YO DIGO SÍ A LA PAZ

YO DIGO SÍ A LA PAZ
Mostrando las entradas con la etiqueta Medio Ambiente. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Medio Ambiente. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de febrero de 2015

MEDIO AMBIENTE, JUSTICIA TRANSICIONAL Y PROCESO DE PAZ

Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

A partir de los incuestionables avances en el proceso de paz y negociación que se adelanta en La Habana, se espera que las conversaciones terminen y/o conduzcan hacia el fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc. Con la firma del armisticio, la dejación de armas, la desmovilización de los guerrilleros farianos o la transformación en un cuerpo de policía rural y/o su reintegración a la vida civil, el país avanza hacia la construcción de estadios de posacuerdos, posguerra y ojalá, de posconflicto[1], en donde finalmente se debería consolidar la paz.

Ponerle fin al conflicto no sólo debe hacer posible la disminución efectiva de muertos y heridos tanto en las filas de las Farc, como en las de las fuerzas oficiales que defienden al Estado, sino que dará un respiro importante a los ecosistemas naturales afectados por la presencia y las acciones de combatientes en zonas biodiversas de especial valor ambiental. Eso sí, hay que señalar que la variable ambiental no tiene un lugar privilegiado en lo acordado hasta el momento, pero ello no es óbice para que desde la sociedad civil y en particular desde la Academia, se vaya pensando en la necesidad de que, de cara a escenarios de posguerra y posacuerdos, las partes y el país entero empiecen a darle al tema del medio ambiente y la reparación ambiental, un lugar preponderante.

Así como han faltado reglas para humanizar el conflicto, se echan de menos medidas de mitigación ambiental en quienes combaten en zonas inhóspitas que terminan por desquiciar a quienes no sólo deben cuidar sus vidas de las balas enemigas y procurar hacerle daño al enemigo, sino que todo el tiempo deben cuidarse de los “males” que la selva produce, como las picaduras de serpientes y las letales del conocido mosquito Pito.

El país aún no ha cuantificado los daños ambientales que la guerra interna ha generado en ecosistemas naturales. Quizás lo haga mientras diseña y consolida escenarios de posguerra y posacuerdos. Es urgente que esas valoraciones se hagan para que la sociedad y el Estado sepan cuánto costará reparar el medio ambiente que los combatientes, de disímiles maneras, han afectado en estos 50 años de conflicto armado interno.

Una vez valoradas las afectaciones socio ambientales, habrá que caminar hacia el diseño e implementación de estrategias de reparación ambiental que permitan, por ejemplo, reforestar zonas boscosas, descontaminar ríos y descifrar con claridad qué especies vegetales y animales están en peligro de extinción, bien por los efectos directos de las hostilidades, la instalación física de campamentos de los combatientes o el consumo indiscriminado de dantas, guaguas y tapires, entre otros animales.

Medio ambiente y justicia transicional

De acuerdo con las circunstancias que se logren consensuar y consolidar en un proceso de justicia transicional, reparar el medio ambiente debe mirarse como una alternativa jurídica para los jefes de las Farc procesados y condenados por los delitos que finalmente la justicia colombiana logre demostrar. Es decir, dentro de la alternatividad de las penas a proferir, reparar el medio ambiente podría resultar importante.

Acompañados por guerrilleros rasos que conozcan muy bien las zonas selváticas y montañosas señaladas para aplicar en ellas procesos de reparación ambiental, los líderes de las Farc podrían desarrollar actividades de reforestación y recuperación de ecosistemas e incluso, de reincorporación de especies animales a los hábitats de donde fueron expulsados o fuertemente disminuidos en su población. Todo lo anterior, deberá hacerse con el acompañamiento del Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, las CAR y un grupo, ojalá numeroso, de ecólogos, ingenieros forestales, botánicos y zootecnistas, entre otros.

Para ello, se requerirá de recursos técnicos, humanos y económicos que aseguren procesos exitosos de reparación ambiental de aquellas zonas, especialmente afectadas por la presencia y las acciones de los combatientes.    

Lo cierto es que en La Habana se habla con mayor propiedad y preocupación por el reconocimiento y la reparación de las víctimas de los actores armados que durante 50 años se han enfrentado en el contexto del conflicto armado interno. Sin duda, es una prioridad. Ello no tiene discusión y el Estado y la sociedad deben hacer todo para que ello se dé no sólo en términos económicos, sino en lo que corresponde a la reconstrucción identitaria de las víctimas de actores como la Fuerza Pública, guerrillas y paramilitares, enfrentados en este largo y degradado conflicto.

Pero poco se habla de reparar los ecosistemas naturales afectados por las dinámicas del conflicto armado interno, en especial cuando se producen bombardeos por parte de las fuerzas estatales, sobre campamentos guerrilleros, se depredan bosques para la construcción de campamentos, móviles y fijos de guerrillas y paramilitares y por la presencia de los cultivos de amapola y coca; y por supuesto, por la fumigación con glifosato de zonas de parques naturales (Plan Colombia) y de zonas de cultivos de pan coger de campesinos y colonos. De igual forma, los efectos negativos que deja la construcción de laboratorios para el procesamiento de alcaloides, manejados por narcos, Paramilitares, bandas criminales y guerrilleros, así como la destrucción de los mismos, por parte de las autoridades. Y a ello se suma, los efectos socio ambientales que viene dejando la explotación de oro a lo largo y ancho del territorio colombiano.

También hay que considerar la presencia permanente o flotante de combatientes en zonas selváticas y montañosas viene generando de tiempo atrás impactos socio ambientales que el país poco registra y conoce. Pensemos por un instante en las siguientes acciones que guerrilleros y militares han realizado en las zonas selváticas en donde suelen combatir por el control territorial: pesca con explosivos, tala de árboles para construcción de campamentos, destrucción del llamado soto bosque, procesos efectivos de defaunación por cuenta del consumo indiscriminado de especies animales y la captura de ciertos animales que terminan domesticados por los combatientes; bombardeos indiscriminados, destrucción de laboratorios para el procesamiento de pasta de coca y la instalación misma de esos laboratorios en ecosistemas frágiles, entre otras actividades desarrolladas por guerrilleros[2] y soldados.

Así entonces, como país biodiverso, Colombia debe hablar más con mayor fuerza e ímpetu de reparación  de una biodiversidad frágil que, además de soportar un modelo de desarrollo social y ambientalmente insostenible, y la extracción incontrolada de recursos del suelo y del subsuelo, sufre las consecuencias de una guerra interna en la que los actores armados depredan bosques y contaminan fuentes de agua.

