YO DIGO SÍ A LA PAZ

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lunes, 16 de marzo de 2015

VERDAD Y ÉLITES DE PODER

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo. Columna EL PUEBLO

Columna publicada en www.elpueblo.com.co http://elpueblo.com.co/verdad-y-elites-de-poder/

El devenir del conflicto armado interno y las circunstancias objetivas que hicieron posible, viable y legítimo el levantamiento armado y la vigencia hasta hoy, de los grupos subversivos, están íntimamente relacionadas con el comportamiento de las élites, bogotana y sus  ‘pares’ regionales, que operan como una suerte de espejos.

De esas élites se puede decir que no han sido los referentes éticos y políticos para el diseño y consolidación de un proyecto de nación que reconozca la diversidad cultural del país. Por el contrario, dichas élites, con su actuar, históricamente han profundizado la idea de un país de regiones, con el claro propósito de entronizar las prácticas feudales asociadas a las formas como han ejercido el poder político y económico. Desde sus feudos se han opuesto al desarrollo de un Estado-nación moderno. Desde allí, desde sus territorios y enclaves económicos, han solidificado prácticas endogámicas con las que lograron reproducirse en el tiempo.

La mirada premoderna, conservadora, rentista y precapitalista de dichas élites, ha coadyuvado al fortalecimiento de esa idea de país  de regiones con la que fácilmente evitamos explicar las enormes dificultades que ha enfrentado la sociedad colombiana para pensarse como un solo cuerpo. Esto es, una colectividad capaz de confrontar el orden social, político y económico, representado en un Estado precario que deviene capturado por familias tradicionales y grupos de poder ilegal, con los que las primeras han negociado y cohabitado en el ejercicio del poder político. El contubernio entre lo legal y lo ilegal en Colombia tiene en sus élites a las mayores responsables, de allí que sea tan difícil imaginar escenarios de posconflicto y una paz duradera, mientras ese connubio persista y siga siendo determinante en las relaciones entre el Estado y la sociedad.

Sin una revolución política, cultural y social transformadora y con evidentes procesos civilizatorios fallidos, el país se ha construido bajo la idea clara de que es posible cambiar para que todo siga igual, en especial en lo que concierne a las formas tradicionales y hegemónicas en el ejercicio del poder.

Es, en ese contexto, en el que hay que entender la reciente y polémica propuesta del ex presidente Gaviria Trujillo, de pensar, diseñar e implementar una justicia transicional para aquellos grupos de poder económico y político (políticos, disímiles empresarios y ganaderos y otros agentes de la sociedad civil) que hayan patrocinado, por ejemplo, el paramilitarismo.

La propuesta de César Gaviria demandaría, por ejemplo, de una gran Comisión de la Verdad y de una generosa justicia transicional para militares, subversivos, paramilitares y civiles (empresarios y políticos) que desde diversas prácticas azuzaron el conflicto armado interno. Al respecto, vale preguntarse: ¿qué vamos a hacer los colombianos con esa verdad que resulte de esa Comisión de la Verdad? O de varias comisiones de la verdad.

Si se logran develar las finas relaciones económicas, políticas, sociales y culturales que los paramilitares establecieron con la clase política y empresarial (banqueros, ganaderos y agroindustriales), con el claro propósito de echar a andar el proyecto paramilitar, la sociedad colombiana deberá reclamar no solo procesos de justicia, verdad, reparación y compromisos de no repetición, sino que deberá exigirles, a esas mismas élites y familias tradicionales, que den un paso al costado, para poder reconstruir culturalmente la Nación. Y ese dar un paso al costado implica que abandonen la vida pública (política) y que liberen al Estado de sus mezquinos intereses. Ese será el costo que deberán pagar las élites que patrocinaron la “exitosa” empresa criminal llamada paramilitarismo, a cambio de total impunidad por los delitos cometidos.

Así entonces, mas que fallos judiciales condenatorios, lo que el país necesita es una reconfiguración de esas correlaciones de fuerza en las que unas élites de poder se han distinguido por su incapacidad para guiar las aspiraciones de una sociedad fragmentada, que deambula sin un norte ético-político, pensado bajo principios de un Buen Vivir para todos.

