YO DIGO SÍ A LA PAZ

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

DISQUISICIONES SOBRE LA INSTITUCIONALIDAD (II)

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

La institucionalidad recoge los elementos y factores culturales que rodean los ejercicios de la función pública (operación del Estado) y los de la función particular (operación privada de actores de la sociedad civil en el Mercado). Ejercicios estos, cuyos resultados se expresan en condiciones y circunstancias que garantizan, de un lado, la legitimidad del Estado y, del otro, coadyuvan o no, a la consolidación de una idea más o menos universal de lo público (lo que nos interesa a todos).

Con un Estado débil y precario como el colombiano, que opera bajo la influencia de un ethos mafioso que disímiles élites de poder y el grueso de la sociedad comparten, la institucionalidad deviene igualmente endeble y deleznable por la acción simbólica y práctica de ese ethos mafioso y por supuesto, por el sentido negativo y empobrecido que de lo Público tienen los colombianos, en el momento, por ejemplo, de exigir sus derechos, discutir asuntos de interés general, o reflexionar en torno a otros que comprometen las relaciones entre el Estado y la sociedad.

En todo lo anterior, los medios de comunicación juegan un papel importante dado que de forma permanente el discurso periodístico-noticioso recoge los elementos y las circunstancias en las que la institucionalidad estatal y particular (privada) se manifiestan, a través de funcionarios públicos, proyectos de infraestructura, opiniones de voceros de actores de la sociedad civil, la ejecución de políticas públicas, así como otros hechos jurídicos y políticos.

Los líderes mesiánicos suelen debilitar las instituciones y afectar negativamente la legitimidad derivada o proyectada. Tal situación puede revelar con claridad, las intenciones democráticamente restrictivas de aquellos que sienten que son los “elegidos” y los únicos capaces de gobernar o liderar procesos; de igual manera, pueden observarse las fracturas de los consensos reglados sobre los cuales las instituciones suelen apoyar sus procedimientos, decisiones y actuaciones.

Por supuesto que la institucionalidad estatal y las institucionalidades privadas derivadas de los actores de la sociedad civil que interactúan entre sí y con el Estado, son fruto de las relaciones y de los factores de poder que actúan dentro del Estado, fuera de él o que simplemente hacen viable jurídica y políticamente un orden constitucional e institucional.

Pero así como la institucionalidad estatal como la particular resultan de un trasfondo cultural complejo y determinante, de igual manera guardan estrecha relación con las formas en las que el poder se manifiesta, dispone y determina las relaciones del Estado con una sociedad civil que para el caso colombiano exhibe una histórica confusión entre lo público  y lo privado.

Lo anterior ha permitido consolidar actividades para-estatales que van deformando la idea de Estado moderno y sometiendo su funcionamiento a las lógicas de específicos particulares que han logrado penetrar el Estado para cooptarlo y capturarlo, en beneficio de las instituciones privadas, con el consecuente debilitamiento de la institucionalidad estatal.

Decía Foucault que el poder no está localizado en el aparato de Estado, y nada cambiará en la sociedad si no se transforman los mecanismos de poder que funcionan fuera de los aparatos de Estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera más minuciosa, cotidiana”.

Más complejo resulta sostener una operación institucional proclive a la consolidación del Estado e incluso, a garantizar su legitimidad, cuando se reconoce el funcionamiento de un Estado paralelo que aparece por la acción administrativa y política de redes de corrupción o de grupos de poder que por todos los medios buscan cooptar y capturar el Estado para someterlo a las pretensiones individuales y grupales de unos pocos.

La operación del Estado colombiano, en las circunstancias descritas, da vida de forma cotidiana a un Estado paralelo, que es maniobrado por grupos de poder, legales e ilegales, que de disímiles maneras debilitan no solo el sentido de lo Público y de lo público-estatal, sino la confianza que los ciudadanos de forma natural depositan en el Estado, para sentirse seguros y en espera de que este los guíe moralmente y atienda sus demandas sentidas a través de efectivas, eficaces, eficientes y consensuadas políticas públicas.

