YO DIGO SÍ A LA PAZ

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viernes, 22 de mayo de 2015

OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Para entender la suspensión del cese unilateral del fuego, que hace pocas horas las Farc ordenaron, a raíz del duro golpe recibido en zona rural de Guapi, Cauca, hay que remontarse a los hechos acaecidos en otra zona del golpeado departamento caucano, a mediados de abril del presente año.

La acción armada de las Farc en el Cauca, que dejó 11 militares muertos y otros tantos heridos, desató la más cruenta ofensiva de las Fuerzas Armadas, con el fin claro de vengar la muerte de los hombres que cayeron en el golpe de mano en territorio caucano.

Han sido reiterados los bombardeos de la Fuerza Pública, a patrullas y campamentos de las Farc, sin que hasta el momento haya un balance oficial y público de civiles muertos, heridos y desplazados por las acciones de guerra desplegadas. De igual manera, no hay cifras de animales muertos y mucho menos, un balance de los daños socio ambientales que dejan estas acciones de guerra.

La muerte de alias ‘Becerro’, en zona rural de Bojayá, generó terror entre la población civil y provocó el desplazamiento de comunidades asentadas en ese territorio. Antes de este operativo, se registró un bombardeo en un resguardo indígena, con el saldo de una persona muerta. Es decir, el conflicto se escaló, a partir de la acción perpetrada por las Farc en  inmediaciones del corregimiento de Timba, Cauca.

A pesar de las acciones de guerra del Estado, las Farc mantuvieron, hasta hoy, el cese unilateral al fuego, con varios hechos que darían cuenta de su incumplimiento, aunque no se descarta que hayan sido ‘obligados’, por el asedio de la fuerza pública.

El rompimiento de la medida obedece al duro golpe que hace unas horas, dieron fuerzas combinadas de aviación y ejército a las Farc, en zona rural de Guapi, en el departamento del Cauca, territorio históricamente en disputa. El saldo de guerrilleros muertos asciende a 26, lo que motivó a la dirigencia fariana a levantar la orden del cese unilateral del fuego. “Deploramos el ataque conjunto de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Policía ejecutado en la madrugada del jueves contra un campamento del 29 Frente de las FARC en Guapi (Cauca), en el que, según fuentes oficiales, resultaron asesinados 26 guerrilleros", manifestó a través de su página oficial el grupo guerrillero luego de anunciar la suspensión de la tregua unilateral declarada en diciembre”[1] 

 Si bien las acciones militares de parte y parte se enmarcan en la disposición concertada de dialogar en medio de las hostilidades, lo cierto es que a los ejércitos enfrentados, los anima cada vez más, un espíritu de venganza, que de manera sistemática los acerca a las prácticas de la ley del Talión (lex talionis).

De esta manera, y poco a poco, militares y guerrilleros, pierden el sentido y el objetivo político de su naturaleza como actores armados, para enfrascarse en una lucha vindicativa que dificultará en el mediano y largo plazo, los procesos de reconciliación que vendrán una vez se firme el fin del conflicto en La Habana. Es tal el talante vengativo de la lucha de estas dos fuerzas y la insensatez de sus dirigentes, generales y comandantes guerrilleros, que poco aprecian la vida de sus propios hombres en armas y menos aún, valoran el bienestar de los civiles que sobreviven a los bombardeos y a las acciones terrestres tanto de la Farc como del Ejército. El asunto de fondo es que ni guerrilleros y soldados rasos pueden comprender que ellos son, simplemente, instrumentos o fichas de una guerra que no ha logrado desestabilizar el orden establecido. De allí que su lucha, su honor y valentía poco o nada sumarán a la transformación del país, así se firme el fin del conflicto.

Solo la política puede parar los escenarios de barbarie, odio y venganza que guerrilleros y militares vienen consolidando en los territorios en disputa. Ojalá lo sucedido en Guapi, Cauca, provoque que las partes que dialogan en La Habana, pacten de una vez por todas un cese bilateral del fuego, con verificación nacional e internacional. Ello, en algo, detendría los ánimos vindicativos y sañudos con los que unos y otros vienen operando en los campos de batalla. Eso sí, dudo mucho que así sea, porque ese mismo ánimo vengativo de los ejércitos en disputa, lo exhiben actores y agentes sociales de la sociedad civil.

