la producción económica sobre los recursos naturales y el medio ambiente, es decir, en el Sistema de Cuentas Ambientales se involucran los recursos naturales y el medio ambiente como activos que, incorporados a la actividad económica, incrementan o disminuyen su capacidad de crecimiento actual y futuro. De esta forma, los recursos naturales ya no son tratados como bienes libres y de oferta ilimitada, sino que adquieren la característica de bienes escasos que al asignarles la categoría de activos, deben ser valorados como tales en términos monetarios y se debe proceder a calcular tos costos de su agotamiento y degradación”[1].


Resultado de imagen para medio ambiente y justicia

Imagen tomada de wwf.es



[2] La voladura de oleoductos es una práctica que bien puede calificarse como ecocida. De sus efectos, poco informan las autoridades ambientales.

jueves, 23 de octubre de 2014

QUÉ HACER CON URIBE: ¿LLAMARLO O AISLARLO?

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Las circunstancias contextuales en las que la política cobra vida y sentido en Colombia convierten a ciertos personajes públicos en referentes sociales y políticos. En líderes. Eso sí, hay que decir que dichos liderazgos no siempre resultan positivos para una sociedad que deviene en crisis, justamente porque no cuenta con líderes capaces de jalonar cambios que beneficien a las grandes mayorías. Se trata de líderes mesiánicos, autocráticos, megalómanos y enemigos de la discusión pública de sus actos y de asuntos públicos.

Uribe Vélez es uno de esos líderes políticos que exhibe y ejerce un liderazgo negativo, en especial para los asuntos que gravitan en torno a la búsqueda del fin del conflicto armado interno, la consecución de la paz y el establecimiento de escenarios de posconflicto reales, sólidos y legítimos.

Al negar la existencia del conflicto armado interno a través de su Política Pública de Defensa y Seguridad Democrática, Uribe no solo acomodó a sus intereses personales y a su perfil autocrático la historia de la guerra interna, sino que impuso una racionalidad violenta que bien supo encubrir como democrática, gracias a los medios de comunicación y a la crisis política e ideológica de los partidos políticos tradicionales que lo acompañaron en la conquista del poder político.

La vigencia política de Uribe se explica hoy más por sus declaraciones altisonantes en el marco de un odio visceral contra quien supo aprovecharse de su popularidad, para luego convertirse en Presidente, haciéndose elegir con las banderas de la seguridad democrática. Claro está que dicha vigencia también se explica porque ser ex presidente en Colombia aún tiene un peso importante en una sociedad mediatizada, que no ha sido capaz de olvidarse de sus ex mandatarios para dejar que la historia de sus actos los consuma en un urgente y necesario olvido público. Y ahora, como senador de la República, mantiene la atracción de los reflectores que compiten con la luminosidad que emana su incontrastable ego.

A pesar de que ha perdido popularidad y que su imagen desfavorable[1] por primera vez en muchos años de activismo político supera la favorable, su nombre no solo aparece para hablar de o para perpetuar la guerra, sino que ahora debería contar para la paz que se construye en La Habana, a juzgar por lo dicho por Álvaro Leyva.

El ex ministro Leyva dijo en una entrevista que no es posible hacer la paz sin Uribe. Y así quedó registrado en el título periodístico: “Una paz sin Uribe no es posible[2]. El contexto de la frase de Álvaro  Leyva es este: “Esta etapa que resta debe ser más incluyente. Y por eso lo digo en la carta. Mi anhelo es que la paz sea una política de Estado y que como tal se integre al expresidente Álvaro Uribe. A este gobierno se le olvida que fue uribista, todos en el Ejecutivo fueron uribistas, el Congreso fue uribista, entonces no tiene sentido que permanentemente se viva acorralándolo. Mi invitación es a la verdad y a que se convoque a todos. Los procesos que han tenido éxito, como el del M-19, es porque se ha convocado a todos. El Gobierno debe saber que una paz sin Uribe no es posible y que mientras se habla de paz en La Habana, no se puede andar en esa especie de pugilato en el país”.

Días después, aparece la declaración de ‘Timoleón Jiménez’ o ‘Timochenko’. En su comunicado, señala que “el problema no está en que el señor Uribe y el resto de la caverna se pongan bravos frente a la posibilidad de avanzar camino hacia la paz. Ellos han estado bravos y haciendo la guerra siempre. La cuestión no es temer a sus reacciones, sino hacer a un lado y aislar sus posiciones extremas. Y para ello es necesario romper definitivamente con ellos. Pese a haberse reelegido con la bandera de la paz, venciéndolos en las urnas, el Presidente continúa siendo vacilante[3].

