YO DIGO SÍ A LA PAZ

YO DIGO SÍ A LA PAZ
Mostrando las entradas con la etiqueta Diálogos de paz de La Habana. Medios de comunicación y conflicto armado. Paz y medios. General Alzate Mora. Secuestrado General Alzate.. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Diálogos de paz de La Habana. Medios de comunicación y conflicto armado. Paz y medios. General Alzate Mora. Secuestrado General Alzate.. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de mayo de 2015

Y DESPUÉS DE LOS BOMBARDEOS…

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Los recientes golpes militares, a través de bombardeos, que las Fuerzas Armadas le propinaron a las Farc, en Guapi, y en otras zonas del país, no lograron suspender los diálogos de La Habana, a pesar de la notable molestia que generó en varios miembros de la cúpula de la organización subversiva y que se evidencia en un reciente comunicado emitido desde territorio cubano.

Mayores fueron los efectos que produjo el “secuestro”, “retención” o “captura” del General Alzate, en tanto que los diálogos fueron suspendidos. Si se comparan estos eventos, se pueden establecer algunas inferencias, que bien pueden explicar porqué las Farc no suspendieron las negociaciones y hacia dónde va el proceso de paz

En el caso del General Alzate, sin duda, la presión política, militar y mediática, se hizo sobre la base de una lectura de clase, sujeta, por supuesto, al alto rango que ostentaba el militar capturado o secuestrado.

En el caso de los soldados asesinados por las Farc en la zona del Naya, en el Cauca, la presión mediática y militar fue tan fuerte, que Santos reversó la medida adoptada por él, consistente en no bombardear los campamentos de las Farc. Aunque no hubo lectura de clase por la muerte de los soldados, lo que sí hubo fue una lectura lastimera y profundamente inconveniente, dado que a los caídos, el discurso noticioso les desdibujó su condición de combatientes, lo que facilitó a la dirigencia militar, presionar al Presidente para que levantara la medida y facilitar así la retaliación de la Fuerza Pública, cuyos resultados ya el país conoce (más de 34 guerrilleros asesinados en tres bombardeos, entre ellos dos comandantes). Es decir, la vida de los soldados cuenta, en la medida en que se valoran las circunstancias en las que mueren, siempre en la perspectiva de soslayar su condición de combatientes.

La respuesta de las Farc de suspender el cese unilateral del fuego se entendió como un retroceso, en la medida en que ello garantizaría, en el corto y el mediano plazo, el re escalamiento del conflicto. Hasta el momento, salvo un reciente hostigamiento a un puesto de Policía en el Cauca, las Farc aún no han dado un golpe contundente que pueda ser entendido como una clara acción militar de venganza, ante los fuertes golpes recibidos en Guapi y en otras dos zonas del país.

Así entonces, los casos del General Alzate, los soldados asesinados por las Farc en el golpe de mano en el norte del Cauca y los guerrilleros caídos por los feroces bombardeos de fuerzas combinadas de Ejército y Fuerza Aérea, exponen diversas circunstancias contextuales que los hacen diferentes, no solo por los efectos que produjeron en su momento, sino por las reacciones de actores de la sociedad civil y del estamento militar, que presionaron decisiones de parte y parte.

A pesar del tono de un reciente comunicado, pareciera que las Farc asumieron los recientes golpes recibidos, como actos de guerra. En la misiva señalan: “El pasado 21 de mayo el presidente Juan Manuel Santos dio la orden de bombardear un campamento del 29 Frente de las FARC-EP en Guapi. El resultado de esta orden, ejecutada con uso excesivo de la fuerza, fue una masacre. Murieron 27 guerrilleros, la mayoría por efecto de las bombas…”[1].