De un lado, los medios masivos vienen aupando y legitimando ese carácter vindicativo con el que operan las fuerzas armadas y que es compartido por sectores de la sociedad. Y lo hacen, a través de tratamientos noticiosos irresponsables[2] y lastimeros[3], que terminan por polarizar aún más a la opinión pública, que sigue enganchada en la trampa dicotómica, guerra o paz. De la misma manera, Acore, el Procurador Ordóñez y el Centro Democrático, vienen jugando un papel protagónico, al insistir en que, en lugar de hablar de un cese bilateral del fuego, lo que debe darse es la concentración de las Farc en un territorio, hasta que se firme el fin del conflicto que se negocia en territorio cubano.

Mientras las Farc se recuperan del golpe recibido, lo único que resta esperar es la respuesta militar que deben estar preparando para vengar la muerte de sus 26 compañeros. Y muy seguramente, el próximo golpe se produzca en las mismas condiciones en las que se produjeron los hechos de guerra de las Farc, en abril, y el que acaba de producir la fuerza pública en Guapi: mientras el enemigo duerme. 

Es decir, no se trata propiamente de “bajas” producidas en combate, sino en operaciones nocturnas y sorpresivas, que devienen, por supuesto, con toda la sevicia con la que se suele actuar cuando el enemigo duerme y da ventajas. Y ello se explica, porque no hay interés en demostrar superioridad y experticia en el campo de batalla,  a través de la puesta en marcha de estrategias militares, sino en producir el mayor golpe militar, porque ambos actores armados saben que allí estará atenta la prensa para cubrir los horrores que produce la guerra, con ese lenguaje noticioso que tanto daño produce en las audiencias.

Pareciera que ese carácter vindicativo, rencoroso, hostil y resentido, de unos y otros, se hiciera más fuerte al saber que después de los hechos de guerra, hay una prensa que está allí para magnificar sus acciones y con ello, quizás, agradar a los superiores que descansan, unos en La Habana, y otros, en cómodos y aireados casinos de oficiales.

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jueves, 25 de septiembre de 2014

DIVULGAR, COMUNICAR Y CONVENCER

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Una vez reelecto, Juan Manuel Santos Calderón reconoció que en su primer gobierno no se comunicó a la opinión pública, de la mejor manera, los logros alcanzados por su administración. En especial, no se informó y se comunicó con claridad y suficiencia sobre los avances y alcances de un proceso de paz considerado como la última oportunidad para alcanzar la tan anhelada paz. Dijo el Presidente que en su segundo periodo se iba a mejorar en este aspecto.

Desde esa circunstancia se puede comprender la decisión tomada por negociadores de Farc y Gobierno de ‘desclasificar’ los acuerdos parciales que hasta el momento han suscrito las partes que negocian en La Habana, alrededor de tres puntos a saber: Política Agraria, Participación Política y Narcotráfico.

Los medios televisivos, apegados a la lógica noticiosa y sin mayor análisis[1], abrieron sus noticieros con ese hecho convertido en la gran noticia del día: Gobierno y Farc divulgan acuerdos. Las explicaciones del Gobierno y de los sectores afectos daban cuenta del objetivo trazado con la divulgación de los acuerdos parciales: contrarrestar versiones que señalan de tiempo atrás que Colombia transitaría hacia el castro-chavismo, que el modelo económico, el Estado mismo y las fuerzas armadas se estaban negociando en La Habana, entre otras elucubraciones que han evitado que el proceso de paz gane credibilidad en una opinión pública que deviene manipulada y manipulable por una prensa que aún no comprende y menos ha asumido la responsabilidad histórica que tiene frente a la actual coyuntura política, representada en las negociaciones que se adelantan en Cuba y en iniciativas jurídico-políticas propias de escenarios de posconflicto como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y el propio Marco Jurídico para la Paz.

¿Quién hace- hará- pedagogía de la paz y el posconflicto?