De inmediato, la prensa bogotana[4] puso sobre el comunicado del líder fariano el manto de lo noticioso, para insistir en el escenario de polarización que vive el país entre paz y guerra, entre Santos y Uribe. Es decir, ahora el país parece que va a discutir si dejar a Uribe por fuera del proceso de paz, de la negociación, o si llamarlo para que haga parte de un proceso que debería de contar con el respaldo de todos los colombianos, pero ello no implica necesariamente que deba contarse con Uribe. Previo a los comentarios de Leyva y ‘Timochenko’, Santos invitó a Uribe a la Casa de Nariño para que conversaran de paz. Uribe no contestó. 

En estos dos años de negociaciones el país tiene claro que ponerle fin al conflicto armado interno y consolidar la paz en escenarios ciertos de posconflicto, ha implicado, implica e implicará recorrer caminos plagados de obstáculos y de enemigos que acechan a los lados. 

Dejar por fuera o contar con Uribe para negociar la paz, en particular con las Farc, pasa por reconocer no solo su condición de ex presidente  y líder político (así sea negativo), sino por considerar de manera clara el poder que como hacendado tiene y ejerce sobre actores y sectores económicos de una sociedad civil que apoyó de manera clara el paramilitarismo. Además, no olvidemos que Uribe inspira aún a militares y policías activos y retirados, que bien podrían mañana torpedear la implementación de lo acordado en La Habana, a través de la conformación de nuevos ejércitos privados.

Creo que a Uribe le interesa mantenerse en su condición de opositor y enemigo del proceso, porque la guerra que libró contra las Farc le dio óptimos resultados electorales. Y él está preso de esa condición. Su popularidad, aunque debilitada, está soportada en una doble condición: como guerrero y guerrerista y como “víctima” directa de las Farc.

Por eso, él mismo decidió quedarse por fuera. Por eso, el llamado que hace Álvaro Leyva quedará mas como un saludo de reconciliación y de buenas intenciones del ex ministro, que como una condición determinante para ponerle fin al conflicto y consolidar escenarios de paz.

Y en cuanto a la “petición” de ‘Timochenko’, esta debe entenderse realmente como una crítica válida contra el presidente Santos, que habla de paz y de reconciliación, mientras insiste en un modelo de desarrollo extractivo no sustentable y extiende en el tiempo la concentración de la tierra en pocas manos, circunstancia esta que precipitó el levantamiento armado en los años 60 y que permitió calificar como agrario a este largo y degradado conflicto armado.

Uribe decidió hace rato quedarse por fuera de la negociación y de cualquier discusión sobre la paz. Y lo hizo, porque él, a través de terceros, buscará llegar al poder bien para mantener el conflicto armado, o para lograr una paz que solo lo beneficie a él y a sus áulicos.




Imagen tomada de www.las2orillas.com.co


[4] La revista Semana tituló así lo dicho por el máximo comandante de las Farc: ‘Timochenko’ le pide a Santos “aislar” a Uribe (sic). http://www.semana.com/nacion/articulo/timochenko-le-pide-juan-manuel-santos-aislar-alvaro-uribe-velez/406731-3; EL TIEMPO, por su parte, tituló el hecho de esta manera: Que Santos ‘aísle posiciones extremas’ del Uribismo: Timochenko (sic). http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/comunicado-de-timochenko-a-juan-manuel-santos/14727975 

viernes, 19 de septiembre de 2014

LA PRENSA POR FUERA DE LA AGENDA DE LA HABANA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


De culminar bien el proceso de negociación en La Habana, el país deberá alistarse para diseñar y consolidar escenarios de posguerra, posconflicto e incluso, escenarios de posacuerdos[1]. En cualquier sentido, lo que se vendrá para el país demanda no sólo el apoyo de la ciudadanía y de las grandes mayorías al momento de refrendar lo acordado, bien por vía referendo o por el camino de una Asamblea Nacional Constituyente[2]  restringida, sino del concurso de actores políticos históricamente relegados de la discusión de los asuntos públicos que la paz exige para poderse consolidar.

Son ellos las fuerzas armadas, en especial los militares y en particular el Ejército, fuerza que ha llevado sobre sus hombros el desgaste de una guerra irregular que deviene degradada y sucia. De igual manera hay que exigir que los banqueros y los grandes “Cacaos” de este país participen y den la cara a la sociedad en la idea de explicar cómo se materializará su apoyo y financiación del posconflicto. Pero sobre estos no haré mayor referencia en este texto. Hablaré de los medios masivos de comunicación.

Estos actores políticos no fueron reconocidos como tal, tanto por la cúpula de las Farc como por los negociadores del Gobierno de Santos. Los desestimaron a la hora de proponer y concertar la Agenda que trazó la ruta del proceso de paz de La Habana.