Y aceptan las Farc que fueron hechos de guerra, porque muy en el fondo saben que dicha acción estatal se explica por el golpe que semanas atrás dieron a las fuerzas oficiales, con un saldo de 11 soldados muertos. Reconocen, sin decirlo, que se trató de un error, que finalmente minó la confianza pública que se venía consolidando alrededor del proceso.  Los medios, el Presidente y la cúpula militar, calificaron la acción fariana como una masacre. Como se lee en el comunicado, las Farc también hablan de una masacre.

El hecho de que las Farc no hayan suspendido los diálogos, a raíz de los contundentes golpes recibidos, hace pensar a muchos analistas que el proceso de paz está maduro y que subsiste un férreo compromiso de las partes para avanzar hasta el final, cuando se firme el fin del conflicto armado.

Que contundentes hechos de guerra sufridos recientemente, no impulsen a las Farc a suspender las conversaciones o, a pararse de la mesa de La Habana, da cuenta de una cúpula guerrillera más dispuesta a dar la discusión, más en un sentido político que militar, de los puntos que quedan por acordar y discutir, así como sobre las salvedades que quedaron al margen de los tres puntos ya acordados parcialmente. De esta manera, los líderes farianos se muestran más dispuestos a discutir en la Mesa, asuntos políticos, que hechos de guerra que claramente sobrevendrán cubiertos de un carácter vindicativo.

Y así lo deja entrever la cúpula de las Farc en reciente comunicado:  “Queremos afirmar de manera enfática, que se equivocan quienes piensan que con los cuerpos destrozados y la sangre de nuestros compañeros, van a imponernos una justicia que no persigue la responsabilidad de los poderosos, que solo fija su mirada punitiva en los de abajo, en los que tuvieron que hacerse rebeldes contra la injusticia, en una lucha que ya se prolonga por 51 años, cuando en una fecha como hoy, mayo 27, fueron atacados en Marquetalia. Ese tema, el de justicia, deberá ser abordado por las partes en su debido momento. No lo rehuimos. Tenemos fórmulas para buscar la reconciliación de la familia colombiana. No hemos venido a La Habana a negociar impunidades. Pero primero deberá darse una respuesta al paquete de propuestas mínimas sobre víctimas del conflicto que hemos presentado al gobierno en la Mesa de Conversaciones y que recogen las formuladas desde hace años por las organizaciones de víctimas y de Derechos Humanos.  Es urgente cumplir el mandato de la Agenda que ordena, entre otros, el esclarecimiento del fenómeno del paramilitarismo, y especialmente, su ataque y desarticulación definitiva. Tenemos que estudiar las responsabilidades de este largo conflicto, retratadas en el informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas…”[2].

Si la lectura es correcta, el rompimiento del proceso de paz no se daría por cuenta de feroces ataques y las “bajas” que las Farc puedan recibir en adelante. Por el contrario, la ruptura se explicaría y se buscaría, si es el caso, por los avances, compromisos y por lo acordado en la Mesa de La Habana. Estaríamos hablando, entonces, de una madurez política de las Farc, que pondría a prueba el talante político de los representantes del Gobierno y del Establecimiento, en la medida en que se dé una negociación que satisfaga a quienes de tiempo atrás, vienen exigiendo, por ejemplo, el desmonte del paramilitarismo y el develamiento de los grandes empresarios que patrocinaron a las AUC.

Eso sí, de cara a una próxima incursión guerrillera, con saldo negativo para la Fuerza Pública, se espera que, a pesar de las presiones de RCN, de Acore y de los mismos militares, el Gobierno de Santos adopte la misma postura de los negociadores de las Farc, de no  suspender los diálogos, y menos aún, de pararse de la Mesa.

Lo cierto es que el proceso de paz deviene debilitado en términos de la confianza pública que había ganado, pero especialmente, por ese carácter vengativo sobre el cual están pensando actuar, en adelante, militares y guerrilleros, muy seguramente, con la anuencia de sus comandantes.

martes, 2 de diciembre de 2014

EL REGRESO DEL GENERAL ALZATE

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Son tantas las preguntas, dudas y las infaltables especulaciones que giraron y que aún giran en torno al  desplazamiento del General Alzate a una zona roja, vestido de civil, desarmado, sin escoltas y la posterior retención por parte de miembros del Frente 34 de las Farc, que la declaración leída anoche 01 de diciembre, dejó más interrogantes.