He dicho en varias ocasiones que los medios de comunicación fungen cada vez más como actores políticos, con un poder de penetración que los convierte en armas letales para, si es el caso, dar al traste con las negociaciones de paz que se adelantan en La Habana. Si así lo hubieran entendido los negociadores de las Farc y del Gobierno, muy seguramente habría hoy en la Agenda de negociación un punto dedicado al papel del periodismo, de la industria cultural y a la propiedad concentrada de los medios de comunicación.

Aclimatar la paz es una tarea que requiere del concurso del periodismo, de los periodistas y de las empresas mediáticas. Y ello rebasa los alcances de la campaña Soy Capaz, que deviene cosmética, aunque sin duda hay que reconocer que aporta. Ambientar la paz, entendida inicialmente como la firma del fin del conflicto, y el posconflicto, requieren de un discurso periodístico-noticioso distinto al que la gran prensa colombiana históricamente ha usado para cubrir los hechos de la guerra y de las negociaciones de paz.

Se requiere, entonces, de un discurso periodístico-noticioso ya no sostenido en unos valores noticia sujetos a la falsa e inconveniente dicotomía Buenos-Malos, en donde los buenos están en las ciudades y los malos en el monte levantados en armas. Esa mirada moralizante, aupada y exacerbada por fuentes oficiales, como la castrense y las fuentes autorizadas de la llamada Oposición, no ha permitido concebir una opinión pública capaz de discernir sobre el conflicto armado interno con mediana claridad sobre las circunstancias objetivas que permitieron el levantamiento armado en los años 60 y menos aún, sobre las circunstancias locales y mundiales que hoy rodean y hacen viable el proceso de negociación de La Habana.

Mientras los medios no cambien o modifiquen sus rutinas de producción noticiosa, ambientar la paz en una sociedad escindida y en una opinión pública polarizada será muy difícil, especialmente en lo que tiene que ver con la refrendación de los acuerdos a los que se lleguen en Cuba.

Allí hay un riesgo enorme de que el referendo que se diseñe para refrendar lo acordado en La Habana fracase. Y podrá ocurrir, mientras los medios y el periodismo no morigeren un discurso periodístico-noticioso empobrecido, provocador y polarizante, pensado más para continuar con el cubrimiento escabroso y morboso de la guerra, que para cubrir experiencias de paz, reconciliación y posconflicto que sirvan de ejemplo para una sociedad que parece acostumbrada a ver, escuchar y leer los horrores de una guerra degradada.

La pregunta es: ¿quién asumirá la tarea de hacer una pedagogía de y por la paz y el posconflicto? Si no son los medios de manera directa, qué actores sociales están dispuestos a asumir el reto de posicionar otras Representaciones Sociales, otros imaginarios y por ese camino, generar una opinión pública distinta, que sea capaz de entender que es urgente que se firme el fin del conflicto y el Estado y la sociedad se dispongan a transformar -reconstruir- culturalmente una nación que exhibe procesos civilizatorios que bien pueden calificarse como semi fallidos.  

La campaña Soy Capaz es un esfuerzo importante, pero no suficiente. Hay que llegar a las grandes mayorías. Hay que traducir, por ejemplo, el discurso de los acuerdos parciales divulgados por la prensa, a un lenguaje fácilmente digerible para estudiantes, amas de casa, obreros y en general gente del común, con el claro objetivo de que entiendan qué se está negociando en La Habana, para luego generar en ellos una opinión positiva frente a la urgente necesidad de refrendar a futuro lo que se acuerde en la mesa instalada en Cuba. Universidades, iglesias, canales comunitarios y otros medios alternativos, y otros actores de la sociedad civil deben asumir la tarea de hacer pedagogía por la paz, la reconciliación, el perdón y el respeto a la diferencia en sectores populares en donde el conflicto armado y las negociaciones de paz aún no atraviesan las vidas cotidianas de millones de colombianos.

Si los documentos “desclasificados” y otros que mañana se divulguen no llegan traducidos a las grandes mayorías, se verá comprometido el proceso electoral de refrendación de los acuerdos y la legitimidad de unos escenarios de posconflicto que no sólo dependerán de decisiones jurídico-políticas y económicas, sino de un profundo cambio cultural de un pueblo que deviene acostumbrado a ver, presenciar y sufrir expresiones de múltiples violencias, entre ellas las generadas por las propias dinámicas del conflicto armado interno. Por lo anterior, no basta con divulgar documentos. Hay que comunicar y convencer que es mejor vivir en paz y no en medio de la guerra.







