YO DIGO SÍ A LA PAZ

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lunes, 1 de diciembre de 2014

Medio ambiente, movimientos sociales y universidad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo. Columna EL PUEBLO.  http://elpueblo.com.co/medioambiente-movimientos-sociales-y-universidad/


 Colombia es un país biodiverso. Parece que nadie, en sus cabales, discute esa especial condición ambiental. Las zonas protegidas y el Sistema de Parques Nacionales Naturales tratan de aseguran ese lugar que Colombia aún ostenta como país biodiverso. Especies vegetales y animales endémicos alimentan y sostienen en parte ese lugar destacado en materia ambiental. Pero hay amenazas serias que se ciernen sobre esos ecosistemas naturales, frágiles, valiosos y estratégicos, si se miran desde una perspectiva del llamado ecoturismo, para mitigar los efectos del cambio climático y/o por el simple goce estético que nos asegura alzar la mirada y contemplar un humedal, una montaña tupida de un inigualable verde esmeralda y/o las aguas saturadas de oxígeno de  ríos que aún bajan limpios y puros de las montañas.

Muchos ecosistemas están hoy afectados en materia grave por cuenta de los desastres provocados por los actores armados, la agroindustria, la ganadería extensiva y la minería legal e ilegal. Pregunto: ¿a quiénes realmente les importa la suerte de ecosistemas naturales, cuando el grito del desarrollo encuentra eco en las débiles instituciones estatales y en la avaricia de quienes dirigen poderosas organizaciones? Creo que a muy pocos.

Las denuncias hechas en los medios masivos y redes sociales por parte de connotados ambientalistas como Manuel Rodríguez Becerra  y Julio Carrizosa Umaña, entre otros muy pocos, solo sirven para poner el tema en la empobrecida agenda de los medios masivos. La efervescencia que generan los planteamientos de los ambientalistas, dura poco. Es más, las denuncias de uno de los señalados académicos son recordadas por el reciente rifirrafe que sostuvo el ex ministro Rodríguez con el también columnista, Ramiro Bejarano, que por el trasfondo ético, técnico y científico que contienen dichas denuncias, reparos y observaciones. Todo quedó reducido a una “pelea”.

Es decir, esa discusión no logró trascender. Se quedó en el ámbito cerrado de los columnistas. No logró colarse al grueso de la sociedad. Bien vale la pena preguntarse por qué las denuncias y las alertas que hacen académicos y columnistas no logran inocularse en la vida cotidiana de millones de colombianos.

Daré algunas pistas tendientes a responder el interrogante. En primer lugar, hay que señalar que el conflicto armado interno, la presencia de guerrillas, paramilitares y las prácticas abusivas y autoritarias de varias dependencias del Estado impidieron o afectaron la consolidación de movimientos sociales con vocación política y con particular énfasis en la defensa del medio ambiente. Sin duda hay movilizaciones en contra de proyectos como la represa de El Quimbo, para nombrar solo uno de los proyectos hidroeléctricos que mayor impacto ambiental, social y cultural provocará en la región en donde se desarrollan las obras de ingeniería. Pero el país no se ha volcado a respaldar a los campesinos y ciudadanos en general que vienen protestando por la construcción de la represa. O el caso de la mina de La Colosa, en la zona de Cajamarca, que preocupa a sus habitantes, pero que poco convoca al grueso de los colombianos.

Y no hay movimientos sociales en Colombia no sólo por cuenta de las dinámicas del conflicto armado interno, sino porque no hay partidos políticos que de manera coherente y eficaz luchen por un medio ambiente sano y recojan las causas y las demandas sentidas que dichos movimientos puedan exponer.