Forzado por el Presidente y muy seguramente por la propia cúpula militar, Alzate Mora entregó una versión de los hechos que en lugar de despejar y responder interrogantes, dejó más dudas frente a lo que realmente pasó ese día en el caserío Las Mercedes.  Hasta el Procurador Ordóñez dijo que en este caso hay extrañas circunstancias.

El país mediático estaba reclamando respuestas. Se esperaba, eso sí, una rueda de prensa y unos periodistas acuciosos por saber qué fue lo que realmente pasó. De la lectura del comunicado quedan claros varios asuntos: el primero, falló la inteligencia militar. Se cometieron errores protuberantes en la interpretación de los hechos y de la información de orden público y de los movimientos del enemigo en la zona; el segundo, el General se equivocó al no seguir los protocolos de seguridad,  y por eso pidió la baja, con  voz entrecortada. El tercero, la renuncia del alto oficial debilitará aún más las relaciones entre la cúpula militar y el Gobierno de Santos, en particular con el Presidente y su ministro de la Defensa. El cuarto asunto tiene que ver con la rapidez con la que la baja o solicitud de retiro de la fuerza fue aceptada por el Presidente. Sin duda, estaba ‘pactada’ la salida del alto oficial. No se trató de una decisión autónoma y repentina del oficial. Intentaron, eso sí, darle una salida digna, permitiéndole dar unas explicaciones que a nadie convencieron.

El proceso de La Habana

Los primeros efectos de la retención o secuestro de Alzate ya el país los conoce: Santos, presionado por la cúpula militar, dejó de lado sus dudas y su molestia frente a la desaparición del General y suspendió las conversaciones con las Farc[1]. Violó las reglas con las que se pactó negociar en La Habana.

En estos momentos, la confianza entre los equipos  negociadores está debilitada. Y será difícil recuperarla ahora que se sabe que el General cometió errores que por su rango y experiencia, no podía cometer. Es decir, por la incompetencia de un alto oficial el proceso de paz se puso en riesgo. Menos mal no se trató de una ruptura definitiva.

Muy seguramente los máximos voceros de las Farc exigirán al Gobierno continuar con los diálogos, sobre la base de respetar lo acordado. Es decir, que lo que pase en Colombia no afecte la mesa de conversaciones. O por el contrario, insistirán en la declaración de un cese bilateral del fuego o por lo menos, la discusión del desescalamiento de los actos y hechos de guerra. Y ello incluye, que las Farc no ataquen infraestructura económica y abandonen otras prácticas de guerra y por el lado de  la fuerza pública,  un cese bombardeos hasta que se firme el fin del conflicto.

Santos deberá dar claras muestras de que la unidad de mando de las tropas estatales está en sus manos y que él, como comandante y jefe supremo de las fuerzas armadas, tiene total control de las decisiones operacionales de las distintas fuerzas. No es bueno y mucho menos resulta presentable que la cúpula fariana termine dando mejores muestras de unidad de mando que el propio jefe del Estado. El operativo dispuesto para devolver al General Alzate da muestras de unidad de mando al interior de las Farc. Por lo delicada de la situación, el máximo jefe de las Farc envió al comandante Pastor Álape para que asumiera la entrega del militar.

Por ello, y de cara a la continuidad del proceso de paz, Santos deberá mandar mensajes claros a la Mesa instalada en Cuba, en el sentido en que sobre él descansa la unidad del mando de la tropa y el sometimiento de la misma al poder civil. Y la mejor forma de hacerlo es sacudir la cúpula militar y llamar a calificar servicios a todos aquellos oficiales que no lo acompañen en su idea de firmar el fin del conflicto con las Farc. En especial, aquellos que aún mantienen contacto y guardan afecto por aquel que por ocho años debilitó la institución castrense, creando mecanismos paralelos o formas de operar por fuera de la ortodoxia militar. Es más, la figura del ministro de la Defensa, Juan Carlos Pinzón, deviene desgastada tanto para el país político, como hacia el interior de las fuerzas armadas.