El problema no está en que haya una gran dosis de impunidad (que la habrá). Por el contrario, el asunto de fondo está en la reconstrucción moral y ética de una sociedad que deviene enferma, atomizada, segmentada, en el contexto de una nación que ha girado en torno a la pobreza de criterio de unas élites formadas mas para someter el Estado a sus caprichos e intereses, que a forjar un orden político, social y económico que apunte a la profundización de la democracia.

Así entonces, bienvenida una generosa y ampliada justicia transicional, siempre y cuando las élites de poder tradicional acepten su responsabilidad no solo en el nacimiento  y extensión en el tiempo del conflicto armado interno, sino en la incapacidad que exhiben millones de colombianos de pensarse como ciudadanos, de consolidar una sociedad políticamente formada y de trabajar en torno a una idea consensuada de un Estado al que debemos exigirle que brinde bienestar a todos los colombianos.

A las élites de poder, el país también deberá reclamar que su riqueza se redistribuya, en especial aquella cuyo origen esté asociado a actividades ilícitas, desvío de dineros públicos, o se haya logrado sobre la base del éxito del paramilitarismo como empresa criminal. Pero ese mismo país deberá decir no más a esa élite como referente ético y político. Es claro que ese lugar simbólico jamás lo ganaron en franca lid. Fue impuesto, con el concurso de los medios de comunicación y de la acción política (electoral). Es hora de refundar liderazgos y para ello, esas élites de poder deben dar, inexorablemente, un paso al costado.

Esos nuevos liderazgos deben salir de un proceso de cambio cultural que modifique ese ethos mafioso que comparten agentes y actores de la sociedad civil y que ha sido convalidado por las élites tradicionales de poder. Y ese cambio cultural deben liderarlo los sectores más liberales de la Iglesia Católica, de la Universidad, de los Partidos Políticos y de algunos gremios que crean seriamente en que este país debe transformarse, si de verdad creemos en que es posible alcanzar una paz justa y duradera. Y esa transformación debe partir de una revisión del modelo de desarrollo. Por ejemplo, desde una perspectiva ambiental, el país va por mal camino, debido a una incontrolada mega minería que avanza sobre frágiles, valiosos y estratégicos ecosistemas.


Eso sí, no caigamos en la trampa de pensar en que lo propuesto por el expresidente Gaviria beneficiará exclusivamente a Uribe Vélez. Como líder emergente, Uribe también deberá decir la verdad sobre sus presuntos vínculos con mafias y paramilitares. Y cuando ello suceda, y explique a las autoridades y al país el monto de su riqueza y sus orígenes, entonces la sociedad colombiana deberá exigirle, también, que dé un paso al costado. Quizás así sea posible sacar adelante este país, a la luz de unos escenarios de posacuerdos que hay que empezar a diseñar, soportados sobre una nueva ética.


Nota: el 04 de junio de 2015, desde La Habana se anuncia que las partes que negocian acordaron la creación de una Comisión de la Verdad, una vez se haya puesto fin al conflicto armado y las Farc hayan hecho dejación de armas. Los criterios y mecanismos para la conformación de dicha Comisión, generaron dudas en un sector de la opinión pública

lunes, 16 de febrero de 2015

Colombia necesita un Pacto General por la Verdad

Por Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo
                                     

El ex presidente César Gaviria lanzó una polémica propuesta. El político neoliberal dijo a EL TIEMPO que “…hasta ahora solo se ha hablado de justicia transicional para los integrantes de las guerrillas como para los miembros de la Fuerza Pública tanto por parte del Presidente de la República como de los negociadores. Tal decisión deja por fuera a los miles de miembros de la sociedad civil, empresarios, políticos, miembros de la rama judicial que de una u otra manera han sido también protagonistas de ese conflicto y que tienen muchas cuentas pendientes con la justicia colombiana. Ante esta situación, han surgido inquietudes sobre la necesidad de que la justicia transicional también cubra a los sectores no combatientes de las distintas ramas de la sociedad que de alguna manera fueron financiadores, auxiliadores o pactaron compromisos con grupos paramilitares o guerrilleros por beneficios electorales o por simple intimidación y con el fin de adelantar su tarea proselitista[1].