Por la debilidad del Estado, por la cooptación privada y mafiosa de sus instituciones y de los recursos públicos, y por la inexistencia de un pensamiento ambiental[3] acorde con las circunstancias y mayores responsabilidades que impone ser un país biodiverso, Colombia crece económicamente bajo un modelo de desarrollo que depreda y pone en riesgo la calidad de vida de futuras generaciones.

Mientras tanto, en los diálogos de paz que adelantan el Gobierno de Santos y la dirigencia de las Farc en La Habana,  el tema de la reparación ambiental no aparece en la Agenda pactada. El tema ambiental sigue siendo un asunto marginal, una externalidad. Y es claro que las Farc es un grupo armado ilegal que, sin duda, ha depredado y violentado frágiles ecosistemas[4]. No olvidemos que las Farc han construido carreteras y campamentos en zonas biodiversas y cazan y capturan animales sin mayores consideraciones ecosistémicas.

Los efectos que la guerra interna deja hasta el momento en el medio ambiente, deberían de ser considerados no sólo por los negociadores, sino por la Academia y actores de la sociedad civil, en especial ONG ambientales, de cara a la construcción de escenarios de posconflicto en los que el medio ambiente por fin sea un asunto transversal y nuclear para la sociedad colombiana de los posacuerdos y del posconflicto.

El asunto no es menor. Por el contrario, reviste la mayor importancia. Pero se requiere, además de una coherente conciencia ambiental, un pensamiento ambiental que guíe la discusión no sólo de cómo cuantificar los daños ambientales dejados por los actores armados, legales e ilegales, sino del tiempo, los costos y las condiciones que demandará la reparación de frágiles ecosistemas sometidos a los fragores de una guerra sucia y degradada.

Esta tarea bien la puede asumir el Sistema de Cuentas Ambientales, eso sí, ampliando sus alcances, que según Gloria Cecilia Vélez Arboleda y Paula Andrea Cárdenas Henao,  están para “conocer y cuantificar las riquezas naturales que posee y además corregir los impactos que genera la producción económica sobre los recursos naturales y el medio ambiente, es decir, en el Sistema de Cuentas Ambientales se involucran los recursos naturales y el medio ambiente como activos que, incorporados a la actividad económica, incrementan o disminuyen su capacidad de crecimiento actual y futuro. De esta forma, los recursos naturales ya no son tratados como bienes libres y de oferta ilimitada, sino que adquieren la característica de bienes escasos que al asignarles la categoría de activos, deben ser valorados como tales en términos monetarios y se debe proceder a calcular tos costos de su agotamiento y degradación”[1].


Resultado de imagen para medio ambiente y justicia

Imagen tomada de wwf.es



[2] La voladura de oleoductos es una práctica que bien puede calificarse como ecocida. De sus efectos, poco informan las autoridades ambientales.

lunes, 19 de enero de 2015

EL LUGAR DEL MINISTERIO DEL MEDIO AMBIENTE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Progresivamente la institucionalidad ambiental, asociada a la presencia, funcionamiento e injerencia del Ministerio del Medio Ambiente en materia de desarrollo,  se viene desmontando con todo y lo que ello significa para un país rico en biodiversidad como Colombia, en el contexto de un modelo extractivo que se viene consolidando sin mayores controles por parte del actual Gobierno. Dicho desmonte se hizo más fuerte en los dos periodos de Uribe Vélez y se viene profundizando en la presidencia de Juan Manuel Santos Calderón.

En el vasto territorio nacional la minería, legal e ilegal, es ya un factor generador de conflictos socio ambientales que muy probablemente, y ante los vacíos de poder que dejaría la desmovilización de las guerrillas de las Farc y el Eln, terminarán en disputas territoriales con claros efectos en materia de orden público. Es decir, la paz que se firme en La Habana con las Farc y la que se logre pactar con los elenos[1], será relativa ante la “aparición” de nuevos actores armados interesados en el control del negocio de la minería, legal e ilegal.

A lo anterior se suma la apuesta política del Gobierno de Santos de financiar escenarios de posconflicto con recursos de la minería. Este anuncio coincide con la debilidad institucional del Ministerio del Medio Ambiente y el fortalecimiento del Ministerio de Minas y Energías. A través de varios decretos, el Gobierno de Santos viene dejando sin funciones y competencias al actual Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible. Es más, la elección del ministro Gabriel Vallejo, se entendió, por su perfil profesional, como una forma de disminuir la efectiva presencia de dicha cartera ministerial  en la toma de decisiones desde el alto Gobierno, en especial, por la mínima discusión conceptual, científica y técnica que podría brindar el ministro Vallejo.

Los decretos  0934 del 9 de mayo 2013 y el 2691 del 23 de diciembre de 2014 resultan determinantes en esa apuesta política de Santos de limitar las acciones e incluso, reducir la presencia decisoria de la cartera de Medio Ambiente.

Hay que decir que dichos decretos tienen la clara intención de facilitar la consolidación de la minería como una actividad prioritaria para el actual Gobierno, lo que implica restringir o controlar el poder político local y regional, y poner freno a la injerencia del Ministerio del Medio Ambiente.

Veamos el articulado del decreto 0934/13: “Artículo 1 la decisión de establecer zonas excluidas y restringidas de minería compete exclusivamente, y dentro de los límites fijados en los artículos 34 y 35 de la Ley 685 de 2001, a las autoridades mineras y ambiental[2], quienes actuarán con base en estudios técnicos, económicos, sociales y ambientales y dando aplicación al principio del desarrollo sostenible… Artículo 2. Dado el carácter de utilidad pública e interés social de la minería, a través del Ordenamiento Territorial no es posible hacer directa ni indirectamente el Ordenamiento Minero, razón por la cual los planes de ordenamiento territorial, planes básicos de ordenamiento territorial o esquemas de ordenamiento territorial de los municipios y distritos, no podrán incluir disposiciones que impliquen un ordenamiento de la actividad minera en el ámbito de su jurisdicción, salvo previa aprobación de las autoridades nacionales. En el Parágrafo 1, se lee que: “En desarrollo de la anterior prohibición, los Concejos Municipales y las Asambleas Departamentales no podrán establecer zonas del territorio que queden permanentemente o transitoriamente excluidas de la minería mediante acuerdos municipales u ordenanzas departamentales respectivamente, por exceder el ámbito de sus competencias… Artículo 3. Como efecto de lo dispuesto en los artículos anteriores, los certificados  de uso del suelo expedidos por las autoridades departamentales o municipales, que prohíban o señalen como incompatible el ejercicio de actividades mineras, no podrán ser reconocidos  como exclusiones o limitaciones, por parte de las autoridades para el trámite y obtención  de licencias, permisos, concesiones o autorizaciones de cualquier naturaleza que se requieran para el ejercicio de la actividad minera en el territorio de su jurisdicción”.