Y en esa línea, los medios de comunicación, como empresas y actores políticos, son responsables de negativos y dañinos tratamientos periodístico-noticiosos que han hecho de los hechos y de las dinámicas de la guerra interna, a lo largo de estos 50 años. Por ello, la prensa debe hacer un mea culpa con el fin de develar los errores, pero especialmente los intereses que se movieron en los nefastos cubrimientos periodísticos que hicieron, por ejemplo, durante los procesos de paz adelantados por Belisario Betancur Cuartas, pero especialmente en los tratamientos que dieron a hechos noticiosos que afectaron el devenir del proceso de negociación del Caguán[3], durante el gobierno de Pastrana Arango.

Sigue siendo un error garrafal mantener por fuera de la discusión de la paz y de la guerra a los medios masivos y a la industria cultural. Es mucho lo que se debe cambiar de cara a posibles escenarios de posconflicto, posacuerdos y posguerra. Por ejemplo, el discurso publicitario debe cambiar profundamente. No puede ser que se continúe negando la existencia de los mundos afro, campesino e indígena. De igual manera, la publicidad sexista debe quedar atrás, si tenemos en cuenta que la mujer es hoy usada y cosificada por un discurso sexista que las irrespeta y subvalora y la exhibe como objeto de consumo.

Pero ese discurso discriminante no solo lo exhibe  la publicidad, sino que está en los propios operadores judiciales que desestiman los delitos sexuales cometidos por paramilitares, militares y guerrilleros, en el marco de un degradado conflicto armado. ¿No habrá una conexión socio cultural en esa forma en que unos y otros asumen, ven y se representan lo femenino, el cuerpo de la mujer y la mujer misma?

Los medios masivos, el periodismo, el cine, la publicidad y los anunciantes, entre otros, pueden coadyuvar a consolidar esos escenarios de reconciliación y paz que se necesitarán para aterrizar los acuerdos a los que se lleguen en La Habana, siempre y cuando acepten que se equivocaron, que siguen equivocados, pero que tienen la convicción de que es posible sacar adelante una paz integral, modificando discursos que claramente generan inconvenientes representaciones sociales (RS) para un país étnicamente diverso y culturalmente diferenciado.

En varias columnas he insistido en la necesidad de que el periodismo modifique sus valores/noticia y los criterios pretendidamente universales[4] con los cuales califican y elevan unos hechos al estatus de noticia. Como oficio, el periodismo no puede estar atado a unos principios, lógicas y rutinas aparentemente asépticas de cualquier orientación ideológica y política. Todos sabemos que la objetividad no es posible, que quizás mejor sea hablar de rigurosidad. Esa misma que le ha faltado a la prensa colombiana para cubrir los hechos  del conflicto armado interno.

Es claro que el conflicto armado interno no sólo tiene raíces agrarias[5], sino que en su devenir ha generado nuevas razones y explicaciones que cada vez más conectan con procesos de animosidad étnica y cultural hacia afrocolombianos, campesinos e indígenas. Pocos se atreven a exponer y reconocer que existan esas circunstancias de animosidad étnica. Creo, por el contrario, que las hay. En esa línea, los medios y el discurso noticioso han coadyuvado a que esa animadversión se profundice a través de la exposición y consolidación de imaginarios y RS poco propicias para incluir, aceptar, reconocer y respetar a quienes tienen cosmovisiones distintas, alejadas de la apuesta cultural hegemónica que se respira y se impone en urbes como Cali, Bogotá y Medellín, entre otras. Esa misma cultura hegemónica que los medios a diario imponen, y con la que se desconocen otras formas de asumir la vida, han atravesado los tratamientos noticiosos de hechos de la guerra que suceden en mayor medida en zonas rurales donde viven y sobreviven indígenas, afrocolombianos y campesinos.

Si bien es tarde para anexar un nuevo punto a la Agenda pactada en La Habana, ello no es óbice para que la sociedad civil[6] y la sociedad en general presionen a los medios masivos y a otros actores para que se modifiquen no sólo los discursos noticiosos y publicitario, sino que se garantice la pluralidad informativa. Y ello implica tocar la propiedad concentrada de los medios masivos. Es urgente hacerlo. La democracia tiene en la pluralidad informativa un valor y un motor importante de ambientación.

Si el proceso de La Habana se rompe, como aspiran en el Centro Democrático y otros sectores de derecha y ultraderecha, y más adelante los mismos actores que hoy dialogan en Cuba deciden volver a sentarse en una mesa de diálogo, ojalá entiendan que resulta definitivo incluir en esa eventual nueva agenda de paz, a los medios masivos y a todos aquellos actores y circunstancias  que configuran la industria cultural.

Hay suficientes análisis académicos que demuestran los errores cometidos y las posturas asumidas por los medios masivos de comunicación. Bastaría con revisarlos para darse cuenta que cada vez los medios masivos fungen como definitivos actores políticos y culturales, cuyas acciones no siempre apuntan hacia la reconciliación, sino hacia la polarización. 