El proceso de paz necesita con urgencia que la cúpula militar se apersone de los temas militares que los une con las Farc. Temas como el desescalamiento del conflicto, la entrega de armas, la concentración de las Farc ante un eventual cese bilateral  y el desminado, entre otros asuntos, necesitan ser discutidos por militares y policías activos. Es conveniente que los combatientes discutan esos y otros asuntos, cara a cara. Finalmente, son ellos los que aún están en pie de guerra.

Nuevamente saldrán a señalar los enemigos del proceso de La Habana que la moral se verá afectada por la presencia de militares activos en la Mesa de Diálogo. No se trata de que el fin del conflicto lo pacten los combatientes. De lo que se trata es de aceptar que hay asuntos de la guerra que solo pueden ser discutidos por quienes participan de las hostilidades en su calidad de “guerreros”.

Horas después de la liberación

Una vez entregado el General Alzate Mora, el suboficial Contreras y la abogada Gloria Urrego a funcionarios del Comité Internacional de la  Cruz Roja, el Ejército corrió con total diligencia y hermetismo a hacer dos tareas: una, vestir al “desnudo” General y la segunda, a pedirle explicaciones al militar y presionar que diera una declaración que confirmara que se trató de un secuestro.

El Ejército quiso convertir la liberación del General Alzate Mora en una suerte de operativo de reivindicación del nombre del alto oficial, así como de la fuerza a la que pertenece, mancillados por la retención y/o secuestro, perpetrada por miembros del Frente 34 de las Farc y además, por las versiones ultrajantes que circularon en los medios masivos y redes sociales, con las que se indicaba que se trataría de un error imperdonable de un oficial de tan alta graduación. Pero los hechos narrados por Alzate en la reunión privada con el Ministro de la Defensa y la cúpula militar y la presión de Santos, no pudieron evitar el desenlace que hoy el país conoce, así persistan muchas  dudas sobre lo que realmente hacía el General en la zona en donde fue retenido o secuestrado.

Y es que se trató del secuestro de un General. Y eso siempre lo tuvieron claro la prensa, el Gobierno y la cúpula militar; mientras que los voceros de las Farc hablaban de un prisionero de guerra y de lujo. Por 14 días, las Farc  tuvieron prisionero,  retenido o secuestrado a un alto oficial. Sin duda, un hecho político y militar con el que las Farc mandaron un claro mensaje: a pesar de ocho años de seguridad democrática, parte del Chocó sigue sin consolidarse por parte del Estado, de allí que  aún mantengan la capacidad de  hacer daño. Pero ese mismo hecho político y militar para las Fuerzas Militares,  significó un golpe a la moral,  a la dignidad y al honor militar de sus hombres y una inesperada afrenta de la que tardarán en reponerse. La única forma de resarcir ese golpe será asesinando o capturando a un miembro de la cúpula fariana.

Por ello y ante las reacciones negativas de sectores de la opinión pública por las confusas circunstancias en las que el General, la abogada Gloria Urrego y el Cabo Contreras fueron privados de la libertad, el comando del Ejército decidió evitar que  Alzate Mora se enfrentara a un interrogatorio periodístico en donde esas dudas y las versiones que intentaban explicar su presencia de civil y sin escoltas, en Las Mercedes, territorio fariano, salieran a flote y sirvieran para develar lo que el 01 de diciembre el General aceptó:  que se trató de un error (¡todo un papayazo!) que los guerrilleros del Frente 34 no esperaban y que aprovecharon para exhibir al General Alzate como un trofeo de guerra.