A finales del año 2014, y en plena época decembrina, cobró vida jurídica y política el decreto  2691 del 23 de diciembre de 2014. Se trata de un especial “regalo de Navidad” que el Gobierno Santos le “entregó” a las empresas y actores interesados en la consolidación del país como un país minero, con los riesgos ambientales y económicos[3] que ello trae.

Basta con leer el objeto de dicho decreto para entender el empobrecido lugar que el Gobierno de Santos le viene reconociendo y asignando al Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible: “El objeto de este decreto, es regular el procedimiento que deben seguir los municipios y distritos para acordar con el Ministerio de Minas y Energía medidas, de protección del ambiente sano y, en especial, de sus cuencas hídricas, el desarrollo económico, social cultural de sus comunidades y la salubridad de la población, frente a las posibles afectaciones que pueden derivarse de la actividad minera”.

Si los Concejos y los Distritos no elevan solicitudes protección de zonas en donde haya riesgos de contaminación y afectaciones socio ambientales por el desarrollo de actividades mineras, la Autoridad Minera Nacional tendrá en adelante todo la autoridad para la entrega de contratos de concesión. En el decreto se lee que “las áreas que no hayan sido objeto de requerimiento por parte  de los entes territoriales podrán ser otorgadas en concesión por parte  de la Autoridad Minera Nacional”.

Todo lo anterior discurre y transcurre en medio de un silencio generalizado de las Universidades y de la sociedad en general. Solo algunos profesores, investigadores y columnistas vienen exponiendo sus críticas y observaciones frente a los estragos que viene dejando la minería, legal e ilegal, a lo largo y ancho del territorio nacional. Es claro que los colombianos en su conjunto no alcanzan a dimensionar los riesgos socio ambientales y ecológicos que conlleva un desarrollo que, fincado en la extracción de minerales, no esté vigilado de cerca por las autoridades ambientales dispuestas para ello. Lo que viene sucediendo en el país con la biodiversidad, bien puede explicarse con la siguiente expresión: los ratones cuidando el queso.



[1] Hay acercamientos entre la dirigencia del ELN y el Gobierno de Santos, pero a la fecha no existe un proceso de paz. Por el contrario, el proceso de La Habana avanza hacia la firma del fin del conflicto.

[2] Si bien aquí se nombra a la autoridad ambiental, en la práctica es el Ministerio de Minas y Energía el ente que toma las decisiones en materia de exploración y explotación minera. En el Decreto 2691/2014 no se nombra al Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible.
[3] Por ejemplo, con  la re-primarización de la economía y el agotamiento de las riquezas.

martes, 30 de septiembre de 2014

MINERÍA, MEDIO AMBIENTE Y POSCONFLICTO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo


Se puede decir con mediana certeza que en Colombia diversas actividades económicas, legales e ilegales, y los asentamientos humanos urbanos y rurales,  formales e informales, se vienen desarrollando sin mayores consideraciones ambientales. Es decir, sin tener en cuenta las características  y los límites de resiliencia de los ecosistemas naturales intervenidos y mucho menos, sin medir el valor estratégico, social y cultural que tienen o se le atribuyen a los mismos.

Para el caso de las actividades legales, se espera una mayor conciencia ambiental de parte de quienes las lideran y desarrollan. Pero sucede que estar dentro de la legalidad no es garantía de respeto de las normas, de las leyes y mucho menos, de los límites de resiliencia, pero especialmente, del valor social, ambiental y cultural que acompaña a muchos de los ecosistemas intervenidos por actividades como la minería a gran escala, y las que se implementan a través de proyectos agroindustriales  y agropecuarios que de tiempo atrás se diseminan a lo largo y ancho del país con especial fruición por parte de poderosos agentes privados. Frente a las actividades ilegales no es necesario insistir en que de estas no se pueden esperar mayores consideraciones y responsabilidades ambientales.

Las dinámicas de un largo conflicto armado interno también vienen generando impactos negativos en zonas biodiversas y frágiles medianamente protegidas por un Estado que deviene lábil para proteger, conservar y aprovechar de manera sustentable recursos de una admirable biodiversidad.

Y en esas complejas expresiones de la guerra interna aparecen acciones legales e ilegales que terminan, de muchas maneras, afectando el medio ambiente. Por ejemplo, la instalación de campamentos guerrilleros, los patrullajes, así como la captura y consumo de animales, que bien pueden terminar en procesos claros de defaunación. Los mismos combates generan, en fauna y flora, impactos ambientales que aún están por medirse. Entre tanto, las acciones legales de la fuerza pública también generan impactos negativos en ecosistemas naturales. Baste con pensar en los efectos que dejan los bombardeos ejecutados por la fuerza aérea en bosques y ecosistemas hídricos.

Ahora que dos de los actores armados del conflicto negocian el fin del conflicto en La Habana, el tema ambiental adquiere importancia y valor no porque de manera transversal atraviese los seis puntos de la agenda de negociación, sino por cuenta del reciente anuncio del vice ministro de Minas, César Díaz, quien aseguró que la minería será "el gran jugador en el postconflicto" en el país como generador de empleo y de recursos para las regiones. Díaz aludió así al proceso de paz que el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) desarrollan en La Habana desde noviembre de 2012 y que busca poner fin a cinco décadas de conflicto que enfrenta el país[1].
Un anuncio trascendental que no puede dejar de mirarse en el contexto de un Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible debilitado, por unas CAR cooptadas por mafias clientelares y claro está, por las decisiones de política ambiental del Gobierno de Santos que no sólo autoriza el uso de la técnica del fracking, sino que ofrece entregar licencias ambientales de manera expedita y sin mayores consideraciones socio ambientales.
¿Qué características tendrán los escenarios de posconflicto que se vayan a diseñar en el país, una vez se ponga fin al conflicto armado, si desde ya el país, legal y el ilegal, se la juegan por la mega y la mediana minería? Lo más probable es que al financiar el posconflicto con proyectos mineros, el país termine en unos pocos años envuelto en conflictos socio ambientales que muy seguramente serán resueltos de manera violenta, dado que el monopolio de las armas aún no lo tiene el Estado colombiano.
Los recursos económicos que se necesitan para financiar el posconflicto deben salir no sólo de la explotación de los recursos del subsuelo, sino de una reforma tributaria que de verdad obligue a pagar más impuestos a los grandes ‘Cacaos’ y ricos del país. Se requiere, además, echar para atrás las exenciones de impuestos a grandes empresas que poco empleo generan en el país. El anuncio del Presidente Santos en el sentido de que el Gobierno ahorrará un billón de pesos[2] va en la dirección correcta, pero no es suficiente pues siguen enquistadas mafias clientelares dentro del Estado que desangran el erario.
Al no tener la suficiente institucionalidad para ejercer veeduría y control fiscal y ambiental de los proyectos mineros (mega, mediana y pequeña minería), el país podría enfrentar en el mediano plazo problemas de abastecimiento de agua bien por la contaminación de fuentes hídricas  o por los efectos que dejan en los cauces las retroexcavadoras que de manera desesperada buscan oro en las entrañas de los ríos.
De llegarse a un final feliz en La Habana, los colombianos disfrutarán de una paz y de un posconflicto con unos costos ambientales que aún el país no alcanza a dimensionar. Me pregunto: ¿para qué un país en paz, cuando la calidad de vida, los derechos a un ambiente sano  y la viabilidad misma de los proyectos y planes de vida de comunidades indígenas, afros y campesinas quedarán en vilo por cuenta de un boom minero que ilumina y da vida a un nuevo Dorado? Termino con esta pregunta: ¿para qué el molino si no hay viento?