[1] Los medios y los periodistas no dijeron que de tiempo atrás se conocen varias versiones de documentos que recogen los acuerdos parciales alcanzados en La Habana. Por ejemplo, no dijeron que de tiempo atrás circula, junto a otros documentos,  El Informe Conjunto de la Mesa de Conversaciones entre el Gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- Ejército del Pueblo, Farc-EP, de enero de 2014. En este texto están consignados los puntos 1 y 2, de la cuestión agraria y participación política. Ver foto. 

viernes, 22 de agosto de 2014

VÍCTIMAS, ACADÉMICOS Y MILITARES

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Después de una seguidilla de hechos violentos perpetrados por las Farc y de ‘amenazas’  de rompimiento de los diálogos, el proceso de paz de La Habana pasa, por estos días, por un buen momento desde la perspectiva de la entrega de buenas nuevas.

El mismo proceso de negociación genera y exhibe hechos históricos que hacen pensar que la firma del fin del conflicto está cerca. Y es así, por la llegada a Cuba de un grupo de personas que representa a las víctimas de los actores armados; y de otro compuesto por académicos que buscarán generar consenso alrededor de las causas y las circunstancias contextuales que coadyuvaron y justificaron el surgimiento del conflicto armado interno; de igual manera, por el arribo de una comitiva de militares activos, que asesorará a los negociadores del Gobierno en asuntos que guardan relación con la posible dejación de armas, la desmovilización de los guerrilleros de las Farc y el desminado de zonas en las que las Farc ‘sembraron’ artefactos explosivos, entre otros temas que requieren de la experticia castrense.

Es decir, por cuenta de las víctimas, los académicos y de los militares activos, el proceso de paz de La Habana entra en una etapa definitiva, que parece no tener reversa o factor de poder  alguno que lo detenga, salvo que las ‘fuerzas oscuras’ asesinen a una personalidad que presione al Presidente a que rompa los diálogos. Recordemos que el presidente Santos dijo que “si atentan contra una figura importante explota el proceso de paz[1]. No se puede descartar que ello suceda, puesto que dentro de las propias fuerzas armadas y en sectores económicos, sociales y políticos de ultraderecha, hay intereses creados que presionan y buscan extender la guerra por otros 50 años más.

Lo positivo también es negativo

Para quienes creen que lo mejor que le puede pasar al país es ponerle fin al conflicto armado interno, los últimos hechos resultan ser positivos. Muy positivos. Pero para aquellos sectores de poder, minoritarios por cierto, pero influyentes en una engañada opinión pública, la llegada de representantes de las víctimas, de los académicos y especialmente de militares activos, se convierte en un hecho no sólo negativo, sino grave.

Esas reacciones tienen nombre propio: Centro Democrático, manejado por el ex presidente Uribe Vélez, detractor de Santos y enemigo acérrimo del proceso de paz. Se suma a esa reacción negativa el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez Maldonado, quien además de oponerse a las negociaciones, en específico lo viene haciendo contra el Marco Jurídico para la Paz y contra lo que  será la justicia transicional.

Ante la arremetida de estos exponentes de la ultaderecha colombiana, Santos sale a los medios y aclara las funciones que cumplirán tantos los militares, como los académicos que arribaron a Cuba. No serán negociadores los primeros, y los segundos no hacen parte de una adelantada Comisión de la Verdad.

El senador del Centro Democrático señaló que demandará la decisión de Santos de enviar militares a Cuba, por cuanto considera el ex presidente que éstos van a negociar con las Farc, lo que constituye una práctica deliberatoria que la Constitución  prohíbe a los uniformados. En concreto el polémico político antioqueño se refiere al artículo 219 de la Carta Política, que señala que “la fuerza pública no es deliberante; no podrá reunirse sino por orden  de autoridad legítima, ni dirigir peticiones, excepto sobre asuntos que se relacionan con el servicio y la moralidad del respectivo cuerpo y con arreglo a la ley. Los miembros fuerza pública no podrán ejercer la función del sufragio mientras permanezcan en servicio activo, ni intervenir en actividades o debates de partidos o movimientos políticos[2].  