Adenda: Uribe señala al Canal Capital y a otros medios de ser voceros del terrorismo. En esa misma lógica, ¿cómo llamar a aquellos medios y periodistas que se hincaron ante su poder durante los ocho años en los que mandó en Colombia?

miércoles, 30 de julio de 2014

CRISIS DE MANDO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Con las últimas acciones[1] de guerra de las Farc bien vale preguntarse si obedecen a un inocultable resquebrajamiento de la unidad de mando o a una política guerrerista emanada desde La Habana. Las Farc pueden estar sufriendo luchas intestinas, producidas por molestias en las unidades que están en territorio colombiano, frente a una cúpula que descansa en La Habana y que no está expuesta a la persecución de las fuerzas estatales.

Es probable que las columnas y/o frentes que recientemente derramaron petróleo crudo en ríos  y quebradas y los que derribaron torres de energía en Buenaventura y en el sur del país estén mandando mensajes claros a los miembros del Secretariado que hoy están en Cuba. Y los temas de ese posible reclamo pueden ir desde problemas crisis de liderazgo (sensación de abandono), logísticos, por el manejo de las finanzas, en especial de aquellos frentes responsables del negocio del narcotráfico, hasta los normales celos que se generan en aquellos comandantes de frente que reclaman un lugar en la mesa de diálogo de La Habana.

No es fácil mantener, a la distancia, la unidad de mando y eso lo saben ‘Iván Márquez’ y hasta el propio ‘Timochenko’. Puede haber frentes que deambulen confundidos y difusos en sus objetivos militares y políticos. Lo mejor que pueden hacer estos líderes es decir la verdad al país, antes de que el proceso de paz se rompa por físico cansancio del Gobierno frente a acciones demenciales que poco sentido político tienen, pero que repercuten negativamente en la confianza de una volátil opinión pública fácilmente manipulable y manipulada por la gran prensa. No se descarta que sectores económicos e incluso, militares estén ejerciendo presión para que el proceso de paz se rompa, al reconocer que los costos para mantener y consolidar la paz serían superiores a los que demanda hoy mantener la guerra.

Pero así como las Farc pueden estar sufriendo problemas con el mantenimiento de la unidad de mando y en la estructura monolítica que se supone representan como organización armada, lo mismo puede estar pasando dentro de las Fuerzas Militares. Baste sólo con recordar las recientes declaraciones del ex general Rey en el programa de televisión Los Informantes sobre el malestar que dentro de las filas hay contra el Presidente Santos y el proceso de paz y los hechos políticos en donde claramente se evidenció que dentro de las filas se estaba deliberando y tomando posiciones frente a las negociaciones de La Habana.

Si es así, estamos ante un escenario complejo y difícil en tanto que el proceso de paz sería no solo inviable, sino que perdería sentido político y estratégico de cara a pensar escenarios de posconflicto una vez la posguerra sea un hecho. Una cosa es que posterior a la firma de un eventual fin del conflicto armado un grupo de guerrilleros decida no acogerse y mantenerse en armas y otra muy distinta es que antes de un acuerdo definitivo, las Farc evidencien divisiones que puedan dar al traste con la unidad de mando que se reclama y se espera como garantía de que el Gobierno de Santos está negociando, efectivamente, con el pleno de la organización.

Similar situación puede suceder con la unidad de mando dentro de las fuerzas militares. La diferencia es que el Presidente, como comandante supremo, tiene el poder discrecional para llamar a calificar servicio a quienes se opongan a su política de paz  y al proceso de transformación de las fuerzas oficiales. Y aunque aquellas unidades operativas oficiales pueden hacer mucho daño a las negociaciones en La Habana, al asumir posturas de total inacción frente a los desafíos bélicos de las Farc, es poco probable que se organicen para dar un golpe de Estado, pero si terminen apoyando la conformación de ejércitos que se opongan a las acciones jurídicas encaminadas a devolver tierras o al funcionamiento de las llamadas Zonas de Reserva Campesina (ZRC).

Es urgente que las partes que dialogan en La Habana expongan con claridad lo que pueda estar sucediendo al interior de las estructuras armadas que unos dirigen y que otros representan como miembros del equipo negociador del Gobierno de Santos. Una prolongación sin sentido del proceso, hará más visibles esas divisiones y disidencias.