Lo cierto es que el hermetismo con el que el Ejército manejó el regreso del General  y el de sus acompañantes, es una clara muestra de desconfianza frente a una prensa bogotana que, a pesar de ser afecta al régimen, no goza de la plena confianza de la cúpula militar.

Escolio. El General Alzate habló en su declaración que fue obligado a posar y a hacer parte de un show mediático, en referencia a las fotografías tomadas y divulgadas por las Farc antes de ser liberado. Baste con recordar la digna actitud de Ingrid Betancur que no quiso hablar ante la grabación de una prueba de supervivencia. Guardó silencio. El General bien pudo negarse a hacer parte de las imágenes, en especial aquella en la que aparece con el guerrillero Pastor Álape.





Foto tomada de www.semana.com 





lunes, 24 de noviembre de 2014

LO QUE SE VIENE DESPUÉS DE LA CRISIS EN LA HABANA

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Antes de que se produzca la liberación del ya célebre General Alzate, el suboficial y la abogada que le acompañaban, es preciso señalar qué daños produjo el suceso en el proceso de paz, y qué puede pasar hacia adelante.

La confianza

La confianza entre las partes no quedará intacta después de lo sucedido. Es claro que la decisión de Santos estuvo motivada por presiones de la cúpula militar, que ante la desaparición de un General, exhibió un talante político que en adelante la sociedad y el alto Gobierno no pueden dejar de considerar. Un talante propio de un actor político[1] que está reclamando un lugar que va más allá de la discusión técnica de asuntos militares como la entrega de armas, desminado y la eventual desmovilización de guerrilleros. Temas estos que son del resorte de la comisión de militares[2] que viajó a La Habana.

Contrario a lo que la revista Semana indica, no creo que suspender los diálogos de paz obedezca exclusivamente a  una actitud de respaldo del Presidente hacia la cúpula militar, ante la “captura” del alto oficial. Mas bien se trató de una decisión bajo la presión de una cúpula que no iba a aceptar que un alto oficial estuviera en poder del enemigo.

Dice la revista Semana que “una de las reglas del juego pactadas para las conversaciones de La Habana es que nada de lo que ocurra fuera de la Mesa debería afectar la agenda del diálogo. Sin embargo, para Santos era imposible desde todo punto de vista reanudar las conversaciones sin resolver este episodio. Con esta decisión, les mandó a los militares un mensaje de respaldo institucional y a las Farc les marcó una línea roja sobre lo que es tolerable o no en términos de la confrontación”.

Pero volvamos al asunto de la confianza. Ésta se resiente porque aunque se pactó dialogar y negociar en medio de las hostilidades y había el compromiso de mantener la Mesa de La Habana alejada de lo que sucediera en Colombia, el  presidente Santos tomó una decisión que claramente desconoció esas condiciones pactadas entre las partes.

Más allá de las circunstancias[3] en las que el General Alzate, el suboficial y la abogada fueron privados de la libertad, es urgente que se pacte un cese bilateral al fuego no sólo porque continúan muriendo guerrilleros y militares y sufriendo la población civil, sino porque la confianza en el proceso de paz por parte de los colombianos se resquebraja cada que la gran prensa[4] bogotana, en particular los noticieros de televisión RCN y Caracol, cubren hechos de guerra con un lenguaje moralizante e ideologizado[5], que poco aporta a que las audiencias comprendan, por ejemplo, que se pactó negociar en medio de las hostilidades, de allí que en los combates es posible que mueran y se “capturen” tanto guerrilleros[6] como militares.

Lo que se puede-debe- venir

Esta difícil coyuntura, la más dura que afronta el proceso en dos años, debe servir para discutir un cese bilateral del fuego. Es hora de probar cómo está la unidad de mando tanto en las Fuerzas Armadas como en las propias Farc. Si bien en el caso del General Alzate sirvió para mostrar que el Frente 34 de las Farc que puso prisionero, retuvo, “secuestró[7]” o capturó al alto oficial, claramente mostró respeto por la cadena de mando, también sirvió para que el país conociera que dentro de las fuerzas militares hay una división, aupada por sectores políticos de ultraderecha, y por el propio ex presidente Uribe Vélez.