Al anterior panorama,  se suma la idea de que el Estado es una abstracción y que como tal no se le pueden endilgar responsabilidades, dado que su funcionamiento y eficacia dependen no solo del poder político en el contexto de un régimen presidencialista, sino de fuerzas del mercado nacional e internacional claramente alineadas con el orden financiero internacional.

No podemos olvidar que el Estado se erige  como un símbolo de poder  en el que la ciudadanía suele confiar, de ahí que sus disfuncionalidades terminan erosionando, por ejemplo, el poder presidencial y los de otras entidades gubernamentales que ayudan a hacer aterrizar lo que para muchos es una entidad metafísica, por fuera de cualquier posibilidad de confrontación política y discursiva.


Tal abstracción se supera con la operación efectiva de las instituciones estatales, lo que de inmediato hace que sobre la institucionalidad pública recaiga la confianza o la desconfianza de los ciudadanos, asegurándose de esta forma niveles de legitimidad o ilegitimidad. 






lunes, 18 de mayo de 2015

Egos, institucionalidad, poder y masculinidad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador  social y politólogo

Solemos concentrar los análisis, la crítica y la comprensión de los problemas del país, en los hechos y en los actores políticos y en los efectos y consecuencias de determinadas decisiones.  De esta manera, ocultamos o dejamos en la sombra, factores y elementos culturales que atraviesan la vida de agentes políticos, personajes de la vida pública y, por supuesto, la  de la sociedad en general.

Por ejemplo, hay consenso académico y político alrededor del origen agrario del conflicto armado interno. Pero poco miramos la racionalidad masculina que hay detrás de aquellos que, desde la legalidad o la ilegalidad, defendieron y defienden sus propiedades rurales, o decidieron expropiar a comunidades vulnerables como las indígenas, afros y campesinas. Y dentro de esa dañina y violenta racionalidad masculina, está la idea de Macho, la misma que latifundistas, paramilitares, militares y guerrilleros, exhiben a la hora de defender y luchar por lo que cada uno considera que es legal y legítimo. Sobre esa idea de hacerse Macho y poderoso y, de dominar grandes extensiones de tierra,  latifundistas y ganaderos apoyaron el paramilitarismo.

A esa racionalidad  de Gran Macho propietario, se suman elementos propios de hombres que no lograron conectar su ética privada, con la moral pública. Moral pública que deviene profundamente afectada por la corrupción y claro está, por esa dañina masculinidad asociada al poder y a la dominación.

Miremos qué puede haber detrás de las actuaciones de personajes como el Procurador Ordóñez, el Fiscal Montealegre y el Presidente de la Corte Constitucional, Jorge Pretel Chaljub. Todos tres, hombres y machos cabríos que, envilecidos por el poder político que sus cargos otorgan, actúan desde sus mezquinos intereses y convicciones y por ese camino, debilitan las instituciones y someten a sus caprichos, la institucionalidad que juraron respetar.

Pretel Chaljub, además de Magistrado comprometido en la venta de un fallo de tutela (caso Fidupetrol o conocido como Fidupretel), juega a ser latifundista y ganadero, de allí que la adquisición irregular de unos predios rurales, sea un asunto secundario y “normal” para él, dado que, simplemente, siguió la línea comportamental de quien lo llevó a la Corte Constitucional; el mismo, que se siente Macho y poderoso, oteando desde un cerro, sus dominios territoriales, haciendas, sus vacas y caballos. De igual manera, el comportamiento asumido por Pretel para aferrarse a su cargo, a pesar de la ilegitimidad que le acompaña por sus actuaciones irregulares, oscuras y profundamente inconvenientes para el desarrollo de la función pública desde una Corporación en la que cientos de miles de colombianos creímos. Confianza que depositamos, cuando hubo en ella hombres distintos, probos. Estoy hablando de José Gregorio Hernández y Carlos Gaviria, entre otros.