No es saludable mantener unas negociaciones cuando las fuerzas que combaten devienen en  procesos anárquicos y de discrecionalidad en tomas de decisiones que deben estar centralizadas. Y en este caso es preciso que actores de la sociedad civil, interesados en la paz y en el posconflicto, exijan claridad al Gobierno y a la dirigencia de las Farc en torno a si realmente existe unidad de mando en los ejércitos que cada uno mantiene en pie de lucha. De lo contrario, estaríamos ante un esfuerzo inane por mantener un proceso de de paz que al final ellos saben que  resultará en un fiasco, en un nuevo fracaso.



[1] Se consideran como hechos de guerra las últimas arremetidas de las Farc, aunque se trata de acciones ecocidas (derrame de crudo en ríos y quebradas)  y de ataques contra la infraestructura energética (como el caso de Buenaventura). 

jueves, 24 de julio de 2014

LA PAZ EN UN PAÍS DE REGIONES



Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Mientras avanzan las conversaciones de paz en La Habana y la ultraderecha, representada en el Congreso por el Centro Democrático, se dispone a ponerle obstáculos a los proyectos de ley que darán vida a escenarios de posconflicto, bien vale pena discutir sobre el tipo de paz que podemos construir en un país que no sólo deviene polarizado, sino que exhibe problemas de articulación y definición alrededor de unas ideas consensuadas que den vida y sentido a un proyecto de Nación que recoja nuestras diferencias, así como las ideas comunes.

Sobre esa circunstancia de ser un país de regiones, el centralismo bogotano y las élites regionales que funcionan como espejos de la élite bogotana, han perpetuado un Estado que sólo funciona en ciertos territorios y para ciertas unidades administrativas y específicas comunidades.

Es claro, en esa perspectiva, que la descentralización administrativa no ha funcionado. Es inoperante porque el centralismo bogotano es una vieja y oxidada bisagra que bien vale la pena remplazar. ¿Por qué no pensar en un modelo federal? A lo mejor al dar la discusión nos encontramos con la sorpresa de que poco o nada hay en común entre regiones, comunidades y grupos étnicos, lo que nos podría llevar a una secesión sin que ello implique una confrontación armada y nos lleve a un peor escenario. No se trata de eso. Simplemente, hay que explorar caminos de reconocimiento de la Nación  y de profundización del Estado como orden político y social, aceptando que en muchos lugares del territorio el Estado simplemente no existe, no llega o simplemente es inoperante y generador de violencia y problemas.

En las discusiones en La Habana debería de asumirse la discusión alrededor de la posibilidad de implementar en Colombia un régimen federal, pero no el modelo del siglo XIX, que dé real autonomía a estados regionales (o regiones autónomas) y coadyuve decididamente a golpear el anacrónico y dañino centralismo bogotano. Un centralismo que concentra la voz de mando, el poder y la corrupción, que deviene en Colombia, como el clientelismo, con un carácter institucional que los hace ya parte de la cultura y del devenir del país.

Así entonces, qué tipo de paz y de posconflicto podemos diseñar en un país que sigue siendo manejado por una élite bogotana que no sólo desconoce las particularidades regionales, sino que insiste  en reproducir una cultura dominante apegada a valores y principios premodernos, fincados en el poder de la Iglesia Católica, y en el que históricamente vienen ejerciendo gamonales y líderes políticos que actúan más como nuevos señores feudales, con poder económico y político, y lo más grave, con poder militar, en el sentido en que tienen acceso a ejércitos privados  que se sirven, de muchas maneras, de la cooptación mafiosa de sectores de la Fuerza Pública.

Pero además de la revisión del modelo político-administrativo, lo que el país necesita es un profundo cambio cultural. Hay que superar las atávicas prácticas culturales con las que se suelen desconocer procedimientos reglados, en el manejo de los recursos del Estado. La informalidad con la que muchos alcaldes y gobernadores manejan los recursos públicos y establecen relaciones entre el Estado y las comunidades, suele abrir las ventanas para un tipo de corrupción, aupada y legitimada por la cultura local. Eso es perverso.

No puede haber modelos discrecionales[1] de Estado. El Estado debe ser uno solo en su concepción de servicio y agenciamiento de lo público[2], así existan prácticas culturales, ancestrales o no, que hagan posible que la noción de Estado y el funcionamiento del mismo estén sujetos a cosmovisiones y ethos particulares asociados a maneras informales y subjetivas de entender la función pública.

El cambio cultural deviene generalizado. Es decir, las élites deben transformarse culturalmente. Sus precarias visiones de Estado y de Nación han coadyuvado en gran medida a consolidar el desorden, la indisciplina, la pobreza cultural, la displicencia, la corrupción y ese ethos mafioso con el que solemos hacer transacciones y con el que construimos las relaciones entre el Estado y la sociedad.