Recientemente, el país contó con el movimiento político Oxígeno. Un proyecto político-ambiental que no alcanzó a madurar. Hoy existe el Partido Verde, tímida colectividad que poco ha hecho para erigirse como un referente de lucha ambiental desde el ejercicio de la política. Los dos casos arriba mencionados son claras expresiones de que el discurso ambiental y la defensa del medio ambiente no atraviesan la vida política del país. Dichos movimientos políticos no cuentan con un discurso ambiental sólido y coherente. Vaya contradicción en un país biodiverso. Entonces, la política y su ejercicio público poco o nada han servido para que se legisle a favor de la conservación de valiosos ecosistemas naturales y en franca oposición a las locomotoras minero energética y de desarrollo agroindustrial propuestas por el Gobierno de Santos para “desarrollar” el país. 

A lo anterior se suma la falta de una conciencia individual  y colectiva alrededor de lo que significa para la vida humana contar con valiosos ecosistemas. No fuimos educados para contemplar y respetar la naturaleza. Tan sólo los pueblos indígenas desarrollaron conciencia ambiental y lograron establecer relaciones inmanentes con la tierra, la naturaleza, las selvas, los bosques y los ríos, entre otros. En menor medida ha sucedido con las comunidades negras. Prosperó una educación más cercana a las prácticas culturales, sociales y ambientales de arrieros, ganaderos, arroceros y azucareros, entre otros sectores y grupos humanos que han acumulado una larga deuda ambiental con el país por los efectos nocivos que dejan sus actividades.

Pero hay un actor político y social que al guardar relativo silencio frente a la catástrofe ambiental que el país viene soportando desde el año 2002, coadyuva en gran medida a que los asuntos ambientales solo convoquen a unos pocos académicos que, convertidos en columnistas, escarban solitarios en una desértica opinión pública y en medio de una especie de unanimismo político e ideológico que subsiste hoy alrededor de una única visión de desarrollo. Hablo de la Universidad, históricamente de espalda a la realidad. Claro que la universidad investiga, pero los efectos sociales, culturales y políticos de dichas investigaciones son casi nulos. Incluso, las universidades ofrecen doctorados con énfasis en asuntos y problemas del medio ambiente, pero es claro que poco sirven esas  tesis doctorales  para transformar o modificar lo que sucede con ecosistemas naturales frágiles y estratégicos como los páramos y la altillanura, hoy amenazadas por el “fracking” y la mega y mediana minería, entre otras actividades.

De otro lado,  las lógicas, dinámicas y los problemas de urbes como Bogotá, Cali y Medellín, entre otras, hacen que asuntos ambientales geográfica y culturalmente lejanos, poco interés despierte en ciudadanos que están resolviendo el día a día, esto es, enfrentando problemas de movilidad, inseguridad y la búsqueda del sustento.

Y si a lo anterior le sumamos que en las urbes colombianas hay una opinión pública empobrecida e incapaz de discernir sobre asuntos públicos, entonces de manera clara tenemos que los problemas que hoy enfrenta el país por cuenta de la mega y la mediana minería, legal e ilegal, le interesan y le seguirán interesando a unos pocos.

Todo lo anterior se debe entender en el contexto de un Estado débil y precario, penetrado y capturado por mafias clientelares de diverso tipo; y de una sociedad atomizada y poco educada en materia de conservación y respeto por el medio ambiente. Son esas, justamente, las mejores condiciones para que opere una visión de desarrollo extractivo que muy pronto nos llevará a todos a vivir episodios como los que se exhiben en la película Avatar. Llegado ese momento, ojalá no sea demasiado tarde para reaccionar.  



Imagen tomada de umariana.edu.co


lunes, 1 de septiembre de 2014

INCONVENIENTES SILENCIOS

Por Germán Ayala Osorio, columna CIER- EL PUEBLO
http://elpueblo.com.co/inconvenientes-silencios/


No todos los silencios significan lo mismo. Por ejemplo, el silencio de un presidente frente a un determinado asunto público puede resultar determinante en materia de acción política. Tanto así, que el mutismo que el presidente Santos guardó en su discurso de posesión, para su segundo periodo, en relación con el medio ambiente, no es más que la patente de corso para que tanto agentes privados como estatales puedan continuar sometiendo los ecosistemas naturales a un desarrollo extractivo que no contempla medidas o planes de mitigación y mucho menos respeta límites de resiliencia.