La discusión del cese bilateral al fuego debe hacerse con el acompañamiento de los países garantes y de la propia ONU. Establecer varias zonas de concentración de guerrilleros farianos. En lo que respecta a la Fuerza Pública, los movimientos y las órdenes de operaciones deberán someterse a estricto control para evitar sabotajes. Ello no significa que policías y militares dejarán de cumplir con sus objetivos misionales. De esta forma, el país podrá darse cuenta, por ejemplo, qué fuerzas, legales e ilegales, son las que están apoyando la minería ilegal y la producción de alcaloides.

Ya es hora de que las Farc digan cuántos hombres y mujeres tienen en armas y cuántos en sus redes de apoyo (milicianos). Establecer por lo menos tres zonas de concentración, con veeduría nacional e internacional.

Lo anterior deberá develar las estructuras paramilitares que quedaron en pie a pesar de la entrega de los jefes paramilitares, o que se transformaron en lo que las autoridades llaman Bacrim y los posibles apoyos que aún se mantengan desde unidades militares.

Y también es hora de que las partes que negocian en La Habana exijan a los medios de comunicación, en especial a los noticieros de televisión, un cubrimiento de los hechos de guerra,  de las negociaciones y de un eventual cese bilateral, responsable con el momento histórico que atraviesa el país. Hacer pedagogía del proceso de paz y del conflicto sigue siendo una tarea pendiente de los medios masivos y del periodismo.

De continuar los medios masivos con esos nocivos tratamientos periodísticos, las audiencias, contaminadas de esos tratamientos noticiosos espectaculares, tendenciosos e irresponsables que la prensa viene haciendo, terminarán votando negativamente el referendo refrendatorio de los acuerdos de La Habana. Ese es un riesgo latente, que bien puede minimizarse con una prensa más comprometida con el proceso de paz, que con la continuidad de la guerra. Así como cerraron filas en torno al Gobierno de Uribe Vélez y a su política de seguridad democrática, bien pueden ahora apoyar denodadamente el proceso de paz.

Finalmente, ponerle fin al conflicto armado interno y diseñar escenarios de posguerra y posconflicto, y de esta forma alcanzar la paz, debe ser considerado por todos y cada uno de los colombianos como un imperativo insoslayable. Insisto en que la prensa tiene la obligación moral y ética de aportar a la reconciliación del país. Y lo puede hacer al morigerar el discurso y ofreciendo tratamientos periodístico-noticiosos más rigurosos. Empezar, por ejemplo, por no asumir como propio el lenguaje de los guerreros para informar sobre los hechos de guerra que se presentan porque aún hay un conflicto armado interno.

Adenda: el país está esperando un documento preliminar que recoja los acuerdos parciales a los que han llegado las partes que negocian en La Habana, en torno al tema de víctimas.



[3] En la emisión del 23 de noviembre de 2014, el Noticiero de televisión, Noticias Uno, informó que el General Alzate y sus acompañantes se trasladaron hasta el sitio en donde finalmente se encontraron con miembros de las Farc, en una lancha particular y no en una embarcación militar conocida como “piraña”. Este hecho, de ser cierto, enrarece aún más la presencia del alto oficial en una zona con alta presencia guerrillera.
[5] Por ejemplo, el ataque a las instalaciones de la Policía en la isla Gorgona (PNN) la prensa lo califica como un acto de terrorismo, cuando claramente se trató de un golpe de mano, de un hecho de guerra. Lamentable la muerte de jóvenes policías, pero estamos en medio de un conflicto y eso perfectamente previsible que suceda. Se trató, acaso, de un error táctico, de una falta de control por parte de la Armada Nacional. Cómo es posible que las Farc desembarquen, ataquen a los policías y no haya una reacción inmediata. Estos elementos la gran prensa no los expone.
[6] A diario se producen “bajas” en las filas de las Farc y ello no han provocado que la cúpula amenace con pararse de la Mesa de Diálogos.
[7] El General Alzate es miembro activo de las Fuerzas Militares, por lo tanto, la categoría secuestrado no se le puede aplicar para calificar su retención por parte de las Farc. Es un agente militar. Lo contrario sucede con la abogada Gloria Urrego, quien en su condición de civil, podría hablarse de un secuestro. En este caso, entran en consideración las funciones que cumplía al momento de la retención. En cualquier sentido, se equivocan las Farc al llevarse a la abogada por su condición civil y de mujer. 