Así entonces, poner fin al conflicto armado interno resulta clave para avanzar hacia la posguerra, pero no tanto para llegar al posconflicto si al tiempo no aceptamos que culturalmente no sólo somos distintos por el asunto de las regiones, sino que hemos entronizado la idea de una paz armada con la que solemos actuar en el ámbito de lo público. Es decir, esa paz que nos da la confianza y el poder para caminar armados, con el discurso y con armas de fuego y ‘blancas’, con el propósito claro de violentar al que piensa distinto, al que es diferente. Baste recordar que bajo la inconveniente dicotomía Amigo-Enemigo se ‘gobernó’ al país entre 2002 y 2010.

En las relaciones Estado-Mercado-Sociedad hay que esculcar muy bien los conflictos y los problemas que hoy padecen los colombianos. No hacerlo nos llevará, muy seguramente, a alcanzar escenarios de paz armada, pero no reales escenarios de posconflicto en donde aprendamos a vivir y a respetarnos en la diferencia bajo la sombra de un Estado que sea realmente un referente de orden social, político, económico, pero sobre todo, cultural. Ese es el reto.

Mientras avanzan los diálogos de paz en Cuba y las guerrillas de las Farc y el ELN continúan agrediendo valiosos ecosistemas naturales y la propia vida de pueblos que el centralismo bogotano apenas reconoce, concentrémonos en modificar esas conductas que aún nos hacen premodernos. Por ejemplo, cambiemos la mirada que tenemos sobre lo femenino, sobre la mujer. Muy seguramente si logramos modificar la enfermiza y violenta masculinidad que exhibimos como sociedad machista, daremos pasos firmes hacia una mejor Nación.






Imagen tomada de internet de Lachachara.org


[2] Y esto, para el caso de que se implemente el régimen federal. No hay contradicción entre una idea única de Estado y la coexistencia de estados federados. Se requieren consensos alrededor de la función pública. El Estado, como imperio de la ley, pero también como garante de una vida digna para todos sus asociados. 

lunes, 21 de julio de 2014

CAMBIO CULTURAL Y PARTICIPACIÓN POLÍTICA DE LAS FARC

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


En el documento Informe Conjunto de la Mesa de Conversaciones[1] no se habla de la entrega o la disposición de curules para las Farc, a pesar de que hay acuerdos generales en el tema de participación política. Se plantean, eso sí, la creación de Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz de la Cámara de Representantes para campesinos, mujeres, sectores sociales y víctimas del conflicto armado interno.

Los temas sobre los cuales parece haber consenso entre las partes que dialogan en La Habana son la ampliación y la profundización de la democracia, a través de garantizar la pluralidad política e ideológica, en una sociedad tradicionalmente conservadora y en mucho sectores, goda. También se habla de garantías para la oposición y de la consolidación, por fin, de un Estatuto para la Oposición.  Incluso, se propone en dicho documento la creación del Sistema Integral de Seguridad para el Ejercicio de la Política. De igual manera, en el documento está consignada la necesidad de crear el Consejo Nacional para la Reconciliación y la Convivencia y un Tribunal Nacional de Garantías Electorales.  Visto así, pareciera que se trata de crear nuevas instituciones, lo que supone de inmediato la creación de burocracia.

Pero el asunto va más allá de crear instituciones. De lo que se trata es de avanzar hacia la transformación cultural del país. Y ello pasa por modificar sustancialmente las costumbres políticas, garantizar el control ciudadano de lo público, el ejercicio de una ética de máximos y no de mínimos como sucede hoy en Colombia. Proscribir el ethos mafioso que se ha entronizado en el Estado y en la sociedad. También es urgente fortalecer movimientos sociales que, con vocación política, puedan llegar al Estado y representar los intereses de sectores tradicionalmente invisibilizados. De igual manera, se necesita que haya pluralidad informativa, y para ello hay que modificar la estructura de la propiedad de los medios masivos y garantizar la viabilidad económica de medios alternativos y comunitarios. Son, pues, muchos los elementos, factores y circunstancias que deben cambiar, de cara a profundizar la democracia colombiana. Debemos pasar de una débil democracia electoral, a una democracia económica, política y social con niveles óptimos de vida democrática, en condiciones de dignidad para los ciudadanos.

No podemos desconocer que la entrega de curules para las Farc es un tema delicado y álgido para una sociedad polarizada y de sectores de poder económico, político, militar y mediático que ven como un premio inmerecido la entrega de curules[2] a quienes han violado los derechos humanos. Pero más allá de este asunto, lo que debe discutirse es una modificación sustancial de los modelos de Estado y el propio modelo de desarrollo. Sobre la posibilidad de que al movimiento político[3] que recoja las banderas políticas de las Farc se le otorguen de manera directa unas curules, en el documento se lee: “En lo que respecta a las garantías específicas para el nuevo movimiento que surja del tránsito de las FARC-EP  a la actividad política legal, hemos acordado discutir este tema como parte del punto 3 de la Agenda del Acuerdo General, Fin del Conflicto[4]”.