En su alocución, Santos no hizo alusión al medio ambiente en una clara muestra de desprecio y desconocimiento de la importancia que hoy tiene para Colombia y el mundo el manejo responsable de unos ecosistemas frágiles y estratégicos para la sostenibilidad socio ambiental.

La mudez presidencial alrededor de la variable ambiental autoriza al hoy ministro del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible a dar continuidad a una política ambiental totalmente sometida a los intereses de quienes realmente operan la locomotora minero-energética, echada a andar por Santos: las empresas multinacionales y sus filiales en Colombia. Esto es, petroleras, mineras y madereras. Un Ministro que poco o nada conoce de pensamiento ambiental, de desarrollo sostenible y de crisis ambientales, será un gris funcionario, con el mismo talante de la saliente ministra. O quizás peor.

La reserva de Santos frente al tema ambiental termina por deslindar variables que hoy más que nunca deben verse, pensarse y asumirse de manera relacional y sistémica. De manera equivocada el Presidente habla de paz e insiste en ponerle fin al conflicto armado interno, sin estimar que hoy Colombia exhibe problemas socio ambientales que mañana podrían convertirse en nuevos conflictos, cuya resolución violenta dará al traste con la ilusión de tener una paz justa y duradera.

El silencio de Santos en relación con la variable ambiental también manda un claro mensaje a los colombianos: estamos por encima de la naturaleza. La seguiremos transformando porque somos la especie “inteligente” y la única capaz de someter a una Naturaleza que en muchos casos se presenta inhóspita para la extensión de la vida humana en ciertos ecosistemas “poco amables” con la vida humana. Digno exponente de un antropocentrismo con el que de manera equivocada estamos hoy viviendo en este planeta.

Y es que no se puede pedir mucho al presidente Santos. Digamos que su mutismo en relación con el tema ambiental se explica porque él viene de una élite política sin mayor conciencia ambiental. Un citadino que siempre miró con desprecio o miedo el campo, lo rural, las selvas. Hay allí una cuestión cultural de fondo. Por el contrario, su antecesor, que también guardó silencio frente a esta estratégica variable, es digno representante de un sector ganadero y de la subcultura arriera, acostumbrados a ‘tumbar’, aniquilar, devastar y asolar el monte, nombre con el cual suelen referirse a las selvas.

Los silencios de Uribe (2002-2010) y los de Santos (2010-2018) terminarán por validar y legitimar un desarrollo extractivo que sin límites, hará que el país tenga que afrontar  en el mediano y largo plazo crisis y conflictos socio ambientales, que muy seguramente evitarán consolidar la paz no sistémica con la que sueña Santos. Los negativos mutismos de Uribe y de Santos alimentan, además, la incapacidad que tenemos para pensar de manera interdisciplinar. Ellos evitan que la política impulse ese pensamiento sistémico que tanto hoy se añora para poder enfrentar los retos de un cambio climático que tiene anclajes sociales, económicos, políticos, ambientales y culturales que necesitan de un pensamiento ambiental complejo, que ni Santos ni Uribe tienen. De allí sus silencios. 

lunes, 28 de julio de 2014

FARC, MEDIO AMBIENTE Y POLÍTICA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los recientes y reiterados atentados de las Farc contra  valiosos ecosistemas naturales en el Putumayo, dejan entrever una abierta y clara actitud ecocida de la organización armada ilegal, que bien puede obedecer a una ‘política’ avalada por los líderes farianos que negocian en Cuba, o por el contrario, se trataría de decisiones inconsultas de guerrilleros que  hoy ya no reconocen la autoridad de los comandantes que están en territorio cubano.

Si las actividades ecocidas de las Farc responden a una política del Secretariado, entonces el Estado debe preparar demandas ambientales contra sus líderes y los organismos internacionales deberán hacer lo mismo, dado que Colombia tiene obligaciones en materia  de conservación ambiental que no puede eludir, así el conflicto armado interno persista.