martes, 18 de noviembre de 2014

SOBRE EL CASO DEL GENERAL ALZATE (II)

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

Antes del medio día del 18 de noviembre de 2014, las Farc reconocieron que el General Alzate Mora está en su poder. Así se lee en el comunicado emitido por la agrupación armada: “El día 16 de noviembre, a eso de las 15:00 horas, unidades guerrilleras pertenecientes al Bloque Iván Ríos de las FARC-EP, en ejercicio de sus tareas de seguridad, interceptaron, en uno de los retenes móviles que mantienen a orillas del río Atrato, el bote en que se trasladaba el señor Brigadier General del Ejército Nacional, en servicio activo, Rubén Darío Alzate Mora, comandante de la denominada Fuerza de Tarea Conjunta Titán que opera en esta zona del país. En compañía del general Alzate viajaban el cabo segundo del Ejército Jorge Contreras Rodríguez y la señora Gloria Urrego, abogada al servicio de la mencionada unidad militar.  Una vez identificados plenamente, pese a vestir ropas civiles, los tres fueron capturados por nuestras unidades, en razón a que se trata de personal militar enemigo, que se mueve en ejercicio de sus funciones, en área de operaciones de guerra[1].
A pesar de confirmar la retención del alto oficial, continúan las dudas y las especulaciones sobre la presencia del General Alzate y de sus acompañantes en el caserío Las Mercedes, área rural de Quibdó. El propio alias Pablo Catatumbo, desde La Habana, instaba al ministro de la Defensa, Juan Carlos Pinzón a que le explique al país qué hacía Alzate Mora en la zona.
De esta manera, las Farc, al justificar y asumir la responsabilidad de la retención, captura o secuestro, según la perspectiva ideológica desde donde se asuma la lectura del hecho de guerra, devuelven el balón al Gobierno. Ahora, corresponde al Gobierno y a su equipo negociador dar el paso siguiente, que no debería de ser otro que continuar con los diálogos y rápidamente llegar a un cese bilateral del fuego. Será difícil superar la actual coyuntura política y militar, sin duda, la más difícil que en  dos años ha enfrentado el proceso.
Veamos los siguientes elementos de juicio, de cara a comprender qué significa lo que está sucediendo y qué puede pasar con los diálogos de La Habana: en primer lugar, al mantenerse las dudas sobre la presencia de Alzate Mora en una zona en disputa, Santos deberá actuar con total firmeza frente a los generales que hacen parte de la cúpula militar. Es claro que hay información de inteligencia militar que no conocen el Presidente y su ministro de la Defensa. Se especula que el General estaría en actividades tendientes a facilitar la desmovilización[2] de guerrilleros. Si esto es cierto, dichas gestiones se estarían haciendo sin el consentimiento y/o conocimiento del Presidente.
Esa circunstancia pone en riesgo la unidad de mando, que de tiempo atrás deviene fracturada por cuenta de oficiales que extrañan a Uribe como su líder político-militar. Se trata de un  sector importante de las fuerzas armadas y en particular de las fuerzas militares que desconoce la autoridad de Santos y que se mantiene afecta a la figura de Uribe. Las filtraciones de información de inteligencia, como coordenadas de operativos para la extracción de comandantes guerrilleros, que debían viajar a Cuba y los datos que daban cuenta del “secuestro” de Alzate Mora, constituyen hechos claros de que Uribe funge como una especie de comandante en la sombra. Esas filtraciones no responden a un simple ejercicio de simpatía hacia el ex presidente. Por el contrario, se trata de una manera de desafiar la autoridad de Santos como jefe supremo de las fuerzas armadas.