lunes, 15 de septiembre de 2014

TOCAR FONDO

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Tanto en ámbitos gubernamentales y académicos como en aquellos espacios en donde transcurre la cotidianidad suelen discutirse algunos problemas del país: poca y deficiente presencia del Estado, sociedad atomizada, violencia política en el marco del conflicto armado interno, múltiples violencias urbanas y diversas expresiones de desorden e indisciplina social. Se quedan por fuera de este corto listado muchos más.

Pero todos esos problemas, asuntos o temas, a pesar de tener un anclaje histórico, ninguno ha permitido que el país toque fondo, es decir, que se propongan y se aseguren cambios sustanciales y estructurales en las maneras como funciona hasta el momento la relación Estado-Mercado-Sociedad. Y no hemos tocado fondo porque siempre cambiamos para que todo siga igual: las mismas élites en el poder, cooptando y capturando el Estado para el beneficio de unos cuantos, la guerra interna y las múltiples expresiones de violencia urbana y un generalizado comportamiento ciudadano premoderno.

Y así, con todo y problemas, el país sigue adelante en medio de muchos asuntos y problemas sin abordarse y sin solucionarse. Casi podríamos hablar de un Estado de Cosas Inconstitucional Generalizado, parodiando aquella declaración de la Corte Constitucional en el contexto del desplazamiento forzado interno.

Pero quizás la variable que nos va a llevar a tocar fondo como Estado organizado y como sociedad atomizada sea la ambiental.  Si revisamos los daños ecológicos y ambientales que viene dejando la explotación minera en Colombia, gracias a la permisividad de los gobiernos de Uribe y Santos, y en un rápido ejercicio de prospectiva, es posible pensar que vendrán para el país graves conflictos socio ambientales que muy seguramente no van a ser solucionados por vías pacíficas, sino a través del uso de la fuerza y de la violencia.

Ya hay elementos contextuales que hacen posible pensar e imaginar escenarios negativos: de un lado, el desinterés de los gobiernos de Uribe y Santos por consolidar las autoridades ambientales, convertidas en nidos clientelares y en meros receptáculos administrativos que tramitan sin mayor ejercicio analítico todo tipo de licencias ambientales, en especial para autorizar exploraciones y explotaciones que limpien y faciliten el camino de una locomotora minero-energética que avanza sin controles político, social y ambiental. De otro lado, la despreocupación que subsiste en actores y agentes de la sociedad civil, interesados exclusivamente en producir, vender y posicionarse en unos mercados en donde cada vez más de habla de competir y de competitividad, desconociendo el valor y la importancia de la variable ambiental y subestimando los efectos socio ambientales y ecológicos de un desarrollo extractivo sin límites de resiliencia y sobre el cual poco se discute públicamente.

El acceso y el control sobre el agua es ya un factor de riesgo en la generación de nuevos conflictos socio ambientales. Baste con señalar que el Gobierno de Santos autorizó la técnica del “fracking”, para la  extracción petrolera. A lo que se suman los efectos del Cambio Climático y la llegada del Fenómeno de El Niño.

Quizás, entonces, debamos esperar a que se presenten agravadas crisis de acceso al agua y los consecuentes conflictos sociales y de orden público que se vendrían cuando cientos de miles de colombianos no tengan cómo calmar la sed, preparar los alimentos y asearse, entre otras actividades en las que el agua resulta clave e irremplazable.

Mientras ello sucede y el país toca fondo, aquellos sectores de poder económico y político, afectos a las subculturas arrieras, ganaderas, agroindustriales y mineras, continuarán sometiendo hermosos, valiosos y estratégicos ecosistemas  a sus intereses privados, en detrimento de lo público y de los derechos colectivos. 


Imagen tomada de EL MUNDO.COM

lunes, 1 de septiembre de 2014

INCONVENIENTES SILENCIOS

Por Germán Ayala Osorio, columna CIER- EL PUEBLO
http://elpueblo.com.co/inconvenientes-silencios/


No todos los silencios significan lo mismo. Por ejemplo, el silencio de un presidente frente a un determinado asunto público puede resultar determinante en materia de acción política. Tanto así, que el mutismo que el presidente Santos guardó en su discurso de posesión, para su segundo periodo, en relación con el medio ambiente, no es más que la patente de corso para que tanto agentes privados como estatales puedan continuar sometiendo los ecosistemas naturales a un desarrollo extractivo que no contempla medidas o planes de mitigación y mucho menos respeta límites de resiliencia.

En su alocución, Santos no hizo alusión al medio ambiente en una clara muestra de desprecio y desconocimiento de la importancia que hoy tiene para Colombia y el mundo el manejo responsable de unos ecosistemas frágiles y estratégicos para la sostenibilidad socio ambiental.

La mudez presidencial alrededor de la variable ambiental autoriza al hoy ministro del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible a dar continuidad a una política ambiental totalmente sometida a los intereses de quienes realmente operan la locomotora minero-energética, echada a andar por Santos: las empresas multinacionales y sus filiales en Colombia. Esto es, petroleras, mineras y madereras. Un Ministro que poco o nada conoce de pensamiento ambiental, de desarrollo sostenible y de crisis ambientales, será un gris funcionario, con el mismo talante de la saliente ministra. O quizás peor.

La reserva de Santos frente al tema ambiental termina por deslindar variables que hoy más que nunca deben verse, pensarse y asumirse de manera relacional y sistémica. De manera equivocada el Presidente habla de paz e insiste en ponerle fin al conflicto armado interno, sin estimar que hoy Colombia exhibe problemas socio ambientales que mañana podrían convertirse en nuevos conflictos, cuya resolución violenta dará al traste con la ilusión de tener una paz justa y duradera.