El caso de Ordóñez representa el ejercicio de un ego con características reformadoras, que hacen de él, una suerte de nuevo Regenerador, capaz de perseguir impíos, es decir, mujeres que abortan,  homosexuales y algunos pocos corruptos, que se alejaron de su doctrina religiosa. Tan poderosa es su idea de Macho Regenerador, que olvidó por completo cuáles son sus deberes y obligaciones constitucionales como jefe del Ministerio Público. Este ladino personaje viene actuando, atrincherado en la Procuraduría, institución que convirtió en una Catedral desde donde persigue funcionarios públicos, mujeres y homosexuales,  y claro está, en una gran sede de campaña, con miras a llegar a la Casa de Nariño en 2018, con el claro propósito de doblegar el espíritu liberal de la Carta de 1991. No sabemos si tiene fincas o haciendas. De todas formas, el edificio de la Procuraduría es su feudo electoral, político y religioso. Para qué más. Es, de tiempo atrás, el alter-ego del mismo personaje que puso en la Corte Constitucional a Jorge Pretel, de allí que su campaña hacia la Presidencia hay que entenderla como parte del proyecto neoconservador que impuso ese otro Macho que mandó en Colombia entre 2002 y 2010.

En lo que corresponde al Fiscal Montealegre, hay que decir que su ego lo ha llevado, poco a poco, al lugar esperado por muchos: ser intocable. La actitud asumida contra la reforma política que busca el equilibrio de poderes, en un sistema profundamente presidencialista, lo viene convirtiendo en una suerte de nuevo emperador. Además, sus millonarias asesorías a Saludcoop, expresan el afán moderno de hacerse rico y exitoso, lo que finalmente terminó por facilitarle el camino a Palacino y a todos aquellos que malversaron recursos de la EPS y del Estado. No sabemos si Montealegre tiene fincas o haciendas, pero de igual manera, actúa como un Machito ostentoso e incapaz de ceder poder,  con el propósito de aportar a la consolidación de la institución que dirige y por ese camino, a la institucionalidad estatal.  Desde la Fiscalía otea hasta dónde puede llevar sus ansias de poder.

Detrás del Fiscal, del Procurador y del Presidente de la Corte Constitucional, se esconden las más profundas prácticas, principios y aspiraciones de una cultura que deviene mafiosa y profundamente asociada a los egos de hombres (Machos) que han hecho todo para hacerse con una parte del Estado, para  ocultar sus problemas de reconocimiento y autoestima.

Así entonces, el origen agrario del conflicto armado colombiano no puede analizarse exclusivamente sobre la lucha por la tierra y el sometimiento y la transformación de territorios, sino en un ethos fundado por una idea equivocada de ser hombre, sostenida a su vez, en otra de mayor alcance: dominar la Naturaleza.

Por lo anterior, debemos poner nuestros esfuerzos de cambio y construcción de la paz, sobre la base de transformar las ideas que alrededor de ser hombre, macho, poderoso y exitoso, nos impuso la cultura dominante, en especial aquella que desde las ciudades y lo urbano, construyeron negativas, imprecisas y defectuosas Representaciones Sociales (RS) alrededor de lo rural, la ruralidad que de ella se desprende y  por supuesto, de la gente que vive allí en esos territorios.

Es hora de decir No Más a Ególatras, Mesiánicos, Machos, Latifundistas y Regeneradores dentro del Estado. Sobre esas y otras características, la corrupción se instaló en las instituciones públicas, en el sector privado y en la cultura, de allí que se torne tan difícil para los colombianos  elegir Presidente, alcaldes, gobernadores, diputados y concejales, que lleguen al Estado con la clara intención de servir a los demás y no para dar rienda suelta a sus mezquinas aspiraciones de poder.

Debemos trabajar por una profunda  transformación cultural. Aspiración esta que debe llevarnos a señalar, como inconvenientes, las prácticas y principios éticos de una cultura dominante (urbana y urbanizada) que jamás entendió que como país biodiverso, cultural y naturalmente, requiere de otro de otra clase de hombres -y de mujeres -.