Lo dicho por el ex mandatario recoge lo que en su momento señalaron el Presidente Santos y el Fiscal General de la Nación, Luis Eduardo Montealegre Linett. Pero Gaviria fue más allá, pues incluyó  a sectores no combatientes que hayan tenido relaciones con los proyectos políticos que encarnaron las guerrillas y los paramilitares. A la propuesta de Gaviria Trujillo le añado lo siguiente: la generación de un gran Pacto General por la Verdad.

La firma del fin del conflicto que se negocia en La Habana, la refrendación de los acuerdos y su implementación necesitarán, inexorablemente, de un Pacto General por la Verdad. Un Pacto que debería incluir el listado de ganaderos, latifundistas, agroindustriales, militares, banqueros, industriales, élites, clase política y comerciantes, entre otros, que apoyaron el proyecto paramilitar y que a través de disímiles prácticas de cooptación y captura mafiosa del Estado (Garay, 2008), coadyuvaron a la profundización de la pobreza, la exclusión política y en general, al mantenimiento de las circunstancias objetivas que legitimaron el levantamiento armado en los años 60. 

El país necesita saber esa verdad. No basta con que las Farc reconozcan sus crímenes y el país cuantifique los efectos sociales, políticos, económicos, ambientales y culturales que dejó dicha agrupación y en general, los dejados por un largo y degradado conflicto armado interno. Las páginas de esta guerra fratricida no podrán pasarse fácilmente si se mantienen en secreto las terribles conexiones que actores económicos, sociales y políticos establecieron con los paramilitares y con un proyecto político claramente alejado de la necesidad de profundizar la democracia en los ámbitos social, económico y político.  

El paramilitarismo, como empresa criminal, se consolidó gracias a la penetración, cooptación y a la captura del Estado. De ese modo se pudo echar a andar un proyecto político de ultraderecha que entre 2002 y 2010 dio muestras de contar con el aval de una élite bogotana, y el respaldo de sus “espejos” regionales. Ese mismo proyecto que aún sigue vivo por cuenta del Centro Democrático y que aún cuenta con el apoyo de varios de los actores sociales, económicos y políticos de esa sociedad civil que ayer vio con buenos ojos y aplaudió las acciones políticas y criminales de las Autodefensas Unidas de Colombia. Y que cuenta, por supuesto, con el apoyo de un sector de las fuerzas armadas que se acostumbró a las prácticas desinstitucionalizadas que Uribe Vélez impuso durante sus años de mandato.

Esa empresa criminal es la mayor responsable de los desplazamientos forzados y de las masacres cometidas en el contexto de un degradado conflicto armado interno. Por eso, el país, la sociedad entera, necesita saber quiénes desde la sociedad civil apoyaron y patrocinaron el paramilitarismo.

Por lo anterior, la justicia transicional debe acoger no solo a los actores armados que participaron de las dinámicas del conflicto armado interno, esto es, la fuerza pública, guerrillas y paramilitares, sino a los actores no armados que hicieron posible que paras y fuerzas del Estado operaran juntas, o que las segundas facilitaran a los primeras la incursión en territorios que previamente unos pocos declararon como aptos para el desarrollo de proyectos agroindustriales, minería y/o ganadería extensiva, entre otras actividades. De allí que el desplazamiento forzoso fuera el mecanismo predilecto de los paramilitares y de aquellos que necesitaban que millones de hectáreas quedaran deshabitadas de los “incómodos” indígenas, afros y campesinos. Engañados viven aún aquellos que creen que los paramilitares se crearon exclusivamente como una fuerza contrainsurgente.

El país debe conocer el talante de sus élites. Sus miembros no son justamente un despliegue de moralidad y de un proyecto ético-político encaminado a consolidar un orden social, económico y político justo. No.

Con todo y lo anterior, el proceso de La Habana, los escenarios de posguerra, posacuerdos y posconflicto y la paz, necesitarán de un gran Pacto General por la Verdad. Quizás de esa manera y entre todos, podamos recomponer el camino de una Nación que necesita de otros referentes de moral y ética. Y es claro que dentro de las élites de poder tradicional subsisten débiles y acomodaticios valores democráticos, dado que están fundados en una ética de mínimos y una moral que sigue atada al poder de la Iglesia Católica y a las prácticas de una sociedad feudal, patriarcal, goda y violenta.