Que las Farc hagan política, más allá de las circunstancias y de los hechos jurídico-políticos previamente definidos en el Marco Jurídico para la Paz y los que se logren consensuar a través de los mecanismos de justicia transicional, demandará una verdadera revolución cultural en el pueblo colombiano, en especial en aquellos sectores que aún desconocen las condiciones en las que se dio el levantamiento armado y en aquellos ciudadanos que se resisten a examinar, con juicio, la legitimidad de un Estado débil, violento y excluyente como el que hemos construido todos los colombianos, bien por acción o por omisión; de igual manera, el esfuerzo cultural va dirigido hacia  aquellos que aún desestiman los problemas que ofrece tener una sociedad desordenada, indisciplinada y con graves dificultades en lo que alude a procesos de socialización.

Por lo anterior, firmar la paz con las Farc demandará no sólo grandes esfuerzos sociales, políticos, económicos e institucionales, sino culturales, con efectos claros en la forma como opera -y debería operar- la institucionalidad democrática, en un régimen democrático históricamente débil, excluyente y violento.

A lo anterior hay que sumar la posibilidad de que las curules de la UP sean asignadas de manera directa a un grupo de ex combatientes de las Farc, en el contexto de un tratado de paz firmado y validado jurídica y políticamente. Sobre este asunto, hay que señalar que el sometimiento a la voluntad popular suele entenderse como una condición democrática que nadie puede eludir, cuando decide someter a las urnas su nombre, una propuesta de gobierno o la aspiración a un cargo de elección popular.

Si lo propuesto está fincado en la necesidad de resarcir el nombre de quienes fueron asesinados por el Estado, en contubernio con fuerzas narco paramilitares, en lo que sin duda configuró un execrable genocidio, estaríamos ante una legítima acción de perdón por parte del Estado, que podría tener efectos sociales y políticos en los imaginarios que tienen los colombianos alrededor de lo que es la democracia y en las formas como ésta debe operar.

¿Por cuánto tiempo estarían asignadas las curules? ¿Cuatro años o más serán suficientes para que los congresistas farianos demuestren no sólo capacidad para legislar en pro de un mejor país, sino un fuerte compromiso ético-político diferenciado, eso sí, de las prácticas corruptas y de los intereses de una clase política tradicional que de tiempo atrás convirtió al Congreso en un apéndice de los grandes conglomerados económicos que se benefician de la actividad legislativa?

La propuesta ya genera preocupación e indignación en las élites tradicionales, en sectores del pueblo colombiano y en sectores políticos de una derecha que vería como un peligro que a las minorías de izquierda que hoy hacen presencia en el Congreso, se sume el trabajo legislativo de unos ex guerrilleros beneficiados por una enrarecida justicia transicional y por la negación transitoria del poder del voto popular. Y crecen las prevenciones y los miedos en el momento en que dichos ex guerrilleros y ahora congresistas puedan en el mediano plazo hacer un legítimo y necesario contrapeso a las decisiones interesadas de un Congreso que viene de tiempo atrás legislando para favorecer a sectores privilegiados con capacidad para hacer lobby ante los legisladores, en desmedro de los derechos de grandes mayorías.

El reto para los ‘nuevos’ congresistas farianos estaría en actuar para cambiar el rumbo de un país sometido a la voluntad de una clase política y empresarial mezquina, que insiste en continuar con la concentración de la riqueza en pocas manos y de beneficiar a empresas nacionales y multinacionales que continúan saqueando las riquezas que ofrece una biodiversidad mal administrada por parte del Estado.

Quienes defienden con fuerza esa circunstancia de la democracia que indica que toda propuesta política de poder debe pasar por la voluntad popular y definirse en las urnas, suelen olvidar que en Colombia el clientelismo es una institución social y política arraigada en la cultura, que le resta legitimidad a los procedimientos democráticos.

Cuando los congresistas de las Farc vean venir el fin de la medida excepcional que les daría las curules de manera directa, deberán abstenerse de apelar a las prácticas clientelistas que de tiempo atrás vienen usando la mayoría de los congresistas para llegar al Congreso y perpetuar su poder en dicha corporación. No existe hoy indicio cultural alguno que haga pensar que ese comportamiento no se daría en los ex guerrilleros, pero desde ya hay que instarlos para que no caigan en dicha práctica, si el escenario de participación política se da tal y como se dice que sucederá inexorablemente.

Así las cosas, el problema no estaría exclusivamente en hacer modificaciones a la institucionalidad democrática, sino en modificar sustancialmente la cultura, elemento que parece que poco se discute en La Habana y muchos menos, hace parte de los debates públicos y privados en Colombia.  