El silencio de Santos en relación con la variable ambiental también manda un claro mensaje a los colombianos: estamos por encima de la naturaleza. La seguiremos transformando porque somos la especie “inteligente” y la única capaz de someter a una Naturaleza que en muchos casos se presenta inhóspita para la extensión de la vida humana en ciertos ecosistemas “poco amables” con la vida humana. Digno exponente de un antropocentrismo con el que de manera equivocada estamos hoy viviendo en este planeta.

Y es que no se puede pedir mucho al presidente Santos. Digamos que su mutismo en relación con el tema ambiental se explica porque él viene de una élite política sin mayor conciencia ambiental. Un citadino que siempre miró con desprecio o miedo el campo, lo rural, las selvas. Hay allí una cuestión cultural de fondo. Por el contrario, su antecesor, que también guardó silencio frente a esta estratégica variable, es digno representante de un sector ganadero y de la subcultura arriera, acostumbrados a ‘tumbar’, aniquilar, devastar y asolar el monte, nombre con el cual suelen referirse a las selvas.

Los silencios de Uribe (2002-2010) y los de Santos (2010-2018) terminarán por validar y legitimar un desarrollo extractivo que sin límites, hará que el país tenga que afrontar  en el mediano y largo plazo crisis y conflictos socio ambientales, que muy seguramente evitarán consolidar la paz no sistémica con la que sueña Santos. Los negativos mutismos de Uribe y de Santos alimentan, además, la incapacidad que tenemos para pensar de manera interdisciplinar. Ellos evitan que la política impulse ese pensamiento sistémico que tanto hoy se añora para poder enfrentar los retos de un cambio climático que tiene anclajes sociales, económicos, políticos, ambientales y culturales que necesitan de un pensamiento ambiental complejo, que ni Santos ni Uribe tienen. De allí sus silencios. 

viernes, 15 de agosto de 2014

Observatorio CIER

Observatorio CIER
Categorías
Modelo Socio económico,
Políticas y Relaciones Internacionales
y Litigios Jurídico Ambientales


Por Germán Ayala Osorio, CIER


Presentación


El texto que a continuación se presenta es el resultado de un seguimiento a varios medios escritos colombianos. El propósito de dicho seguimiento NO es analizar los tratamientos periodístico-noticiosos dados por tres medios masivos escritos a disímiles hechos. Por el contrario, el seguimiento sirve para describir el contexto nacional e internacional, a partir de las categorías contenidas en el título de este documento.

Este ejercicio hace parte de las actividades del Observatorio de Medios del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER, de la Universidad Autónoma de Occidente. El periodo de seguimiento está comprendido entre enero y mayo de 2014.

Mirada al contexto

En el contexto de un mundo en el que la seguridad alimentaria sufre por cuenta de plantaciones que buscan garantizar la producción de agro combustibles y el crecimiento de la minería a mediana y gran escala, la ONU, como organismo multilateral, insiste en el mantenimiento de proyectos agrícolas que aseguren la alimentación de los pueblos del mundo, a través de unidades familiares de producción agrícola con las que  puedan ser autosostenibles.

En ese complejo contexto internacional y dadas las circunstancias que impone el proceso de globalización económica, hay que destacar la debilidad del Estado colombiano y la de sus instituciones para enfrentar no sólo la apuesta mundial por los agrocombustibles, sino por la mega minería, y la explotación de hidrocarburos, éstas últimas generadoras de conflictos socio ambientales y por supuesto, de litigios jurídicos entre  empresas mineras del orden nacional e internacional y el propio Estado, propietarios privados, o comunidades cobijadas bajo la figura de la propiedad colectiva.

Esas circunstancias contextuales exógenas tienen soporte en un modelo de desarrollo extractivo que no respeta límites de resiliencia y mucho menos hace concesiones o consideraciones culturales, a juzgar por los efectos socio ambientales que viene generando en Colombia el boom minero-energético, en especial los efectos negativos que dejaron y dejan aún las políticas ambientales de los gobiernos de Uribe Vélez y de Santos Calderón.

En esa línea se registra el siguiente titular en el diario EL TIEMPO: 2014, año de la ONU para la agricultura familiar (sic). En el texto noticioso se lee lo siguiente: “Con esta declaratoria, la entidad busca promover políticas activas a favor del desarrollo sostenible. Una estrategia contra la pobreza, que contempla el respeto al medio ambiente y la biodiversidad[1].

A propósito del avance de la minería, legal o ilegal, el viernes 31 de enero de 2014 se registra un hecho jurídico-político de especial significado, a cargo de la Corte Constitucional, corporación y corte de casación que en muchos casos ha llamado la atención de disímiles gobiernos en torno a la necesidad no sólo de proteger la biodiversidad, sino de garantizar los derechos de las víctimas del desplazamiento forzado, entre otros asuntos.

El hecho jurídico-político[2] cobra vida periodística a través del siguiente titular: Magistrados, rumbo a la selva (sic). El antetítulo es claro: Corte Constitucional estudia tutela que busca acabar con Parque Yaigojé Apaporis (sic). Se trata de un litigio jurídico-ambiental de especial connotación.

En la nota periodística, a cargo de Angélica Cuevas, se lee que “los magistrados Eduardo Mendoza, Nilson Pinilla y Jorge Iván Palacios viajarán este viernes al Parque Nacional Yaigojé Apaporis para avanzar en la solución de uno de los conflictos mineros más polémicos del país: la presencia de la minera canadiense Cosigo Resources dentro de esa reserva natural en la Amazonia. Un conflicto que ha dividido a las poblaciones indígenas de la región pues unos quieren que se extraiga oro de su territorio y otros se oponen a ello… A diferencia de otras compañías que recibieron títulos dentro de parques nacionales, Cosigo se ha negado a enunciar  de manera voluntaria  a ellos y argumenta que es un derecho adquirido[3].

Los hechos políticos y los conflictos socio ambientales con los que claramente queda en evidencia la debilidad[4] del Estado para controlar a las multinacionales que explotan materias primas, continuarían apareciendo en las páginas de los diarios colombianos de mayor circulación. En el mismo diario EL ESPECTADOR, en su edición del miércoles 29 de enero de 2014.

Frenan plan de Anglogold para tumbar consulta popular (sic) es el titular de una nota publicada el 29 de enero de 2014 en el periódico EL ESPECTADOR. Este hecho socio ambiental, jurídico, político y periodístico tiene como antecedente el fallo del Tribunal del Tolima con el que se garantizaron los efectos jurídicos de la consulta popular en la que la comunidad de Piedras dijo no en las urnas a la explotación minera a gran escala.