Exagera y se equivoca el senador del Centro Democrático. Las funciones dadas al grupo de militares activos que viajó a La Habana no hacen parte de las asignadas al equipo negociador del Gobierno de Santos. Es decir, no tienen un sentido político que implique la deliberación y la discusión de asuntos o temas que hacen parte de la agenda de negociación pactada. Ese grupo de militares no discutirá con los negociadores de las Farc asuntos como la integridad del territorio y el orden constitucional.

Hay que señalar que la preocupación del señor senador por las fuerzas armadas no es genuina. Él mismo, cuando fungió como Comandante Supremo entre 2002 y 2010, debilitó la institucionalidad militar al manejar los asuntos castrenses desde lógicas privadas, asociadas a su carácter megalómano, mesiánico y profundamente autocrático. Tomó decisiones que irrespetaron los conductos regulares  y manejó a la fuerza pública como si fuera su propio cuerpo armado.


Lo que se viene

Hay que buscar con urgencia el cese bilateral al fuego y evitar que el proceso entre en un profundo desgaste frente a la opinión pública, manipulada por unos medios masivos que no acompañan del todo las negociaciones en La Habana. En especial, porque lo acordado, se espera que sea refrendado en las urnas. Por ello, se necesita un cese total de hostilidades, para desarmar a quienes desde la ultraderecha buscan que la guerra se mantenga.

Si bien  hay acuerdos preliminares sobre tres puntos y hay avances en los 4 y 5 de una agenda pactada a seis, estos son y serán los momentos y las circunstancias más delicadas del proceso de paz. Del lado de las Farc, es urgente que los negociadores aseguren que tienen el control total sobre sus frentes. Y por el lado del Gobierno, deberá no sólo poner en cintura a los miembros de la fuerza pública que no estén comprometidos con el fin del conflicto, sino evitar que la ultraderecha atente contra las negociaciones, pues bastaría con atentar o matar a una figura importante, para romper las negociaciones.  Así como podemos pensar que está cerca la firma del fin del conflicto, de igual forma podemos advertir que las negociaciones se pueden romper en cualquier momento.

martes, 19 de agosto de 2014

LAS VÍCTIMAS EN LA HABANA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Gracias a que recientemente el Estado colombiano y las Farc se reconocieron como victimarios, en el contexto del conflicto armado interno, el país registró la llegada a Cuba de una delegación de víctimas de esa guerrilla, de los paramilitares y por supuesto, de la Fuerza Pública.

Con la llegada a La Habana de un grupo no representativo del total de las víctimas de las Farc y de los otros actores armados,  la credibilidad en el proceso de paz se fortalece.Con la presencia de las víctimas, los diálogos de paz toman un carácter distinto, más sensible y desprovisto del cálculo político con el que se negocia en este tipo de procesos; y por momentos,  logra dejar de lado la arrogancia de los combatientes que aún se asesinan en las zonas rurales y la de los propios negociadores que siguen orientaciones e intereses particulares. Tanto los representantes de las Farc como los del Gobierno siguen un libreto que no necesariamente está en total correspondencia con los temas de la Agenda pactada.

La llegada de las víctimas, los relatos y las expresiones de perdón de la cúpula de las Farc blindan, momentáneamente, el proceso de paz contra las embestidas político-mediáticas de sectores de derecha y ultraderecha, interesados en el colapso de las negociaciones.

Al parecer, y hasta el momento, el manejo del encuentro entre víctimas y victimarios fue respetuoso, solemne y alejado del discurso morboso de un periodismo que muy seguramente esperaba registrar los gestos de los dirigentes de las Farc, en el encuentro con sus víctimas, para buscar fuentes ‘autorizadas’ para (des)calificarlos y descifrar si eran sinceros o no.  Por fortuna, ello no ocurrió.