Ahora bien, si los atentados obedecen a decisiones inconsultas de guerrilleros comandantes de frente o de columna, entonces las Farc deben reconocer públicamente que no tienen mando unificado  y que hay unidades operativas que ya no hacen parte de su estructura. Será difícil que las Farc reconozcan que la unidad de mando está resquebrajada. Por ello, la inteligencia militar debe estar atenta para descubrir qué pasa al interior de las Farc y entregar esta información a los negociadores del Gobierno y al propio Presidente, dado que ello no sólo afectaría el proceso de paz, la firma del fin del conflicto, sino el diseño de escenarios de posconflicto.

En cualquier caso, estamos ante verdaderos hechos demenciales dado que comprometen la flora, la fauna y la vida de los habitantes de la zona, si se piensa en las consecuencias que genera el derrame de cientos de barriles de crudo en ríos y afluentes.

Estamos ante afectaciones ambientales que dejan muy mal a las Farc. Peor aún es el silencio que la cúpula fariana guarda  ante los execrables hechos, que bien puede entenderse como una forma de convalidar lo que hacen sus frentes o, por el contrario, una manera clara de ocultar que perdieron el control de los guerrilleros que hoy decidieron ‘victimizar’ al medio ambiente y de forma conexa, a quienes de manera directa puedan sufrir por cortes en el suministro de agua por la contaminación que conlleva el derrame de crudo en aguas de los ríos Orito, Quembí, Putumayo y Guamuez.

De igual manera, llama la atención que ante los primeros hechos en los que las Farc obligaron a transportadores de crudo a derramarlo, la Fuerza Pública poco o nada haya hecho para evitar que dichas acciones se repitieran. Después de ocho días de repetidos atentados, se anuncia la llegada de una brigada móvil  para vigilar por aire y tierra los desplazamientos de los camiones cisterna que transportan el petróleo. ¿Por qué demoró el Ministro de la Defensa en tomar la decisión? ¿Acaso la inacción hace parte de una postura política que busca debilitar el proceso de paz de La Habana, ante una volátil opinión pública?

En este punto, el presidente Santos deberá exigirle a los comandantes de fuerza que cumplan con la tarea de proteger no sólo la vida y la honra de los colombianos, sino la biodiversidad y en general ecosistemas naturales de especial valor como los afectados recientemente.

El jefe negociador del Gobierno, Humberto de la Calle Lombana, en forma un tanto tímida exigió a los voceros de las Farc explicar y parar las acciones contra el medio ambiente. La verdad es que estos hechos golpean la credibilidad que el proceso de paz había ganado en los últimos meses y dan la oportunidad para que la ultraderecha, representada hoy en el Congreso a través del Centro Democrático, presione al gobierno de Santos para que conmine a las Farc a parar los atentados y de esta manera, enrarecer el ambiente de un proceso que deviene complejo y delicado.

Ya bastante tiene el país que pensar en materia de reparación económica y moral a las víctimas de la guerra interna, bien a manos de las Farc, del Estado y de los paramilitares, para tener que entrar a valorar cuánto cuesta reparar ecosistemas naturales afectados no sólo por el derrame de petróleo, y la presencia permanente y flotante de combatientes en zonas de páramo y bosques, sino por los bombardeos perpetrados por unidades de la Fuerza Aérea y de la aviación del Ejército.


Adenda: con los efectos socio ambientales y económicos que deja la temporada de verano, la intensa sequía que ya se produce y que puede empeorar con la llegada del Fenómeno de El Niño, queda clarísimo que en materia ambiental el Gobierno de Uribe fue un total desastre. Fueron ocho años de total desmonte de las instituciones ambientales. En cuanto al Gobierno de Santos hay que señalar que poco hizo para preparar el país para afrontar esta situación ambiental. El hoy llamado Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible no es más que un ‘elefante blanco’ no sólo paquidérmico en la toma de decisiones tendientes a mitigar el impacto del fuerte verano, sino inexistente como unidad orientadora y coordinadora de la gestión ambiental en todo el territorio nacional.