En el texto noticioso se lee que: “Las pretensiones de la multinacional Anglogold Ashanti, de declarar sin piso jurídico la decisión que tomaron los habitantes de Piedras (Tolima) de cerrarle las puertas de su municipio a la minería a gran escala, acaban de frustrarse por cuenta de una decisión del Tribunal Administrativo del Tolima. La compañía pretendía que se declarara nula la decisión judicial que avaló la consulta popular[5]”.

Los costos sociales, culturales y ambientales que viene dejando la minería[6] a gran escala en Colombia son incontrastables. Es claro que la sociedad en general, la sociedad civil en particular y hasta el propio Estado no han dimensionado los daños ambientales que viene dejando la actividad minera, en especial la explotación de carbón y de oro.

En la edición del domingo 12 de enero de 2014 el periódico EL ESPECTADOR se publicó apartes de un informe concebido por la fundación Fescol. El título es el siguiente: El verdadero precio del carbón (sic).

En el documento, preparado por  Guillermo Rudas, se explica que “…el aporte a la generación de empleo del sector de la minería e hidrocarburos es muy pobre, en comparación  con otras industrias… Entre 2001 y 2012 el sector agropecuario ha generado 223.000 nuevos empleos, la industria manufacturera 517.000 y la minera a duras penas 81.000 nuevos empleos[7]”.

El oscuro balance que hace Guillermo Rudas alrededor de los aportes versus los efectos que deja la mega minería del carbón y la explotación de hidrocarburos, deja las huestes académicas para llegar a los territorios de las empresas demoscópicas. Y es así, a juzgar por la nota publicada en EL TIEMPO el sábado 22 de febrero de 2014, bajo el título Regiones ven beneficio de minería que la opinión no (sic). En el texto periodístico se lee lo siguiente: “En medio del debate académico, los bajos precios mundiales, las dificultades en la aprobación de licencias ambientales  y la demora en la definición  de los límites de la zona de páramo, entre otros, un sondeo evidenció la fuerte brecha en la percepción que sobre la minería tienen las regiones del país y la opinión pública en general.  Según la Brújula Minera, estudio del Centro Nacional de Consultoría, en los municipios y zonas productoras la industria es aceptada por los beneficios laborales y económicos, pero en la opinión pública[8] la percepción no es la misma”.

Mientras que en sectores académicos y periodísticos se habla de un boom minero que no solo deja regalías, sino efectos socio ambientales negativos, proyecciones de agentes de la sociedad civil advierten sobre una disminución del auge minero en el país, lo que traería consecuencias nefastas en materia económica y financiera.  Así lo registra una nota en EL ESPECTADOR del martes 18 de febrero de 2014, intitulada ¿Cuentas externas en riesgo? (sic).

En el texto periodístico se lee lo siguiente: “Aunque el ministro de Minas y Energía, Amylkar Acosta Medina, cree que el boom minero está atravesando un cuarto menguante y que el país tiene que prepararse para el retorno del auge en los próximos años, un informe revelado por la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (ANIF) le apunta a perspectivas menos alentadoras de crecimiento del sector minero-energético en la próxima década. Esto traería como consecuencia la afectación de las cuentas externas colombianas en la década que viene[9]”.

A la discusión acerca de un eventual desplome del boom minero y de la reducción de los beneficios y/o ventajas que deja la minería al país económico, se sumó el testimonio de Orlando Cabrales, vice ministro de Energía. Su opinión sirve de título a la nota publicada por EL ESPECTADOR, el sábado 1 de marzo de 2014: “La locomotora minera sí jalona la economía” (sic). En el texto periodístico se lee que “el viceministro de Energía, Orlando Cabrales, salió al paso a los que señalan que la locomotora minero-energética se descolgó el año pasado y anunció que esta sigue siendo la palanca dinamizadora de la economía nacional[10].

Las grandes obras[11] de infraestructura también tienen un fuerte impacto social y ambiental, en especial en Colombia dada la manifiesta debilidad del Estado colombiano y la fragilidad de las instituciones de control. La construcción de hidroeléctricas, por ejemplo, deja efectos nocivos en experiencias como Salvajina en el Cauca, en donde no sólo se reconoce que cambió el clima, sino que se afectó la vida de mineros y agricultores que debieron cambiar de actividad (dedicarse a la pesca) o migrar por razones económicas. También hay que nombrar a Urrá y Por ce I y II. En esta ocasión, el registro noticioso da cuenta de Hidroituango.

Los efectos nocivos en el recurso ictiológico, por ejemplo, termina por afectar la seguridad alimentaria de comunidades campesinas que parte de su sustento lo extraen del río Cauca, afluente este desviado para que sus aguas pasen ahora por túneles, para luego generar energía hidráulica. En el texto periodístico se lee que “la desviación del río Cauca, considerada una obra de ingeniería sin precedentes, también implica serios impactos sociales y ambientales[12]”.

El  desarrollo extractivo y la reprimarización de la economía que se promueve y se impone en Colombia viene dejando graves consecuencias socio ambientales y crisis ecológicas que gran magnitud. El titular del periódico EL TIEMPO se convierte en una clara evidencia de lo que viene sucediendo en el país en materia de un desarrollo claramente insostenible. Colombia, primero en conflictos ecológicos en Latinoamérica (sic).

En el texto noticioso se lee lo siguiente: “Son 7,9 millones los afectados por 72 disputas entre comunidades e industrias, según Atlas de Justicia Ambiental… Mineras, hidroeléctricas y agroindustrias hacen parte de las empresas que llegan con sus proyectos productivos a los territorios, y con las cuales las comunidades entran en pugna por el acceso y el uso de recursos naturales como ríos y páramos. Así lo demuestra el primer inventario  de los conflictos por el medioambiente, compilado por el Instituto Cinara de la Universidad del Valle, en alianza con el Atlas Global de Justicia Ambiental[13]”.

Es tan poco lo que se puede hacer ante la profundización del modelo extractivo y la reprimarización de la economía colombiana, que a la sociedad en general solo le queda participar en campañas de ahorro de energía como la de Apagar las luces por el Amazonas (sic). Y es así, si tenemos en cuenta lo expresado por Ángel Gurria, secretario general de la Ocde, quien dijo que “nuestro planeta se está calentando de manera peligrosa y necesitamos actuar de inmediato para evitar la catástrofe[14].

Mientras el debate sobre los efectos del boom minero continuaba ocupando las páginas de la gran prensa, desde el sur del país llegaban noticias en torno a la existencia de más reservas de hidrocarburos (petróleo y gas), concentrados en condiciones geológicas (esquistos[15]). Colombia, en la era de esquistos (sic) es el titular del diario El Espectador del 01 de abril de 2014.