Justamente por ese discurso periodístico moralizante, que todo lo reduce a lo curioso, a lo espectacular y a la dicotomía bueno-malo, este y otros encuentros entre víctimas y victimarios deben seguirse dando en privado. A partir de este primer encuentro se puede afinar un protocolo que asegure que los encuentros entre víctimas y victimarios se dé en inmejorables condiciones de dignidad y respeto. En este aspecto el periodismo colombiano aún no está preparado para registrar, informar y explicar el significado ético, moral y político de un encuentro histórico que el grueso de la sociedad debería de reconocer y valorar.

Finalmente, el dolor, la rabia y la impotencia de los familiares que perdieron a sus seres queridos a manos de los actores armados (Estado, Paramilitares y Guerrillas), hacen parte de la intimidad de aquellos a los que la guerra los tocó y los marcó para siempre.

Luego de estos encuentros, deberán abordarse otros asuntos, ya más propios de la ‘técnica‘ de la negociación, como la verdad de lo sucedido con las muertes de los civiles y combatientes asesinados, las coordenadas de las fosas en donde fueron sepultados,  las cuantías de las reparaciones económicas, el origen de los dineros y las públicas disculpas, entre otros elementos que deberán tenerse en cuenta.

La llegada de las víctimas a Cuba pone un punto alto y diferenciador con respecto a otros procesos de paz. Si las negociaciones llegaran a romperse y de mantenerse las guerrillas en pie de lucha, un próximo proceso de paz deberá no sólo fincarse en una Agenda alcanzable y razonable como la planteada para el actual proceso en La Habana, sino sostenerse en la apertura de espacios para escuchar a las víctimas y de esta forma dignificar la vida de quienes murieron por la acción directa o indirecta de unos actores armados que poco o nada han respetado las normas de la guerra.

Ojalá que los diálogos privados entre victimarios y víctimas sirvan para relativizar el sentido de aquel principio de la guerra justa, que los combatientes invocan para justificar su accionar político-militar.

Es tiempo de la reconciliación, del perdón y de la reconstrucción del país. Otro país es posible, pero ello no depende exclusivamente de quienes dialogan en la Mesa instalada en la Isla de los Castro. Depende de las élites de poder económico y político y del resto de colombianos, en especial de aquellos cientos de miles que siguen convencidos de que lo que ha enfrentado el Estado ha sido una amenaza terrorista. Ese principio y valor ideológico que Uribe logró entronizar en muchos colombianos, con la anuencia de los medios masivos, es el principal escollo que enfrentará el proceso de paz una vez lo acordado sea refrendado a través de un Referendo.

Hay que valorar la llegada de las víctimas y hacer de este momento histórico un punto de partida que nos acerque  a la reconciliación y abra caminos de reconstrucción de la sociedad.


Adenda: la anunciada llegada de miembros de las Fuerzas Militares a la mesa de negociaciones también debe de servir para oxigenar un proceso de paz golpeado por hechos de guerra, muy bien aprovechados por la gran prensa para restarle credibilidad y seriedad ante una frágil y maleable opinión pública. Los combatientes también merecen un espacio de diálogo, en especial si este ha de servir para poner en común esas cuestionables ideas de Patria y soberanía que tanto guerrillas como militares enarbolan para justificar su presencia en el campo de batallla. Y deben servir también esos encuentros para que unos y otros, se avergüencen de lo ocurrido, en especial por su capacidad de producir dolor y masivas incertidumbres. 



Imagen tomada de canalcapital.gov.co

miércoles, 30 de julio de 2014

CRISIS DE MANDO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Con las últimas acciones[1] de guerra de las Farc bien vale preguntarse si obedecen a un inocultable resquebrajamiento de la unidad de mando o a una política guerrerista emanada desde La Habana. Las Farc pueden estar sufriendo luchas intestinas, producidas por molestias en las unidades que están en territorio colombiano, frente a una cúpula que descansa en La Habana y que no está expuesta a la persecución de las fuerzas estatales.