La debilidad de la democracia, la precariedad del Estado, la fuerza de la violencia política, la corrupción, el clientelismo y en general las prácticas cotidianas en amplios sectores sociales de este país tienen un profundo arraigo cultural que hace que los cambios institucionales excepcionales y transitorios que hoy exigen las Farc, resulten inocuos sino entendemos que Colombia, como país y como nación, deberá hacer ingentes esfuerzos para modificar sustancialmente las prácticas, cambiar los referentes y los valores culturales sobre los cuales se ha legitimado tanto la violencia ejercida por las Farc durante más de 50 años, como la que ejercen de tiempo atrás, contra las grandes mayorías, quienes han cooptado el Estado y  los partidos políticos para profundizar los privilegios de una clase dominante.

Bienvenidas todas las propuestas que se expongan para poner fin al conflicto armado interno y lograr, por ese camino, la desmovilización y la dejación de armas por parte de las Farc, pero primero deberíamos empezar por aceptar la nociva fuerza que ha ejercido la cultura dominante sobre amplios sectores sociales del país. Creo que un paso clave para alcanzar la paz y para lograr el cambio cultural que Colombia necesita está en que tanto la clase dirigente y política, como los líderes de las Farc, reconozcan sus delitos, errores y crímenes. Estaríamos ante un buen  punto de partida de cara a consolidar los cambios culturales que demanda la reconstrucción de este país. Es claro que tanto las Farc, como los miembros del equipo de negociación del Gobierno, exhiben aún en la mesa de diálogo una fuerte arrogancia que hace pensar en que no será fácil llegar a un acuerdo que deje contento a las partes y que no termine por profundizar la debilidad del Estado y en general, del orden social y político que hoy opera en Colombia.

Elementos para el cambio cultural

El respeto a la vida es un factor de cambio cultural que debe ser exigido por todos los que participan en las negociaciones de La Habana, como entre quienes seguimos en la distancia los diálogos de paz. Eso pasa por exigirle al Estado que guarde para sí el monopolio de las armas y por ese camino, se haga responsable de la vida y de la honra de sus asociados. Hacer el tránsito de un Estado premoderno, a uno moderno es una condición definitiva para que la revolución cultural inicie en un contexto propicio.

Mientras ello sucede, los colombianos debemos modificar culturalmente nuestros referentes de justicia, eliminando el imaginario individual de que ante la debilidad de la justicia, bienvenida la venganza a través de la contratación de sicarios que la hagan efectiva.

De igual manera, en el marco del respeto al Otro, debemos modificar sustancialmente las formas como venimos representándonos la mujer y lo femenino. El machismo y la cultura dominante no pueden insistir en un discurso publicitario que promueve un tipo de mujer que se somete a la voluntad del hombre y que actúa según lo que el machismo y la cultura conservadora le proponen, es decir, una mujer que sólo sirve para cocinar, atender al marido y tener hijos. La violencia, física y simbólica, contra las mujeres debe cesar, lo que nos pone ante un reto mayúsculo: estamos ante el reto de de-construir la dañina, enferma y perversa masculinidad que hoy impera en el país.

Y por ese camino de respetar a los demás, necesitamos proscribir los señalamientos que ciertos exponentes de la cultura dominante (conservadora y violenta), como el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado, vienen haciendo contra la comunidad LGTBI y contra aquellas mujeres, que siguiendo su conciencia y su ética, y de acuerdo con el marco jurídico, deciden abortar. Es decir, la planteada revolución cultural debe hacer posible que en este país nos reconozcamos en la diferencia, para desde allí, aceptar que en esa diversidad de formas de pensar y de cosmovisiones hay una inmensa riqueza y un fuerte principio con el cual podemos edificar una verdadera democracia.

Con todo lo anterior, el asunto de consolidar la paz a través de la desmovilización, la dejación de armas y la participación política de las guerrillas, no pasa exclusivamente por la aprobación de medidas excepcionales en la institucionalidad democrática, para hacer posible la reinserción de los guerrilleros. Necesitamos una revolución cultural de la que aún no son conscientes ni las Farc, ni los negociadores del Gobierno, y menos aún, la Iglesia Católica, el Procurador Ordóñez, el grueso de la población colombiana  y otros poderosos exponentes de la cultura dominante.




Imagen tomada de EL TIEMPO.com


[1] Firmado en La Habana en enero de 2014, por el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo, Farc-EP.

[2] Apartes de este documento fueron publicados en la revista Contextos de la Universidad Santiago de Cali, USC, bajo el título Cambio cultural y las curules de las Farc. Vol 2, Nro 7, 2013.

[3] Las Farc lanzaron en la clandestinidad el Movimiento Bolivariano para la Nueva Colombia.

[4] Documento Informe Conjunto de la Mesa de Negociaciones, p. 18.