Las contradicciones del desarrollo extractivo y la huella humana que se extiende por el planeta posibilitan y dan sentido a llamados de atención para que se planten más árboles, en especial en grandes urbes en donde el verde prácticamente ha desaparecido por la voracidad de un desarrollo que se concentra en la construcción de vías cada vez más rápidas y en una política de expansión de barrios y edificaciones. De allí que el llamado a concebir ciudades verdes haga parte de esas contradicciones en las que suele caer el ser humano a través de un modelo de desarrollo extractivo y poco amable con ecosistemas naturales sometidos a procesos de urbanización.

La Tierra urge ciudades verdes (sic) es el titular del diario EL PAÍS del 23 de abril de 2014, con el que se da vida a un texto periodístico que aborda la pregunta de cuán verde es la ciudad de Cali. La Alcaldía de Cali y otros actores hablan de tiempo atrás de la construcción de un Corredor Verde. Curiosamente, ante el pedido de varios sectores de convertir una zona de Navarro (del antiguo botadero a cielo abierto) en un pulmón para la ciudad, la alcaldía de Rodrigo Guerrero responde con el proyecto urbanístico Eco ciudad Navarro, cuyo nombre obedece a un simple eufemismo con el se pretende ocultar lo que claramente será un proyecto urbanístico para estratos sociales 1, 2 y 3, en unos terrenos que presentan problemas sanitarios y posibles riesgos para la salud humana.

El tema ambiental en Colombia y en el mundo deviene con la clara intención de develar y reconocer que hay ya suficiente información y hechos tozudos que indican una crisis ambiental generalizada en disímiles partes del mundo. Pero una crisis ambiental que no supone la adopción de políticas de decrecimiento y mucho menos de revisar a fondo el globalizado modelo de desarrollo y la lógica de consumo  que ordena el mundo en estos momentos.

Quizás la conciencia de la crisis no alcance para entender lo que plantea Enrique Leff: “La crisis ambiental es un efecto del conocimiento –verdadero o falso–, sobre lo real, sobre la materia, sobre el mundo. Es una crisis de las formas de comprensión del mundo, desde que el hombre aparece como un animal habitado por el lenguaje, que hace que la historia humana se separe de la historia natural, que sea una historia del significado y el sentido asignado por las palabras a las cosas y que genera las estrategias de poder en la teoría y en el saber que han trastocado lo real para forjar el sistema mundo moderno…Pero lo inédito de la crisis ambiental de nuestro tiempo es la forma y el grado en que la racionalidad de la modernidad ha intervenido al mundo, socavando las bases de sustentabilidad de la vida e invadiendo los mundos de vida de las diversas culturas que conforman a la raza humana, en una escala planetaria. El conocimiento ha desestructurado a los ecosistemas, degradado al ambiente, desnaturalizado a la naturaleza[16].

Casi en la misma línea planteada por Enrique Leff se entiende lo expresado por  el economista y líder espitirual chileno, Alfredo Sfeir, en una nota en el diario EL PAÍS. En la entrevista el economista chileno señala que “el actual modelo está agotado, y la gente está tratando desesperadamente de seguir creyendo en que podrá arrojar resultados algún día. Y termina con la siguiente sentencia, que a su vez sirvió para titular la nota: “El actual modelo económico se deshumanizó”[17] (sic).

La prensa cumple con la tarea de registrar llamados diarios sobre la crisis ambiental[18], así como los riesgos que afrontaría el Planeta y la supervivencia del ser humano, entre otros asuntos. “La voluntad política es un recurso renovable”: Gore es el titular de una nota que trae las opiniones del ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, quien estuvo de visita en Bucaramanga y habló de políticas de conservación.

En esa misma lógica de registrar hechos ambientales y llamados lastimeros alrededor de los efectos ambientales que deja el actual modelo de desarrollo, se entiende una nota titulada No proteger la biodiversidad nos cuesta el 3,7% del PIB (sic). En el texto periodístico editado por el diario EL PAÍS se publican apartes del V informe nacional de Biodiversidad[19]: “Este informe contiene información  sobre los avances en política de biodiversidad  entre el 2009 y 2013, y reseña los cinco motores de destrucción ambiental: el cambio en los usos del suelo (por actividades como la ganadería, la minería y los cultivos ilícitos), la degradación de los ecosistemas, la invasión biológica de otras especies, la contaminación y el cambio climático[20]… Y aunque estos sectores económicos son polos de desarrollo en las regiones, sus efectos  ambientales y económicos también son críticos para Colombia”.

Dentro del proceso informativo que los medios masivos echan a andar, es clave reconocer la redundancia como un elemento clave no sólo en la masificación de la información, sino en el aseguramiento de mayores efectos en las audiencias, en la medida en que la radio, la televisión, la prensa y ahora las redes sociales e internet, replican de manera circular una determinada información. Así las cosas, el 12 de mayo, el diario EL ESPECTADOR publica una nota sobre el ya mencionado Informe Nacional de Biodiversidad en Colombia. El titular es contundente en la medida en que recoge las preocupaciones y el sentido de los llamados de emergencia que se vienen exponiendo de tiempo atrás alrededor de los efectos negativos que deja el actual modelo de desarrollo extractivo: Desarrollo si, pero no así (sic).

En esa misma perspectiva de criticar el modelo de desarrollo extractivo y de señalar los riesgos sociales y ambientales, aparece una nota en el diario EL TIEMPO del sábado 1 de mayo de 2014 intitulada ‘Seguir con energías fósiles es cavar nuestras tumbas’ (sic). Además de llamativos y contundentes, titulares como estos poco aportan a la real comprensión de los retos y problemas ambientales que afronta Colombia y el mundo, por parte de las audiencias, imbuidas en lógicas de consumo y sobreviviendo en medio de condiciones laborales precarias y difíciles. En esta ocasión la fuente responsable de la frase, cuyo sentido no es nuevo, es Yolanda Kakabadse, presidenta del Fondo Mundial para la Naturaleza, quien advierte “que para lograr el desarrollo económico de América Latina no se requiere arrasar con su territorio”.

A los llamados de atención de economistas, líderes espirituales y de expertos ambientales, muchos de ellos en su momento empleados del Banco Mundial y operadores incansables del hoy criticado modelo de desarrollo, se suma la ONU. El organismo multilateral insiste en llamar en hablar en los Objetivos del Milenio y de otras iniciativas y programas, que resultan ser verdaderos e inocuos esfuerzos por cambiar las circunstancias en las que opera hoy el mundo, si se revisa, por ejemplo, que los grandes países desarrollados poco hacen para mitigar el impacto de sus industrias, fábricas y modelos de crecimiento económico, en lo que se refiere al control de emisiones de CO2. En la nota del 26 de mayo de 2014, intitulada  El reto de priorizar los objetivos globales (sic). Los temas son recurrentes: hambrunas, control de enfermedades, educación, pobreza, subdesarrollo y desarrollo tecnológico.