Es probable que las columnas y/o frentes que recientemente derramaron petróleo crudo en ríos  y quebradas y los que derribaron torres de energía en Buenaventura y en el sur del país estén mandando mensajes claros a los miembros del Secretariado que hoy están en Cuba. Y los temas de ese posible reclamo pueden ir desde problemas crisis de liderazgo (sensación de abandono), logísticos, por el manejo de las finanzas, en especial de aquellos frentes responsables del negocio del narcotráfico, hasta los normales celos que se generan en aquellos comandantes de frente que reclaman un lugar en la mesa de diálogo de La Habana.

No es fácil mantener, a la distancia, la unidad de mando y eso lo saben ‘Iván Márquez’ y hasta el propio ‘Timochenko’. Puede haber frentes que deambulen confundidos y difusos en sus objetivos militares y políticos. Lo mejor que pueden hacer estos líderes es decir la verdad al país, antes de que el proceso de paz se rompa por físico cansancio del Gobierno frente a acciones demenciales que poco sentido político tienen, pero que repercuten negativamente en la confianza de una volátil opinión pública fácilmente manipulable y manipulada por la gran prensa. No se descarta que sectores económicos e incluso, militares estén ejerciendo presión para que el proceso de paz se rompa, al reconocer que los costos para mantener y consolidar la paz serían superiores a los que demanda hoy mantener la guerra.

Pero así como las Farc pueden estar sufriendo problemas con el mantenimiento de la unidad de mando y en la estructura monolítica que se supone representan como organización armada, lo mismo puede estar pasando dentro de las Fuerzas Militares. Baste sólo con recordar las recientes declaraciones del ex general Rey en el programa de televisión Los Informantes sobre el malestar que dentro de las filas hay contra el Presidente Santos y el proceso de paz y los hechos políticos en donde claramente se evidenció que dentro de las filas se estaba deliberando y tomando posiciones frente a las negociaciones de La Habana.

Si es así, estamos ante un escenario complejo y difícil en tanto que el proceso de paz sería no solo inviable, sino que perdería sentido político y estratégico de cara a pensar escenarios de posconflicto una vez la posguerra sea un hecho. Una cosa es que posterior a la firma de un eventual fin del conflicto armado un grupo de guerrilleros decida no acogerse y mantenerse en armas y otra muy distinta es que antes de un acuerdo definitivo, las Farc evidencien divisiones que puedan dar al traste con la unidad de mando que se reclama y se espera como garantía de que el Gobierno de Santos está negociando, efectivamente, con el pleno de la organización.

Similar situación puede suceder con la unidad de mando dentro de las fuerzas militares. La diferencia es que el Presidente, como comandante supremo, tiene el poder discrecional para llamar a calificar servicio a quienes se opongan a su política de paz  y al proceso de transformación de las fuerzas oficiales. Y aunque aquellas unidades operativas oficiales pueden hacer mucho daño a las negociaciones en La Habana, al asumir posturas de total inacción frente a los desafíos bélicos de las Farc, es poco probable que se organicen para dar un golpe de Estado, pero si terminen apoyando la conformación de ejércitos que se opongan a las acciones jurídicas encaminadas a devolver tierras o al funcionamiento de las llamadas Zonas de Reserva Campesina (ZRC).

Es urgente que las partes que dialogan en La Habana expongan con claridad lo que pueda estar sucediendo al interior de las estructuras armadas que unos dirigen y que otros representan como miembros del equipo negociador del Gobierno de Santos. Una prolongación sin sentido del proceso, hará más visibles esas divisiones y disidencias.

No es saludable mantener unas negociaciones cuando las fuerzas que combaten devienen en  procesos anárquicos y de discrecionalidad en tomas de decisiones que deben estar centralizadas. Y en este caso es preciso que actores de la sociedad civil, interesados en la paz y en el posconflicto, exijan claridad al Gobierno y a la dirigencia de las Farc en torno a si realmente existe unidad de mando en los ejércitos que cada uno mantiene en pie de lucha. De lo contrario, estaríamos ante un esfuerzo inane por mantener un proceso de de paz que al final ellos saben que  resultará en un fiasco, en un nuevo fracaso.



[1] Se consideran como hechos de guerra las últimas arremetidas de las Farc, aunque se trata de acciones ecocidas (derrame de crudo en ríos y quebradas)  y de ataques contra la infraestructura energética (como el caso de Buenaventura).