Este asunto, independientemente de si se logra la liberación del General y de sus acompañantes, debería ocupar la atención del Presidente. Si de verdad tiene voluntad de paz, debe sacudir la cúpula militar y limpiarla de todos aquellos oficiales que no aceptan ser subordinados de un presidente que se la jugó por buscar el fin del conflicto. Si Santos no tiene el suficiente carácter para llamar a calificar servicios a quienes no obedezcan sus órdenes y sigan sus orientaciones, el proceso de paz podría continuar, pero bajo la constante presión de esa ala militar. Al final, el proceso de paz se romperá definitivamente.
Otro elemento que hay que tener en cuenta es que la lucha territorial se mantiene. Lejos está la consolidación del Estado en territorios como el Chocó, en donde históricamente la presencia de paramilitares, narcotraficantes y guerrilleros compite con un Estado que deviene precario y débil o que simplemente no hace presencia simbólica y física (institucional).
A pesar de los duros golpes recibidos durante los 8 años de Uribe y los cuatro primeros de Santos, las Farc mantienen presencia en zonas selváticas y compiten con las fuerzas militares por el dominio territorial y la búsqueda de respaldo de las comunidades asentadas en dichos territorios. En el comunicado, las Farc advierten que “una vez identificados plenamente, pese a vestir ropas civiles, los tres fueron capturados por nuestras unidades, en razón a que se trata de personal militar enemigo, que se mueve en ejercicio de sus funciones, en área de operaciones de guerra[3].
Lo que se puede venir
En estos momentos la vida del General y de sus acompañantes corre peligro. Más de dos mil efectivos militares hacen presencia en la zona rural de Quibdó, para dar con el paradero del oficial, convertido en un trofeo de guerra en disputa por los dos actores armados. Y ya el país conoce el desenlace fatal de operativos militares de rescate. Y así lo confirman en su misiva:”Respetamos la vida e integridad física y moral de nuestros prisioneros y estamos plenamente dispuestos a garantizarlo hasta donde nos sea permitido por la ira estatal”.
El país debe imaginar que sobre el operativo de rescate que ya las fuerzas militares ejecutan en la zona en donde se produjo el plagio o la detención del oficial, el Presidente poca injerencia tiene. Esto es, los militares, en especial la cúpula, sienten que el “secuestro” de un General no sólo pone en entredicho su capacidad y formación operacionales, sino que se convierte en una afrenta que sólo puede ser respondida con el rescate del alto oficial. Sacarán en esta ocasión el coraje que al parecer no han tenido para ir en la búsqueda de los dos soldados profesionales “capturados” por las Farc recientemente en el sur del país.
Si la presión militar termina por “obligar” a los miembros de las Farc a asesinar al General, para evitar su rescate, entonces estaría dada la condición que el mismo Presidente dispuso para terminar definitivamente los diálogos de paz: “si atentan contra una figura importante, se rompen los diálogos” [4](sic).
Urge, entonces, que Santos detenga los operativos de rescate. De igual manera, se requiere que voceros de los países garantes, del CICR y de actores de la sociedad civil afectos al proceso de paz, integren de inmediato una comisión que vaya a La Habana, para acordar con la cúpula fariana la entrega del General, del Cabo Contreras y de la abogada, Gloria Urrego.
Lo cierto es que en estos momentos la continuidad del proceso de paz de La Habana pende de un hilo. Un hilo que ya no maneja Santos o sus negociadores. Ese hilo lo están manipulando a discreción, tanto las Farc como la cúpula de las fuerzas militares.