La conciencia tardía que suele emerger de cuando en cuando en las páginas de la prensa, se traslada en forma de discusión a las secciones de opinión de los periódicos. La discusión sobre los temas ambientales produce y reproduce viejos dilemas humanos, que cobran vida a través de relaciones dicotómicas que llevan a extremos: crecimiento-decrecimiento; desarrollo- no desarrollo; agua o petróleo; y extraer- no extraer, entre otras.

Para el 13 de abril de 2014 en el diario EL TIEMPO  se registra la columna de opinión de Orlando Cabrales Segovia, quien funge como vice ministro de Energía. Desde el titular recoge una evidente dicotomía que por estos días toma fuerza ante el registro periodístico de innumerables desastres ambientales: Agua o petróleo, un falso dilema (sic). El columnista defiende la explotación de hidrocarburos. En apartes del texto de opinión se señala lo siguiente: “Han surgido diversas versiones que culpan al sector hidrocarburífero por la crisis del agua en Casanare. En este departamento, la industria  de hidrocarburos tan solo consume el 0.7 por ciento del agua consumida, una cifra mínima comparada con el uso de otros sectores. Además, la industria del petróleo utiliza en promedio el 1 por ciento del área total del bloque asignado  para las plataformas de perforación y las eventuales facilidades de producción, y por cada hectárea intervenida existe  la obligación de de reforestar e hectáreas”.  

Aquí el asunto no se puede reducir a las obligaciones y a marcos legales que harían posible obligar a las petroleras a reforestar, dado que el Estado en su conjunto deviene precario, especialmente las instituciones ambientales como las CAR y los órganos de control como la Procuraduría y Contraloría. El poder político y económico de las petroleras termina por facilitar su operación sin mayores consideraciones ambientales en lo que refiere a la mitigación que su actividad extractiva deja en valiosos ecosistemas.



[1] 2014, año de la ONU para la agricultura familiar. EL TIEMPO (25 de enero de 2014). p. 29.

[2] Otro hecho jurídico-político que volvería a registrar la prensa tiene que ver con el fallo de La Haya a través del cual Colombia perdió jurisdicción sobre una importante porción de mar compartido con Nicaragua. Los siguientes son los titulares: Corte ratifica inaplicabilidad de fallo de La Haya sin un tratado con Nicaragua (sic). EL TIEMPO, Sábado 3 de mayo de 2014; Sin tratado con Nicaragua, no aplica fallo de La Haya (sic), EL PAÍS, 3 de mayo de 2014; El ‘no’ del magistrado González al fallo de La Haya (sic), EL ESPECTADOR, lunes 28 de abril de 2014.

[3] Magistrados, rumbo a la selva (EL ESPECTADOR). Viernes 31 de enero de 2014. p. 7.

[4] El caso de la Drummond que recién contaminó parte de la bahía de Santa Marta, a través del hundimiento de una barcaza o por el derrame deliberado de carbón en el mar, queda clara la relativa capacidad coercitiva del Estado colombiano para controlar las actividades de multinacionales como la Drummond, para sancionar y para imponer multas.  28 de febrero, día cero para la Drummond (sic) es el título de una nota publicada el miércoles 12 de febrero de 2014 en EL ESPECTADOR. En la nota se lee: “Para el próximo 28 de febrero quedó fijada la audiencia de imputación de cargos contra seis funcionarios de la Drummond por, supuestamente, haber vertido de manera ilegal residuos de carbón a la bahía de Santa Marta, causando un daño ambiental que, según las autoridades, tardaría más de 30 años en repararse”.

[5] Frenan plan de Anglogold para tumbar consulta popular (EL ESPECTADOR). miércoles 29 de enero de 2014.

[6] Explotación de oro, carbón, madera y coltán, entre otros.

[7] El verdadero precio del carbón (EL ESPECTADOR). domingo 13 de enero de 2014. p. 4.

[8] Regiones ven beneficio de minería que la opinión no (EL TIEMPO). Sábado 22 de febrero de 2014. p. 20. “El sondeo, que realizó 3.000 encuestas en 70 municipios del país y 135 entrevistas a directivos de empresas mineras, en febrero y enero respectivamente, mostró que mientras solo el 9  por ciento de la población en general cree que la industria minera es la que más contribuye al crecimiento del país, en las zonas mineras el porcentaje sube al 17 por ciento. Incluso, en la población en general, el sector bancario es percibido como un mayor generador de beneficios para la economía, aunque ambas partes coinciden en que el sector que más contribuye es el petrolero”. 

[9] ¿Cuentas externas en riesgo? (EL ESPECTADOR). Martes 16 de febrero de 2014. p. 10.

[10] “La locomotora minera sí jalona la economía (EL ESPECTADOR). Sábado 1 de marzo de 2014. p. 12.

[11] Consideran expertos que es mejor diseñar micro centrales que pueden dar energía a poblaciones medianas con menores impactos ambientales, en relación con los que produce la construcción de grandes represas.

[12] Dos caras de Hidroituango (EL PAÍS). 6 de marzo de 2014. p. A 11.

[13] Colombia, primero en conflictos ecológicos en Latinoamérica (EL TIEMPO). Sábado 29 de marzo de 2014.

[14] La rimbombancia apocalíptica de Davos (EL TIEMPO). Sábado 8 de marzo de 2014. p. 31.

[15]Roca metamórfica de bajo a medio grado de metamorfismo, cristales visibles a simple vista, su tamaño es mayor que el de los minerales de las  filitas”. http://edafologia.ugr.es/rocas/essquis.htm; el petróleo y el gas se encuentran ‘aferrados’ a las rocas.

[16] Leff, Enrique. La racionalidad ambiental. La reapropiación social de la Naturaleza.  Siglo XXI Editores.

[17] 14 de mayo de 2014.

[18] El diario EL PAÍS en su edición del 17 de mayo de 2014 publica una nota que tiene el mismo sentido de otras anteriores. Ante la imposibilidad de parar el actual modelo de desarrollo, lo único que queda por hacer son campañas de reciclaje, apagar la luz a una determinada hora y hacer actividades más de marketing ambiental. Un día para jugarle limpio al planeta (sic) es el titular. ¿Por qué jugarle limpio al planeta por un solo día? porque es imposible hacerlo todos los días, por el tipo de modelo de desarrollo extractivo.

[19] Dicho informe es liderado por el Ministerio del Medio Ambiente y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud).

[20] Así se adaptaron los cafeteros al cambio climático (sic) es el titular de una nota publicada en el diario EL ESPECTADOR, el jueves  de junio de 2014.